VUELA, VUELA
Track 105: Lucy in the sky with diamonds, The Beatles.
Mis rodillas topan el asiento del frente en el avión y a mi lado va un gringo pelado al cero que ronca como si se hubiera tragado un gato. Voy con mi cartera bien agarrada con las dos manos, evitando mirar por la ventana y escuchando por mis audífonos Lucy is the sky with diamonds, Lucy is in the sky with diamonds. Pero yo no voy rodeada de lujos ni nada que se le parezca. Al ladito mío sólo viajan nubes blancas y el cielo. Y hacia abajo, el vacío.
No sé cómo diablos quise lanzarme a lo Superman con unas alas de cartón por la terraza de mi departamento cuando tenía cuatro años. Alguien debió darme ritalín cuando era niña. Ya lo decía mi profe jefe: yo era una hiperkinética que incitaba a mis compañeros al desborde. Todo porque les decía la pura y santa verdad. Que el profe de música nos miraba las piernas a las niñas del curso, que se relamía los labios cuando nos miraba tocar flauta con nuestras rodillas huesudas al aire y que eso se llamaba abuso sexual. Que el colegio cobraba más de lo que valía, que a la directora tiesa y contenida le faltaba un buen revolcón, que los profes no nos dejaban opinar porque pensaban que éramos idiotas y que de alguna manera a ellos les convenía perpetuarnos así. Pero mamá nunca pescó a mis profes acusetes. Mamá metralleta estaba chocha de tener una hija revolucionaria. Por eso entraba a la sala de profesores mostrando los dientes, interrumpiendo a quienes querían hacerla creer que yo era la nueva niña de La Profecía, exigiendo el libro de clases para refregarles mis notas en la cara. “¿Ve? Buenas notas. Excelentes. Usted no va a venir a decirme cómo es mi hija. Es una niña despierta. Si los demás no son así, no es mi problema”, espetaba mi mamá antes de irse furibunda para su oficina. En mi época frustrada de Superman, ella era la Superwoman de verdad.
Mamá literalmente volaba por mí. Preparaba el desayuno, cocinaba mi almuerzo, lo ponía en un termo que olía a vertedero (ojalá alguien haya sacado del mercado esas porquerías), me incitaba a leer y pensar todo lo que me ocurriera en el día y me dejaba en la puerta del colegio. Y luego con su capa camuflada en su traje de dos piezas de secretaria, se iba rajada a la oficina de un viejo que la gritoneaba todo el santo día, como ella decía. Para una fiesta de fin de año de la empresa lo conocí. El jefe de mamá era un larguirucho de dientes amarillos que caminaba con el pecho inflado y hablaba con la boca chueca. Un tipo de terno que me pellizcó una mejilla cuando mi mamá me presentó. “Así es que tú eres la hija de Beri”, me dijo haciéndose el simpático. “Así es que usted es quien le grita a mi mamá todo el santo día”, le contesté yo. Mamá se puso roja de plancha. Su jefe también. Y yo me quedé bien plantada esperando una afirmación. Pero mamá me agarró de un ala, pidió disculpas por mí y me llevó a jugar taca taca. A veces la niña era más despierta de lo que ella había presupuestado. Por eso, también voy en este avión. Quiero ser más despierta de lo que yo misma me creo. Pero también, para ganar mi propia capa de superhéroe, llevarla de vuelta a casa y mostrársela a mamá para decirle que ya aprendí a volar. Pero sobre todo, gracias a ella y sus superpoderes.