24 diciembre 2006
18 diciembre 2006
11 diciembre 2006
10 diciembre 2006
Ahora que volvieron las porristas pinochetistas, ahora que estamos viendo garras bien pintadas, ahora que una puede distinguir entre especies, lea hoy en Reportajes de www.lun.com, Adiós, mujer Yegua. Recuerde, su click es mi ascenso.
01 diciembre 2006
Por Pepa Valenzuela
09 noviembre 2006

ARRIBA LAS FALDAS
Amiguitos, amiguitas, personas felices todas: qué plancha y qué poco modesto difundirlo, pero tengo una noticia que me tiene el ego inflado y con cosquillas en la guata. No, no estoy esperando una Pepita (toque madera tres veces, por favor) ni tampoco me caso (aunque hace algunos meses agarré un ramo de novia saltando como ninja por los aires, y aún no pasa nada), sino que debuto como columnista en Reportajes de Las Últimas Noticias (www.lun.com) este domingo y seguiré escribiendo por - espero - varios domingos más, una columna llamada Arriba Las Faldas. ¿Busca actualidad, humor, ironía en una personaje femenino puntudo y simpaticón? Bueno, clikee este domingo www.lun.com Reportajes. Con todo el corazón, Pepatón el domingo. No lo olvide: su click es mi sueldo.
06 noviembre 2006
De la pobla, el Mono era el menos camorrero. El que paraba las peleas en los carretes de sus amigos de pantalones anchos y pañuelos en la cabeza, con sólo ponerse de pie. El que guapeaba con una sola mirada a los lanzas que vivían en la casa del frente y a los garreros vecinos que de vez en cuando se agarraban a peñascazo limpio en avenida Grecia. En su barrio, todos sabían que el Mono era un profesional del combo. Que un solo puñete suyo, era capaz de mandar a cualquier cristiano para el otro mundo, y por eso le tenían respeto. El Mono era un boxeador profesional y hasta el más choro de la población lo tenía claro.
Eso decía mi nana, la flamante madre del cabro que a los cinco años, cuando un par de lumpen le robó su bicicleta, juró transformar su rabia en algo útil y se dedicó a boxear. El Mono entrenó durante toda su infancia a duras penas. Partía todos los días con sus marraquetas para el almuerzo a estadios municipales y al Centro de Alto Rendimiento a pelear contra un destino que de a poco aplastaba a sus vecinos, amigos y primos a punta de sueldos indignos y guaguas no deseadas. Pero en el ring de su esfuerzo constante, el Mono veía cómo su contrincante se iba haciendo cada día más pequeño. Comenzó a ganar medallas, campeonatos sudamericanos, galvanos y cientos de diplomas. Mientras cocinaba un charquicán en la cocina de mi casa, mi nana contaba con orgullo que jamás le habían volado un diente y que algún día su chiquillo iba a ser un campeón nacional, de esos que salen en la tele y saludan desde un balcón de la Moneda al lado del Presidente de turno. Pero pronto el enemigo fue creciendo y se transformó en un monstruo con guantes de plomo. Los buzos, el equipo y las giras eran mucho más caras de lo que al Mono le pagaban por carpintear y de lo que a mi nana le pagábamos por mantener nuestra casa en orden. Los entrenadores, cansados de hacer malabarismos por conseguir recursos del Estado, empezaron a tirar la esponja. Y el Mono, convertido en un chico recién salido del liceo, se dio cuenta de que las horas de entrenamiento no llevaban tallarines ni la fruta fresca que vendían en la feria a su mesa. Aunque era una promesa del boxeo nacional, nunca había billete para llevarlo al estrellato deportivo. Ni siquiera, para que pudiera prepararse sin tener que trabajar construyendo edificios en barrios pirulos de lunes a sábado.
Hace un par de años que no veo al Mono ni a mi nana. Una de las últimas veces que hablé con ella, me confesó que a veces le daban ganas de ser dealer. Que había muchas viejas en su barrio que vendían cosas para la mente, como decía ella, y se hacían la América. Y que así su chiquillo seguiría boxeando en vez de estar marcando el paso. Ahora sé que el Mono trabaja cuando se le da la gana, que ocasionalmente se cae al frasco y que cuando está así, arriba de la pelota, tira combos al aire y tensa los músculos del cuello, como si aún estuviera en un ring. Mientras en la pantalla de mi televisor, una rubia de chaqueta de cuero muestra unos papeles tratando de mostrar su probidad y luego, desfilan diputados y señores bien terneados que juran de guata no tener un peso destinado a los deportistas nacionales. Hablan de contratos raros, de cifras con las que yo podría vivir la mitad de mi vida echada para atrás y de un lío que al final nadie entiende. Con aspecto circunspecto y cara de compungidos intentan salvar sus trabajos y reputaciones del barro que les cayó encima dando explicaciones que en realidad, me importan un pepino. Porque mientras los veo aletear y hacerse los ofendidos por las preguntas de los periodistas agujas, pienso en el Mono. En que quizás el 1% de la plata que se pelaron los honorables, lo hubieran ayudado a esquivar el golpe que lo mandó de un paraguazo, de regreso a patear piedras en las calles de su población. Pero esa plata ya está gastada. Alguna empresa ya creció, alguien ya cambió el auto o enchuló su casa con futuros ajenos. Y al Mono nadie va a ir a darle explicaciones del porqué le arrebataron su posibilidad de triunfo con la mentira del bajo presupuesto. Bien lo sabía él: cuando el puñetazo logra noquearte, es imposible levantarse para volver a dar la pelea.
26 octubre 2006



ANIMAL PLANET
Nota: Este es un reportaje regalón que escribí para Paula sobre historias de los animales del zoológico. Acá dos: la del chimpancé Toto y la jirafa Almendra. Pronto, las demás.
Por PepaValenzuela
Los chimpancés Yuri y Toto viven juntos, pero no revueltos. Son pareja, pero netamente espiritual. Llegaron en 1982 desde un zoológico de Holanda: Yuri con tres años y medio y Toto de tres. Desde entonces conviven en la misma jaula, pero son un amor que se mantiene unido por compañía, pero no por instinto. Porque Toto jamás le ha puesto una garra encima a Yuri. Nunca en estos 24 años, a pesar de que se ha hecho de todo para que Toto se ponga las pilas. En 1990 Víctor Riveros, uno de los veterinarios del zoológico, le dio un tratamiento al mono para incentivar el cruce con la hembra. Eran unas pastillas con testosterona y vitamina A que convertirían a Toto en un chimpancé muy libidinoso y potente. Pero Toto permaneció inmutable. Las pastillas no le hicieron ni cosquillas. No así la pelota de fútbol que le regalaron en 1992. Por esa época, un sacerdote amante de los animales visitaba frecuentemente el zoológico y les llevaba algún engañito de maní y frutas a sus habitantes. Fue ese curita, cuyo nombre nadie recuerda, quien un día le regaló a Toto una pelota de fútbol de cuero. Fue amor a primera vista. Toto reventó jugando a su nueva amiga y le hizo un hoyo. A los diez años y con un balón, Toto tuvo su primera vez. Varios meses vivió y durmió abrazado a su redonda amante. Hasta que en un descuido, Raúl Galindo, quien cuida a los chimpancés desde que llegaron, se la sacó de la jaula. Demasiada gente se había quejado en la administración del zoológico por las obscenidades que el mono hacía con el balón.
Como no había caso con Toto, ese mismo año los directores del zoológico trajeron un chimpancé desde Portugal, para que Yuri se hiciera hembra de una vez por todas. Pero Eusebio era un espécimen malas pulgas que, cuando entró a la jaula de la pareja, dejó la grande: mordió en los brazos a Toto y luego, quiso ir directo al grano con Yuri, pero a la fuerza. Fiel a su compañero, Yuri gritó y pegó aletazos. Raúl Galindo los separó, pero después de ese episodio de violencia primate, Eusebio quedó separado de la pareja hasta que en 1997 se fue a un zoológico de Zambia. Por supuesto, Toto siguió tan indiferente a Yuri como siempre. Teorías hay varias. “Es medio raro”, dice Galindo. “No le gusta la mona nomás”, explica Jaime Gracia, otro cuidador que lleva más de cuarenta años en el zoológico. “Quizás son hermanos sanguíneos”, especula el veterinario Mauricio Fabry. Alto. ¿Hermanos? “Como llegaron juntos, puede ser. Podríamos hacerles un ADN, pero ahora no estamos interesados en tener crías”, explica. El doctor Riveros tampoco descarta esa opción, pero su principal explicación es otra: “Los dos chimpancés se criaron en cautiverio. Cuando no crecen con la manada, pierden hábitos de reproducción porque los adquieren por imitación al resto”, dice. ¿Y la pelota? “Es que la pelota tenía movimientos copulatorios, como si estuviera con la hembra”, afirma el doctor Riveros. Lo cierto es que en la jaula de los chimpancés no hay mucha acción que digamos. Y aunque Yuri aún es una chimpancé virgen que ya no está en edad de merecer, es obstinada. Y acaricia a Toto, lo desparasita y le da besos. Cuando entra en celo, se pone en posiciones eróticas delante de su chimpancé indiferente. Pero él sigue sin pescarla. A estas alturas, bien difícil que lo haga.
Una jirafa deprimida
Hasta hace un par de meses, la jirafa Almendra seguía triste. Casi no dormía de tanto pasearse de un lado a otro en su casa de madera extrañando a Estrellita, la hija que en agosto del 2005 se fue un zoológico peruano. Almendra no se dio cuenta cuando sacaron a su cría de un año y dos meses para llevársela para siempre. Y estuvo tres meses desesperada. Siguiendo al cuidador Raúl Galindo cada vez que pasaba por el otro lado de la reja, como pidiéndole explicaciones. Apilando la paja por los rincones de su pesebrera con sus ansiosas caminatas nocturnas, mientras la jirafa Josefina y su hija Janita dormían plácidamente recostadas en la habitación contigua. Como si estuviera en su hábitat natural, atenta a los depredadores, Almendra pasaba la noche de pie. Angustiada, nostálgica y sin anestesia. El doctor Víctor Riveros explica que no se pudo paliar su dolor con medicamentos. A pesar de las evidencias de la preocupación de Almendra, no existen estudios que demuestren que los animales salvajes pueden sufrir de estrés. “No hay estudios psicológicos al respecto, pero sí nos hemos fijado que en animales sometidos a tensión, cuando son sacados de su ambiente, por ejemplo, dejan de comer, se aislan o se ponen más agresivos. En algunas especies domésticas hay depresión: por ejemplo, los loros, como son monógamos, cuando se les muere la hembra, se sacan las plumas y se automutilan. En esos casos usamos prozac”, explica el doctor.
La pena de Almendra sólo fue una marca más en la historia trágica de las jirafas del zoológico. Almendra, Josefina y Nachito, el padre de Estrellita, llegaron el 96´ precisamente a llenar el vacío que dejaron las cuatro jirafas anteriores que murieron en un incendio el 24 de junio de 1995. Esa noche de sábado, se cortó la luz en el cerro San Cristóbal. El personal puso transformadores externos para obtener energía. Pero la solución parche provocó un recalentamiento de cables que a las 22: 50 hizo cortocircuito en las casas de las jirafas, que duermen bajo techo. Los cuatro cuerpos chamuscados demostraron que una de las hembras había muerto protegiendo a su cría. El luto duró un año en el zoo. Hasta que llegaron las tres jirafas nuevas que viajaron 23 días en barco desde Sudáfrica y luego en un avión Hércules de la Fach desde Uruguay. Nachito cruzó a las dos hembras y fue padre de varias crías, entre ellas Janita y Estrellita. Pero el 25 de junio de 2004, por culpa de una infección gastrointestinal, Nachito falleció dejando dos viudas. Otra marca en el registro negro de estos mamíferos de cuello largo.
Por lo menos ahora Almendra está más tranquila. Desde noviembre del año pasado empezó a hacer buenas migas con Josefina y Janita, y recuperó el sueño. Al parecer, su depre está superada. Sólo falta que llegue el macho estadounidense que vendrá intentar dejar las penas de las jirafas solas en el olvido.
13 octubre 2006
29 septiembre 2006

Por Pepa Valenzuela
Comenzó hace un par de años. Los dedos tullidos, la cadera que guateaba y la pierna que dolía con tanto jaleo empezaron a colarse en casa. Era como una cuenta de vulnerabilidad que arrojaban cada vez más seguido por debajo de la puerta del departamento. Yo me hacía la lesa, para poder conciliar el sueño los domingos. Pero mamá no. Estoica, recogía el saldo de su eternidad tipiándole a viejos tiranos, ignorantes y califas, de siglos acarreando mercadería a casa y de una infancia de cabra mañosa que no tomaba leche, y compraba. Cremas para sus desgarros, menjunjes para la cadera, guateros eléctricos para la pata de palo. Mamá se estaba convirtiendo en una estatua. Sus huesos se endurecían, se tullían sin su permiso y ella, sólo soltaba de repente un mierda bien fuerte cuando quedaba a medio camino para recoger un tenedor que se le había caído. No era nada tan grave, pero había días de inmovilidad. Otros de cojeo. Algunos de dolor muscular. Y algunos de total desesperación mía. Pero aterrizamos en Buenos Aires y mamá se convirtió en una acróbata. Caminaba por las calles de Palermo, corría detrás de un mono de esponja llamado Camilo en San Telmo y daba pequeños saltos cuando él la miraba fijo y le abría la boca, sorprendido. Mamá era una saltibamqui por Santa Fé, una mujer araña de las vitrinas de Florida, una atleta recorriendo la 9 de Julio. No había que parar. No podíamos parar. Un semáforo y nos aplastaban las pesadillas. Pero además mamá era ágil : flotaba por la ciudad más amable del mundo como si nunca hubiera sufrido un sólo desgarro Entonces, mientras la miraba dar vueltas una y otra vez por la feria de Recoleta, probándose aros, pulseritas y sombreros, supe que su inmovilidad era sólo una bandera blanca. Una rendición a la vida plana, al departamento céntrico, a la soltería eterna, a su soledad. Mamá se estaba entregando de a poco a sus tristezas. Esas que un día llegaron y se fueron quedando pegadas en el mismo lugar donde cayeron por primera vez.
Pero ahora era otra persona. Un conejo Duracell, saltando por Buenos Aires, suspirando porque alguien le había cambiado el guión de su vida. Porque las circunstancias la habían traído a un viaje que jamás pensó tener. Una noche, acostadas en el hotel, mirando Matrimonio con Hijos versión argentina (puro terrorismo televisivo) me lo dijo: "Pensaba que nunca más volvería a volar en avión, mijita. Pensé que me moría sin volver a esta ciudad". Después se eso se quedó dormida con las manos sobre su pancita redonda y empezó a roncar. Yo le saqué los lentes de la punta de la nariz y apagué la luz. Esa noche soñé que mamá flotaba en el aire. Y tiraba hacia la tierra muchas medialunas, como una cabra chica que hace una maldad.
11 septiembre 2006

Pd: Vuelvo pronto. Les contaré de éste, nuestro primer viaje de amigas, con mamá.
04 septiembre 2006
16 agosto 2006

La guitarra del joven Camboya

08 agosto 2006
Por Pepa Valenzuela
Ostias. Acá estoy sentada en un sofá rojo rodeada de zumbidos de zetas y eses traposas en un departamento en pleno corazón de Madrid. Una colorina con la cara llena de pecas y sandalias verdes, está sentada a mi lado con una cerveza en la mano y cada vez que me mira la cara de pollo asustado, me levanta su vaso en señal de brindis. Begoña es española, tiene la voz ronca y la cara llena de risa. Hace tres horas me esperaba en el aeropuerto con un cartel donde decía mi nombre y aparecía una bandera chilena con la estrella en el lado equivocado. Algo que ella misma había hecho, según me contó después. Porque Begoña será durante todo este año mi compañera de trabajo y de departamento. El diario nos juntó y ahora parece que nada podrá separarnos: Begoña habla a mil por hora, es hiperactiva y ya se jura mi mejor amiga. No sabe nada que la verdadera, Doña Cata, está en cayéndose del mapa, pero todavía está. Por lo menos para mí. "Tía, traes una cara de terror. Soy Begoña, periodista, vegetariana y me gusta la cerveza. Vamos a vivir juntas", me soltó mi nueva compañera, apenas salí arrastrando mis maletas en el aeropuerto.
Le sonreí medio tímida, me presenté y le dije que efectivamente estaba muerta de miedo. Que en mi país con suerte llegaba a los peajes y que esta cruzada de continente todavía me tenía los cables pelados. Que ahora me daba cuenta de que soy era una huasa perdida en el Viejo Continente y que no sabía qué bicho me había picado para virarme tan lejos. Pero Begoña entendió la mitad de lo que le dije. "Tía, pero qué divertido hablas tú", me dijo e inmediatamente me agarró del brazo y me llevó hacia su auto, un escarabajo rojo y destartalado.
Diablos. Para Begoña, y probablemente para todos los habitantes de este país, hablo mapudungún. No entienden mis cachai, ni mis huevones, ni ninguno de mis chilenismos. Soy una extraterrestre que cayó directamente desde el Tercer Mundo.
Begoña no paró de hablar en el auto mientras manejaba como una maníaca. Temí por mi vida. Pero ella parece no temerle a la muerte. Begoña es una chica muy valiente que mientras conducía estilo rally, me habló de las mil maravillas que esta ciudad me tiene deparadas, de lo mentirosos que son los hombres españoles y de las delicias que sólo tendré el privilegio de probar aquí. También me contó de su vida: Que tenía una tropa de diez hermanos que vivían en Barcelona y que ella se había venido a probar suerte en el diario después de haber dado tumbos por varias vocaciones frustradas. Begoña fue diseñadora de vestuario, cantante de medio pelo, traductora y luego, derivó al periodismo. Nada raro. La mayoría en el gremio rebota en esta cancha sin tener idea qué quieren de sus vidas, con la sospecha de que en esto harán de todo un poco. Y eso es verdad. Después se vive, literalmente, haciendo de todo un poco.
23 julio 2006

EXPO NOVIOS
Comenzó la cuenta regresiva.
Anoche Ritiqui se ha casado con la linda Naty.
Yo tengo un ramo de flores plásticas y blancas que la novia lanzó a través del mapa.
Un remolino en la garganta.
Un novio imaginario que se me cuela en sueños.
Una marcha nupcial en los oídos.
Y un abrazo atrapado dentro del cuerpo
para mi primer amigo que nos hace esta gracia.
17 julio 2006
Se buscan con urgencia adolescentes entre 14 y 18 años (que aun estén en el colegio) pro activos, que hagan cosas, que bailen, canten, tengan una historia que contar, que tengan una familia extraña, que hayan enfrentado un momento heavy en sus vidas, que no estén de acuerdo con el sistema, que piensen algo especial sobre su futuro, el país, que opinen, escriban, tomen fotos, pinten el mono o rayen las paredes. Si usted es un adolescente y alguno de estos datos le calzan, sea buenito y escriba a pepitavalenzuela@gmail.com contándome en tres líneas que es lo especial que tiene que contar y con algun telefono donde pueda ubicarlo. Gran oportunidad gran para hacer cosas por la patria.
pd: disculpen la escasez de Grandes Exitos, pero estoy abducida por todo julio. Después les cuento sobre estos extraterrestres y esta nave espacial. Si alguien conoce a alguien de la Nasa, pídale ayuda por mí.
10 julio 2006
Hace poco y después de muchos años, cambiando la radio de mi auto me encontré con una canción que me removió la memoria. Aquellos ojos verdes, de mirada serena, dejaron en mi alma, intensa sed de amar. Me estacioné en la calle, subí el volumen y esa melodía me llevó hacia un tiempo que tenía olvidado. Era la misma sensación que tuve cuando le compré a mamá un perfume que me había encargado y la vendedora me roció un poco en la muñeca. Cuando llegué a casa con el regalo, le pregunté a mamá por qué ese olor me era familiar. “Porque lo usé mientras te daba pecho”, me contestó ella sin inmutarse.
Ahora sé que mamá tampoco tuvo suerte enfrentando esos ojos. Siempre me dijo que los míos verde musgo los había sacado de su madre, mi abuela, la orgullosa dueña de un par de esmeraldas brillantes que siempre opacaron a su única hija. Cuando era niña, mamá no podía entender la mala suerte de haber salido tan morena como el abuelo teniendo una madre que causaba estragos en el pueblo con esos ojos gélidos. “¿Esta es tu hija?, le preguntaban incrédulas sus amigas del Club. Mamá, asomaba detrás de sus faldas con el terror de la frase que seguía. “Ah, se nota que se parece el papá”. De poco le servía el consuelo de su padre cuando se acordaba de esos episodios: “Nosotros somos feos, pero gustadorcitos”. Por más que mi mamá se miraba al espejo, no se encontraba el gusto del que le hablaban.
Mi vieja estuvo varios años de su infancia convencida de que su madre veía todo azul. Por eso la perseguía por la casa de Tomé mostrándole manzanas, juguetes y vestidos para que ella le contestara de qué color los veía. Pero por más que la abuela le demostraba que distinguía perfectamente el rojo del verde, del morado y del amarillo, mamá pensaba que se trataba de una trampa. Y lo era. Por lo menos eso de que los azules de la abuela eran tan poderosos que traspasaron a través de dos generaciones hasta llegar a mí. Sólo que mamá no lo supo hasta dos años antes de que la abuela muriera.
Mi nana fue quien le dio la primera señal. “Dígale a su mamá que le cuente la verdad”, le susurró un día cuando se iba con una bolsa de sábanas sucias de vuelta a su casa. A mamá se le clavó esa duda como un alfiler en el pecho. Se dio media vuelta y vio a su madre con ochenta y un años y dos preinfartos a cuestas. De la rubia coqueta encaramada en tacones altísimos, sólo quedaban los ojos fieros y celestes. La abuela apenas caminaba, usaba unas pintoras floreadas y se le escapaban los recuerdos. Ahora sorbía una sopa ruidosamente mientras miraba la tele con unos anteojos gruesos. El último diagnóstico de los doctores había sido irrevocable: en cualquier minuto su corazón dejaría de latir y no había nada que hacer al respecto. Mientras la miraba terminar la sopa sin sal que tenía enfrente, mamá sintió en la guata que sí existía una verdad por revelar. Y que no podía dejar que la abuela se muriera sin habérsela confesado.
02 julio 2006

OJOS DE PAPEL
28 junio 2006

MISS CHILE
Porque todas tenemos algo que decir, sobre todo la jefa, visite y postee en:
http://misschile.blogspot.com
Ella está contigo. Palabra de mamá.
26 junio 2006

CASI FAMOSA
23 junio 2006
22 junio 2006
Track 105: Lucy in the sky with diamonds, The Beatles.
Mis rodillas topan el asiento del frente en el avión y a mi lado va un gringo pelado al cero que ronca como si se hubiera tragado un gato. Voy con mi cartera bien agarrada con las dos manos, evitando mirar por la ventana y escuchando por mis audífonos Lucy is the sky with diamonds, Lucy is in the sky with diamonds. Pero yo no voy rodeada de lujos ni nada que se le parezca. Al ladito mío sólo viajan nubes blancas y el cielo. Y hacia abajo, el vacío.
Mamá literalmente volaba por mí. Preparaba el desayuno, cocinaba mi almuerzo, lo ponía en un termo que olía a vertedero (ojalá alguien haya sacado del mercado esas porquerías), me incitaba a leer y pensar todo lo que me ocurriera en el día y me dejaba en la puerta del colegio. Y luego con su capa camuflada en su traje de dos piezas de secretaria, se iba rajada a la oficina de un viejo que la gritoneaba todo el santo día, como ella decía. Para una fiesta de fin de año de la empresa lo conocí. El jefe de mamá era un larguirucho de dientes amarillos que caminaba con el pecho inflado y hablaba con la boca chueca. Un tipo de terno que me pellizcó una mejilla cuando mi mamá me presentó. “Así es que tú eres la hija de Beri”, me dijo haciéndose el simpático. “Así es que usted es quien le grita a mi mamá todo el santo día”, le contesté yo. Mamá se puso roja de plancha. Su jefe también. Y yo me quedé bien plantada esperando una afirmación. Pero mamá me agarró de un ala, pidió disculpas por mí y me llevó a jugar taca taca. A veces la niña era más despierta de lo que ella había presupuestado. Por eso, también voy en este avión. Quiero ser más despierta de lo que yo misma me creo. Pero también, para ganar mi propia capa de superhéroe, llevarla de vuelta a casa y mostrársela a mamá para decirle que ya aprendí a volar. Pero sobre todo, gracias a ella y sus superpoderes.
21 junio 2006
18 junio 2006
