24 noviembre 2009


Así terminó Pepicienta


22 noviembre 2009


Apuntes sobre el territorio amoroso
novedades:

67. El hombre de antes, distinguía dos tipos de mujeres: la mujer para casarse y la mujer para pasarlo bien. La mujer para casarse era una señorita educada y ojalá muy discreta en todo aspecto que ellos pudieran imaginar como la santa madre de sus hijos. La mujer para pasarlo bien era la que ellos, en el fondo de su corazón, habrían querido todas las noches en su cama, pero que jamás le hubieran presentado a su familia circunspecta. Las mujeres para casarse obtenían la estabilidad del hombre de antes. Las mujeres para pasarlo bien, su amor aunque a escondidas. El hombre de ahora, ese que está en la quemada de las decisiones, ya no hace la misma distinción. El hombre de ahora distingue otros dos tipos de mujeres: la mujer fácil de llevar y la mujer difícil de llevar. La mujer fácil de llevar, es que la que se parece a su madre y jamás les llevarán la contra. Esas son las mujeres para casarse de hoy para el 95% de los hombres actuales. La mujer difícil de llevar es la par, la mujer independiente, con opinión, que los hace cuestionarse y en el fondo de sus corazones, les aporta la intensidad, la chispa, el remezón. Las mujeres difíciles de llevar son las que quieren, pero no se atreven a tener. Son las entretenidas que añoran, pero que terminan estando solas o para la diversión del hombre de ahora quien a la hora de los quiubos, se quedará en definitiva con la mujer fácil de llevar para la vida entera. Aunque con ello, se aburran por el resto de sus cobardes días.
68. El lesbianismo es una opción sumamente inteligente.
69. El hombre sin ganas es una lata. El hombre con demasiadas ganas es un peligro ginecológico.
70. En el fondo de cada mujer, hasta de la más independiente, hay una princesa estúpidamente rosada que espera al príncipe azul. En el fondo de cada hombre, hasta del más sensato de todos, hay un actor porno imparable.
71. Nada más peligroso en el mundo que una mujer dolida.
72. Un dato: no hay nada más sencillo en el mundo que reconquistar a una mujer.
73. La democratización del sexo acabó con el romanticismo. Ahora, como el objetivo sexual está tan al alcance de la mano, no hay necesidad de grandes proezas amorosas para conseguir algo que se estima como un intercambio básico de necesidades. Aunque este ítem se considere como una modernización social de avanzada, es falso: el fin del romanticismo por la democratización del sexo, sólo nos ha reducido a la versión más primitiva del mundo animal.
74. Para el hombre narciso, el objetivo amoroso sólo es un medio para enamorarse más de sí mismo.
75. El que busca desesperado, encuentra improvisaciones, que como tales, casi siempre resultan de mala factura.
76. Hay dos razones – una efectiva y la otra no – por las cuales las mujeres vomitamos verdades e insultos después de un desplome amoroso. La primera, es la salud mental propia. La segunda, el intento de remezón para que el otro cambie, con una o en el futuro con otras. Vomitar por exclusivas razones de salud mental es una terapia que la mayoría de las veces, resulta ciento por ciento exitosa en la medida en la que una tenga claro que con el otro ya no quiere una segunda vuelta ni nada por el estilo. Es decir, cuando una lo hace sólo con el egoísta objetivo de sacarse un peso de encima. Pero vomitar para intentar remecer al otro con miras de cambio, es un sinsentido que jamás funciona. La gran mayoría de las personas y sobre todo los hombres, odian que les digan sus defectos. Por lo tanto, sólo tomarán ese vómito como la comprobación de que no tienen nada que hacer con alguien que les descubrió las fallas y nunca como un incentivo para hacerse mejores productos amatorios. Por lo tanto, si quiere provocar un cambio, guárdese sus verdades y sus docentes ganas de dar una lección de vida. Frente a eso, la única perjudicada será usted.
77. El peor momento de una relación amorosa no es el quiebre, sino la incertidumbre.
78. En materias amorosas no se pueden hacer declaraciones de principios tajantes. Casi siempre, lo que una jura que no hará jamás termina haciéndolo con el escupo en la mitad de la cara.
79. Hay hombres y mujeres que sólo aman cuando no las aman. Dime que no, como decía Arjona. Pero eso no tiene nada que ver con el amor. Eso, aquí y en la quebrada del ají se llama masoquismo.

09 noviembre 2009



Duelo triple

Por Pepa Valenzuela

Estoy en pijama, con los ojos hinchados de tanto llorar y el pelo revuelto cuando suena el timbre de mi departamento. Es la Carlita. Viene en mi rescate con una coca cola light en la mano y un paquete de cereales en la otra. “¿Viste? No te traje pisco sour”, me dice mi amiga y entra como Pedro por su casa, me da un abrazo de oso mientras yo le mojo con lagrimones su polera, se hace unos cereales con yogurt, me da bebida y se sienta en la alfombra de mi living. Hace un mes justo que a las dos, a las tres en realidad, porque la Cata no está porque está en las clases de su diplomado, pero anda en las mismas que nosotras, se nos desmoronó el mundo. Fue de un día para otro y como en un efecto dominó. Primero la Cata terminó una relación de dos años y medio sin recibir ninguna explicación razonable. Después vine yo, con un quiebre que me pilló absolutamente desprevenida en plenas fiestas patrias y en casa ajena. Y luego, la Carlita, quien hacía meses se hacía la loca supliendo el hecho de que en su hombre, le faltaba todo lo que ella necesitaba. Desde entonces estábamos las tres muy juntas. No nos dejábamos solas, por temor a caernos al suelo de la pena. Nos estábamos acompañando en un duelo triple y en la reconstrucción dando entre las tres, palos de ciegas. tres mujeres decepcionadas no son precisamente un acierto de cordura. Primero, conversamos. Conversamos hasta que nos cansamos de hablar de nuestros respectivos temas y desenrollar las madejas que nos habían dejado hechas pebre. Después, salimos. Salimos y nos tomamos hasta el agua del florero mientras hacíamos como que estábamos en nuestro mejor momento. La Carlita, cantaba en karaokes. Yo la acompañaba y la Cata nos daba apoyo moral mientras movía su humanidad tras bambalinas. También, coqueteamos. Y creímos ver señales divinas donde evidentemente no las había. Tuvimos pesadillas: la Carlita soñó con pilas supersónicas, la Cata con su hombre metido con muchas mujeres y yo, con verme de novia, pero horriblemente peinada. Y por último, nos detuvimos un poco para darnos cuenta de lo obvio: que la pena no se pasaba y necesitábamos seguir llorando un poquito más. La Cata lamó a su ex. Yo llamé al mío. Y la Carlita, entró en el autismo amoroso. Mientras les pedí a las dos, que por favor, frenáramos el desenfreno. Y hoy día, a la Carlita, que por favor viniera a darme un abrazo porque mi cuerpo no podía más con la tristeza.
La Carlita me da bebida, me enciende un cigarro, me escucha y luego dice lo que haría en mi lugar. Lo anoto mentalmente porque creo que ella está en mejores condiciones que yo para tener la custodia de mi comportamiento. No exponerse más, dice la Carlita. No buscar más respuestas del otro. No al sentimiento de culpa ni al autocastigo. Sólo apelar a la tranquilidad, a la convalescencia a solas. La Carlita, que es sicóloga, viene con look nuevo. Estaba rubia, pero ahora está morena. Le pregunto por qué se tiñó, si rubia se sentía tan contenta y llamativa. La Carlita no me contesta, pero se le aguan los ojos. Entonces sé que es el castigo que se impuso y la pillo de sorpresa con esa afirmación. “En realidad, es cierto. No quiero que nadie me vea. Quiero ser invisible”, me explica y se ovilla sobre su propio cuerpo. Yo la abrazo y le saco el pelo moreno de la cara. La Carlita me dice que no entiende nada de lo que está pasando. Que no sabe por qué nos tocó a nosotras y a estas alturas, tan aterradoramente cerca de los treinta, estar de nuevo solas. Yo tampoco tengo una respuesta para eso. Pero cuando las dos estamos echadas sobre mi cama viendo Donde Está Elisa y nos tapamos los ojos con las dos manos en el final del capítulo, al menos agradezco que ahora, cuando más las necesito, tengo a dos amigas que a pesar de estar igual de tambaleantes que yo, vienen a mi rescate cuando grito.

30 octubre 2009

Viaje a la decepción
Por Pepa Valenzuela

La desesperanza es un terreno entre la decepción y la muerte del alma. Primero, una aterriza en la decepción y cae en la cuenta de que toda la culpa del viaje es de las jodidas expectativas. Y luego, después de visitar muchas veces la decepción, llega a la desesperanza. A un terreno negro que te bloquea cualquier fe de futuro y que te hace dudar por primera vez si la reserva de un final feliz para ti realmente existe. Por eso, la desesperanza es un terreno peligroso, el más peligroso de todos: si esa duda se transforma en certeza, no queda otra cosa que la muerte del alma. Y por lo tanto, el fin de todo. Yo, todavía, dudo. Y al menos, tengo la voluntad de no convertir esa duda en una certeza. Aunque la desesperanza, a ratos, me traga la voluntad.
El otro día, llegué a la casa de una escritora de cincuenta y tantos, llena de plantas y de libros. Cuando me abrió la puerta, tenía los ojos vidriosos. Me dijo: "Au, vienes con fotógrafo y yo estoy fea porque estaba llorando un poquito". La escritora visitaba por esos días el terreno de la decepción. Había descubierto meses atrás que su amor por más de veinte años, tenía otra mujer. Y ella, que se creía desconfiada por naturaleza, viva, cayó violentamente en ese territorio amargo cuando lo supo. "De todas las personas del mundo, pensé que el único que no me iba a traicionar, sería él", me explicó ella. Y luego me dijo: "Entonces lloro por su muerte. Porque cuando pierdes a alguien que amas, es como si esa persona si hubiera muerto". Por esos días, yo también atravesaba el pantano de la decepción y gracias a las palabras de la escritora, entendí que también estaba lidiando con un duelo. Con la muerte de alguien a quien amé profundamente a pesar de nuestras diferencias y que tampoco pensé jamás que terminaría decepcionándome. Entonces, cuando llegué a mi casa, lloré. Lloré igual que la escritora: sin hipo, con calma, con ese dolor sin vueltas ni arreglos que tiene la muerte.
Días más tarde, reviví mis visitas anteriores a la decepción. Habían sido varias visitas. Demasiadas para lo que creía merecer. Y también comprobé que la mayoría de ellas, habían sido provocadas por hombres. Por los hombres de mi vida. Desde mi padre hasta los hombres que en algún momento, debieron cuidarme y acabaron arrojándome a esos viajes eternos y oscuros. También me di cuenta de que había un solo recuerdo al que me podía aferrar. Que había en mi memoria, un solo hombre que hasta ese instante, no se me había muerto en el alma. Su recuerdo era una estampita luminosa que al cabo de otras decepciones, me ayudaba a regresar a la vida esperanzada. Ese hombre también había tenido sus peros, como seguramente yo los tengo y los tuve para él y los demás. Pero su única diferencia es que había enmendado sus errores. Tuvo en su momento, una voluntad temeraria para resolverlos. Al menos, para asumir que no eran lo que habría querido hacer. Ahí supe algo más importante aún: la gente no te decepciona cuando no se ajusta a tus expectativas, cuando permanece perfectamente ante tus ojos, cuando no comete errores. La gente te decepciona cuando descubres que no son capaces de ver sus peros, cuando no les importa verlos, cuando no tienen la voluntad de resolverlos, cuando prefieren arrojarte al vacío de la decepción antes que desanudar los nudos que han hecho en tu corazón. Lo que decepciona de un otro es la indiferencia, la crueldad, que te dejen varada en la incertidumbre sin respuestas ni excusas. La decepción llega cuando te das cuenta de que al otro, tú no le importas nada. Cuando haces preguntas y no tienes respuestas. Cuando descubres, desarmada, que deberás hacer un esfuerzo sobrehumano por contestarte sola, volver a creer en ti sin que ninguna evidencia respalde tu convicción. Y así puedas salir del paso hacia la muerte del alma, antes de que la desesperanza te trague por completo.

11 septiembre 2009


Apuntes sobre el territorio amoroso.


Sí, señores. Este es un manual que una nunca termina de construir. Dejo testimonio de mis recientes hallazgos amorosos que se suman a los ya expuestos aquí.

1. Sin ilusiones: la mala hierba nunca cambia.
2. Nadie le quita tiempo a nadie. La gente pierde tiempo en cosas sin valor amoroso con su total y porfiado consentimiento.
3. Una buena cuota de amor funciona como antídoto contra el orgullo. Si el orgullo no desaparece, quiere decir que la dosis de amor no era suficiente para tamaña enfermedad.
4. Los polos opuestos se atraen y se mantienen exclusivamente cuando comparten una sola cosa en común: la disposición de entender – aunque no se comparta – al otro y respetarlo en su diversidad.
5. El miedo en la cancha amorosa es igual a la impotencia en la cama: ningún partido que se juegue bajo esas circunstancias, llegará a un final feliz.
6. Con delicadeza, no hay temas tabúes posibles entre dos que se aman. No tocar ciertos temas implica anular al otro y perder la posibilidad de crecer a través de su mirada.
7. A hombre parche curita no se le miran los dientes.
8. El hombre cree que manda y hace alarde de ello. La mujer manda y para callado.
9. En la comunicación emocional, las mujeres somos profesoras de nuestros hombres: ellos parten negándose a tales fines cursis, comienzan a tropezones sin saber bien qué sienten y terminan llorando como magdalenas cuando pierden lo irrecuperable.
10. A reina muerta, reina puesta. A rey muerto, duelo de larga duración.
11. Se pilla antes a un mentiroso que a un mamón.
12. A mayor cantidad de mujeres, mayor es la autoestima del hombre. A mayor cantidad de hombres, mayor es la frustración de una mujer.
13. El porno y los cuentos hadas debieran pagar una indemnización por publicidad engañosa y las consecuentes y constantes roturas de expectativas.

25 agosto 2009

Vecina Furiosa (I Parte)



1. El otro día, intentando rebajar los altos costos de mi vida, me di cuenta de que mi cuenta VTR era demasiado alta. Llamé para saber por qué. Y en exactamente hora y media de llamadas y traspasos a operadores completamente inútiles, comprobé que tanto VTR como Entel me habían fregado: VTR me vendió una línea telefónica sucia. Es decir, un número de teléfono que antes perteneció a un Jorge algo quien contrató servicios extra que la compañía no se dio la lata de eliminar cuando me cedió el número a mí, a pesar de que era su obligación legal. El servicio extra que llevaban un año y medio cobrándome sin haberlo contratado, era un carrier de Entel. Y Entel también estaba fregándome todo ese tiempo, a pesar de que quien contrató el servicio de 4 lucas extra no fui yo. Despotriqué en contra de ambas compañías, dejé los reclamos correspondientes e iré a la Subtel para que los multen. Malditos aprovechadores.

2. El vecino del departamento de arriba, mete más boche que cumpleaños de monos. Parece que caminara por su casa pateando muebles y dejando caer pianos a su paso. Y esos remezones retumban en mi techo y me asustan. Un día le toqué el timbre para pedirle más silencio. Se hizo el gil y por ahora lo sigo escuchando y maldiciéndolo cada vez que anda con la indiada. Lo que digo es lo siguiente: si quieres meter ruido, ándate a vivir a un cerro, donde no molestes a nadie. Cuando vives en un condominio, tienes que ser consciente del vecino de al lado, el de arriba y el de abajo.

3. Después de haber reprobado el examen práctico de manejo una vez, haber insultado al profesor y haber llorado como cabra chica picada una tarde entera, al fin pasé la prueba y saqué mi licencia de conducir. Junten miedo, conductores de Santiago. El asunto es que hoy fui a retirar mi carné de conducción y esperé DOS horas en la Municipalidad de Santiago para que me lo dieran. Los funcionarios, operados de los nervios, ni se inmutaron con el cúmulo de usuarios choreados que tenían en frente. Pero yo, terminé con el colon en la mano. Tenía demasiadas cosas qué hacer como para perder dos horas mirándoles las caras. Cero respeto por el tiempo de los demás.

4. Al teléfono de mi casa me han llamado desde que vivo aquí:

- Sebastián Piñera para pedirme que me inscriba. (Sr Piñera, ya estoy inscrita y mi voto, evidentemente no es para usted. Y no me vuelva a llamar a mi casa porque yo no lo ando llamando a la suya para pedirle préstamos o que se retire de la carrera presidencial o lo que yo estimo mejor para este país)

- Katherine Salosny para pedirme plata para una Fundación. (Kathy: Fundación Pepa Valenzuela también requiere urgentemente fondos para su miserable socia fundadora quien moriría de vergüenza antes de pedirle plata a alguien. Creo que tú estás en mejor pie para ayudar que yo)

- Joaquín Lavín. No alcancé a saber para qué. Al escuchar su nombre, corté inmediatamente de puro espanto.

- Leíto Caprile. (Perdóneme don Leíto, pero tuve que cortarle rápidamente: estaba trabajando como negra para ganar una veinteava parte de lo que ganan ustedes en la tele)

- Banco Falabella en innumerables oportunidades para ofrecerme créditos millonarios (Si necesito plata, yo iré a la institución que me parezca conveniente. Hasta ahora Banca Mamá es la más considerada del mercado)

- Entel y Telefónica hasta el hartazgo. (Señores: cuiden sus rascacielos. No subestimen la capacidad incendiaria de una vecina hasta la coronilla con sus insistentes ofertas que de ofertas tienen poco y nada)

- Y esto no sé si fue o si no, porque caí en una especie de trance. Pero al menos, un día creí escuchar: "Hola, te habla Felipe Camiroaga". Escuché toda la grabación en éxtasis y no pude emitir ni un miserable pío. Por eso ahora respondo. (Felipito, disculpa mi mutismo al otro lado de la línea. Pero tú sí puedes llamarme cada vez que quieras, a la hora que quieras, para lo que quieras. Incluso a mi celular, Felipito mío)

5. En dos semanas he escuchado al menos seis veces la siguiente odiosa frase: "Se cayó el sistema", con su variable, "No me aparece en el sistema". Conclusión: si algún día descubro quién fue el tarado que diseñó el concepto "sistema", irá a parar derechito a Sonrisa de Inoperante. Lo juro.

21 agosto 2009

Temporada de huracanes
Por Pepa Valenzuela

Las cosas han estado revueltas allá afuera. Se fue Guillermo, antes de que alcanzáramos a decirle que lo queríamos de regreso. Su despedida estuvo repleta de periodistas, editores, directores y dueños de medios que al final de sus días no fueron capaces de remediar su desazón: lo único que quería Guillermo era volver a empezar. Escribir las grandes crónicas de las que era capaz, recuperar el espacio que le correspondía, hacer periodismo del bueno, ése que por estos días está muriendo a manos de gerentes desesperados por las cifras rojas y directores que agachan el moño sin chistar a cambio de mantener la peguita. (Muchos apóstoles del buen periodismo, Guille, le dieron vuelta la espalda. Al buen periodismo, Guille, le quedan pocos abogados que lo defiendan). La noche de su funeral, soñé con él. Lo veía con una de sus poleras medio apretadas, a lo Titán Do Nascimento, y me abrazaba como un oso. Supuse que eso era una especie de delegación misteriosa y no me equivoqué: a los pocos días tenía a tres alumnos en mi casa que iban a hacer su tesis con Guillermo y que ahora yo guiaré. Espero no defraudarlo.


Hace unos meses, perdí a otra amiga. Una amiga con la que estuve en sus peores momentos, una amiga por la que recé para que siguiera con los pies en esta Tierra y que de un momento a otro, descubrí que estaba más lejos de lo que jamás esperé. Cuando las formas son parecidas, cuesta entender que los fondos sean completamente opuestos.


Otro huracán me tuvo dando vueltas en el aire, revolviéndome las ideas y el alma, durante muchas semanas. Cuando pasó y me recuperé del mareo, tomé una decisión: partir de la revista. Irme del territorio conocido donde acampaba hacía años y sin despedirme de nadie. Ahora ando en busca de nuevos espacios donde pueda quedarme con la conciencia tranquila, haciendo lo que sé hacer, pero sobre todo, un lugarcito donde me quieran y me respeten. Y si no lo encuentro, me lo voy a fabricar. Por eso mismo, he estado reclutando compañeros de viaje, socios en esta reconstrucción de las cenizas. El problema es que muchos de ellos, están cansados de tanto vagabundear y han perdido la fe de encontrar alguna vez el paraíso. Yo sigo convencida de su existencia. Yo soy una de las pocas abogadas defensoras que van quedando.


En los últimos días también vi a mi hermano llorar. Lloraba con una pena con la que no lo había visto nunca. Mi hermano es un gordo optimista, lleno de proyectos visionarios que nunca lleva a cabo, un papá que se desdobla por sus cinco hijos con una sonrisa de oreja a oreja aunque eso signifique practicamente no dormir. Por eso verlo llorar de pena, me partió en dos.


Con mamá iremos a ver a Paul Anka. Le regalé unas entradas que me dejaron literalmente en bancarrota, pero vale la pena estar en esta miseria: mamá lleva 28 años hablándome de cómo bailaba chick to chick al son de Paul Anka cuando era joven. Y nunca ha ido a un concierto. Creo que va a ser una noche que jamás podrá olvidar.


Con José peleamos poco, pero siempre por el mismo tema. No puedo dar más pistas: José adora su anonimato y yo se lo respeto, aunque me cuesta un mundo. Pero aunque peleamos, y cuando no peleamos pareciera que estuviéramos peleando (él me dice que calladita me veo más bonita y yo, le canto solteros sin compromiso en son de amenaza de una supuesta plr), seguimos juntos. Nos acompañamos en todo. Y sinceramente no puedo imaginarme sin él. Repito: más pistas, no puedo dar. Sólo puedo decir que la temporada de huracanes pasa más rápido y sin miedo con José a mi lado.