12 mayo 2010

Esto apareció hace unas semanas en revista Mia de Lun.
Una columnita llamando a la solidaridad gremial.


Las conspiradoras
Por Pepa Valenzuela

Cada vez que hablábamos de pololos, proyectos de pololos, peores son nada y ex varios, una amiga terminaba diciendo con voz de tráiler hollywoodense: “Y mañana no se pierda un nuevo capítulo de la teleserie del momento: Gil de Cuna”. Entonces nosotras nos reíamos a carcajadas, aunque fuera un chiste cruel. Sí, era harto cruel. Porque como nos habíamos dado cuenta hacía poco tiempo las protagonistas de la teleserie del momento, Gil de Cuna, éramos nosotras mismas. No importando cuán vivas nos creyéramos, a todas alguna vez nos habían hecho huevo de pato. Es decir, nos habían mentido, dejado sin explicaciones, utilizado para fines insospechados o vendido la pomada. Todas, llegando casi a los treinta años, acumulábamos una mochilita no menores de esas experiencias. Y claro, cuando empezamos a hablar de ellas, nos causó gracia. Pero después, nos dimos cuenta de que no era nada divertido. Más aún, que gran parte de la culpa de que nos hubiesen pasado todas esas leseras era de nosotras mismas. Era una culpa gremial. Una culpa de género. Analizando cada gol que nos habían pasado, llegamos a la alarmante conclusión de que la mayoría se podría haber evitado si alguna de nosotras hubiera abierto su boquita y nos hubiera advertido del peligro. Que nos habríamos ahorrado tremendos porrazos si hubiéramos tenido mejor comunicación y mayor lealtad de género. Peor conclusión aún: las mujeres éramos muy poco solidarias entre nosotras. No porque no nos quisiéramos, sino todo lo contrario. Si no éramos más solidarias era porque queríamos mucho. Principalmente a nuestras piernas peludas. Por lo tanto nuestra primera lealtad estaba con ellos. Por eso, nos callábamos cosas que sabíamos a través de ellos y además, les contábamos todo. Todo, todito, como loros, algo que ellos nunca hacen. Lección para aprender de ellos: los hombres nunca delatan a sus compañeros con nadie.
Cuando descubrimos eso, las protagonistas de Gil de Cuna nos quedamos pensando. Y poco a poco fuimos cambiando algunas cositas. De partida, empezamos a juntarnos más entre puras mujeres para conversar más. Y al tiempo, sin preparaciones ni conscientemente, empezamos a conspirar. No como mafiosas, que se entienda bien. Tampoco la idea era convertirnos en lo mismo que despreciábamos. Empezamos a conspirar para fines positivos. Para alegrarnos la vida haciendo alguna cosa entretenida cuando alguna de nosotras estaba bajoneada. A planear cómo podíamos sacar adelante a otra que de repente se venía abajo cuando de la noche a la mañana quedaba sin trabajo o soltera sin mayores explicaciones. Propusimos métodos de acción para saber verdades que nos intrigaban para no quedarnos con esas dudas que matan. Las comprometidas empezaron a ayudar a las solteras presentando algunos especímenes disponibles. Las solteras les enseñamos a las comprometidas a darse tiempo para ellas mismas y les subimos autoestimas que después de años de convivencia, habían desaparecido. Acordamos tácticas comunicacionales para no ser nosotras las intrigadas, sino que ellos vía Facebook, twitter y otros. Ayudamos a algunas chiquillas a liberarse de pestes que las tenían ciegas e incluso funamos, claro que con muchísima elegancia, a vacunas que habían causado desastres espantosos entre alguna de nosotras. Sin planearlo demasiado, establecimos nuestro propio código de honor. Nuestro equipo de simuladoras para protegernos y ayudarnos a ser felices. Algo que sin llegar a la desconfianza extrema ni a la maldad gratuita, cualquier grupo de chicas debiera establecer como medida urgente para no andar tan de gil de cuna – léase desprevenida y por lo tanto más susceptible a ser embarrada – por la vida. Algo que se logra con un poquito más de solidaridad gremial y conspiración entre amigas de las buenas.

08 abril 2010

Abre los ojos
Por Pepa Valenzuela

Me voy a Cuba. Me voy porque hace dos años que no tengo vacaciones como la gente. Me voy y con dos amigas entrañables que el año pasado vivieron desastres parecidos al mío. Desde que me fui a Isla de Pascua el 2008 no descanso ni duermo como debiera. Y después de eso, han pasado muchas cosas. Lo que decía antes: todo ha sido como la canción que cantaba cuando era niña, ésa de mi lindo globito, pum! reventó. En este tiempo descubrí muchas cosas que hubiera pagado por no descubrir, aunque después me repito, no, no, si está bien que una abra los ojos. Pero es como dijo la Carolina, sentada al lado mío en la mesa de un matrimonio, mirando a su alrededor: Yo pagaría por ser más tonta. Yo pagaría por no saber. Yo a veces pienso lo mismo. Hubiera pagado por no saber todo lo que desde septiembre hasta este año supe. Qué fue: básicamente supe que el hombre que tenía al lado no era lo que aparentaba, sino que era todo lo contrario. Descubrí que la gente miente más de lo que esperaba. Supe de la boca de dos hombres a quienes encontraba relativamente respetables, que ellos también eran capaces de mentir. Que en el fondo, odiaban a las mujeres. Yo estaba leyendo ese libro: Los hombres que no aman a las mujeres. Justo estaba leyendo eso cuando esos dos hombres que yo respetaba mucho se delataron solos como mentirosos orgullosos de serlo. Yo, me quedé con sus mentiras para callado. Y me sentí mal. Porque sé que con ellos, hay dos chicas que más temprano que tarde van a sufrir como chinas, tal y como yo sufrí y yo no podía hacer nada al respecto. Supe que los amores, la mayoría de las veces, era disfraces sociales. Que los ritos, las ceremonias, los juramentos, se iban por la alcantarilla como si fuera pelusas. Que la gente promete sin comprometerse de verdad. Tengo casi treinta años y es increíble quizás que a estas alturas me sorprenda. Pero sí, me sorprende. También me duele mucho. Y me da un miedo terrible de volver a apostar. Lo curioso es que creo que todavía me quedaba corazón para hacerlo.
Aposté. A mi modo herido. Con lo poquito y nada que podía entregar, hecha un cucurucho de miedos, silencios y dudas. Pero así y todo, creo que aposté. Aposté bastante para lo que me había sucedido. Creo que desde los 20 años no tenía ese desinterés en el alma. Me gustó saber que esa capacidad de querer, aún estaba dentro de mí. Lo comprobé y me retiré. No porque quisiera. Me retiré porque el miedo es un enemigo feroz que no abandona así de fácil. Me retiré porque es distinto acurrucar a alguien que se deja a acurrucar a alguien que pega sus rasguños cada tanto. Una que está cicatrizando, no puede exponerse a más magulladuras. También necesita alguien que venga y la acurruque sin esperar nada más que tu bienestar a cambio. Alguien tiene esas pretensiones y me he arrancado como una fugitiva. La Carlita y la Carola dicen que no me arranque más. Que me deje al menos hacer un cariño. Que diga una sola vez que sí. Que sea amiga. Que parezco cabra chica.
Y la verdad, yo no sé aún qué hacer.
Sin embargo, hay algo que es más sorprendente que todo lo que he descubierto de mí hasta ahora: que tengo fe. Más fe que antes, inexplicablemente. Son mis sueños que me dicen cosas buenas, cosas milagrosas. Es una paz que me nació desde el centro de la guata y me tiene tranquila, como si supiera que algo monumental va a suceder. No es broma. No es canutismo. Es una sensación tan real que podría convertirla en un mueble de mi casa. Y ahí está, instaladísima dentro de mí, haciéndome reír todas las santas mañanas cuando abro los ojos.

04 abril 2010

Ausencia
He estado muy ausente últimamente por estos lados.
Pero tengo mucho que contar.
Muchas cosas que escribir.
Quizás aún no las proceso ni las pongo en orden.
Pero ya tengo una pista: desde septiembre del año pasado hasta ahora, me he despertado de varios sueños en los que creía. Como haberse acostado en medio de un cuento y despertar en la Matrix. Como decía la canción que más me gustaba de niña: Mi lindo globito, pum, reventó. Ya les contaré un poco de eso. Pero antes, quería dejarles las últimas cuatro cosas que he escrito y que me han gustado más que otras.
Feliz Pascua de resurrección.

http://www.paula.cl/blog/reportaje/2009/10/05/heidi-y-gretel/

http://www.mer.cl/modulos/catalogo/print_noticia.asp?idnoticia=C24328620091208&seccion=YA&fecha=2009-12-08

http://diario.elmercurio.cl/detalle/index.asp?id={a04e3246-81d8-4dee-b901-61d8bd46dfd8}

http://diario.elmercurio.cl/detalle/index.asp?id={698f38f6-33f1-4b78-b763-82a380381c84}

06 marzo 2010


El día D
El terremoto y la huida en primera persona

Por Pepa Valenzuela
Sentadas alrededor de la mesita de mimbre de la terraza de la casona de la playa en Maitencillo, finalmente las siete hacíamos un brindis con piscolas y pisco sours. Habíamos estado planeando la despedida de soltera para la novia con un fin de semana en la playa hacía tiempo. Y todo había salido como esperábamos: teníamos listo el video con el novio, comida en abundancia, una casa enorme que nos prestó una prima de una de las organizadoras y lo más importante, habíamos logrado secuestrar a la novia, quien a las 13 horas de la tarde del viernes, ya había terminado su pega de jueza y no tenía idea que en un momento más, tres de nosotras terminarían metiéndola al auto y llevándola hasta la costa sin pedirle ni permiso. El novio, uno de mis buenos amigos del colegio, ya nos había hecho su bolsito y nos había regalado todo el trago. Un marido dadivoso, nos compró carne y longanizas en La Vega para que hiciéramos dos tremendos asados. Y nosotras, habíamos estado coordinando todo vía mails masivos que cada día tenían algún inconveniente o incendio nuevo. Así es que estuviéramos al fin ahí, con la novia con una sonrisa de oreja a oreja por vernos a todas reunidas, nos tenía dichosas. Y un poco arriba de la pelota. Llevábamos varias horas bebiendo, contándonos todas nuestras peripecias, datos y anécdotas en el mambo horizontal, desmenuzando todas nuestras gracias y desgracias en ese ámbito y desnudando nuestra propia sexualidad. Así es que un poco antes de las tres de la madrugada, todas bastante chispeantes, decidimos que ya era hora de mostrarle a la novia el video donde el novio contestaba nuestro pícaro cuestionario. Entramos a la casa y nos acomodamos todas arriba de la cama matrimonial. La anfitriona conectó la cámara a la televisión y le preparamos una díscola piscola a la novia, para que bebiera un sorbo cada vez que no le achuntara a las respuestas de su futuro marido. Y empezamos a ver: en la pantalla, el pobre novio, estaba amarrado al catre, lleno de besos rojos pintados en la cara y el cuello, un pañuelo amarrado en la cabeza y con cinco de nosotras, agasajándolo disfrazadas de mujeres de lujo de arriba de una cama de dos plazas. La novia se reía a carcajadas. “¡Pobre! ¡Y se prestó para eso!”, y seguía riéndose con la guata agarrada a dos manos. Mi traste, enfundado en una mini dorada de lentejuelas, acaparaba la mitad de la pantalla. Mientras el novio, empezaba a responder dónde le había pedido pololeo a la novia, cuál fue su primer beso con ella, posiciones favoritas, anécdotas triple X. Buen matrimonio iba a ser ése, pensaba yo: la novia, le achuntaba a la mayoría de las respuestas. No era de extrañar: mi amigo lleva 9 años con su novia, desde el segundo año de la Universidad. Y es una de esas parejas que se aman con locura. Que se acompañan y se cuidan como dos buenos amigos. Uno de esos amores que tienen sentido. Pero cuando terminamos de ver el cuestionario y sólo faltaba el mensaje romántico del novio a la novia, la tierra comenzó a moverse. Primero suavemente. “¡Mierda! ¡Está temblando!”, gritó una de nosotras e inmediatamente cuatro salieron disparadas de la cama hacia el ventanal. Lo abrieron y salieron al patio. Una gritaba, llorando. Yo, me quedé encima de la cama, sentada, alerta. La verdad es que no les tengo miedo a los temblores: estoy acostumbrada a vivirlos en altura y mamá, que sobrevivió al terremoto del 60, me enseñó a mantener la calma frente a esas circunstancias. Pero calma era lo que menos había en casa. Menos cuando la casa se movió de un lado a otro, en fuertes remezones. Una de las chicas lloraba, con las manos sobre los ojos. Las otras se daban vueltas como gatas en el patio. La anfitriona, cacheteó a la que lloraba. ¡Basta! ¡Tranquilízate! Entonces paró de temblar. Y todas salimos raudas hacia la calle a ver qué pasaba. Y ahí vimos: la mayoría de los autos estaba con las luces encendidas, listos para arrancar. Algunos vecinos deambulaban abrigados, preguntando qué había pasado. y nosotras, cada una con el celular en mano, intentaba en vano comunicarse con sus respectivos novios, madres e hijos. Sólo una lo logró, durante el sismo, con su pololo: ¡Mora, se está cayendo el edificio!, alcanzó a decirle él antes de que se cortara la comunicación. Ella comenzó a llorar desconsolada. Y cada una, seguía deambulando como loca con su celular en la mano. Hasta que nos juntamos. Y empezaron las propuestas: esto fue fuerte, va a haber tsunami, tenemos que devolvernos a Santiago. ¿A Santiago? ¡Estamos todas con trago en el cuerpo! ¡Nos podemos matar! Cuatro de nosotras, volvimos a entrar a la casa, mientras dos, la anfitriona que tiene dos niños pequeños y otra, intentaban seguir comunicándose con Santiago infructuosamente. Las demás, nos metimos en sacos de dormir y nos quedamos dormidas.
Desperté un poco antes de las siete de la mañana cuando escuché a las dos que quedaron despiertas hablando por teléfono. Recién habían logrado contactarse. A una de ellas le dijeron: La CNN dice que hay riesgo de maremoto en toda la costa de Chile y Perú. Entonces sentí los pasos. Alguien zarandeándome las piernas. “Pepa, despierta, nos tenemos que ir porque hay riesgo de tsunami”. En un dos por tres, la casa estaba ordenada, los bolsos hechos, los sacos de dormir envueltos. Todas teníamos una cara de terror espantosa. Nos abrazamos antes de meternos cada una a los dos autos que teníamos y nos deseamos suerte. Seguí llamando a mamá sin éxito: estaba preocupada por ella. Estaba sola, durmiendo en su departamento del sexto piso de las Torres San Borja. Pero me era imposible la comunicación. Recordaba entonces, para relajarme, lo que siempre me decía cuando había temblor y nos abrazábamos debajo del dintel de la puerta: “Mijita, si estas torres se caen, está todo Santiago abajo, muerto. Estas torres van a ser las últimas en caer, son muy firmes”. Respiraba. La conductora, con mano firme, manejaba con una entereza increíble. Atrás, otra amiga dormía: ya había podido hablar con su novio, el que le gritó que el edificio estaba caído y estaba bien, a salvo. Dentro de todo, iba tranquila: pensaba que habernos ido, era una exageración. Más aún en esas condiciones. Hasta que llegamos a la carretera 5 Norte y la vimos: una pasarela peatonal partida en dos encima de la autopista como un pedazo de papel. Un carabinero estaba desviando el tránsito hacia la caletera. “¡Cresta! Mira la pasarela!. Entonces empecé a llamar de nuevo a mamá. Esta vez, me contestó: “¡Hija, hija! ¡Cómo estás!”. Le dije que bien, regresando a Santiago. “Me evacuaron, mijita. Estuvimos tres horas abajo del edificio, se cayeron escombros dentro de las torres, se me cayeron los cuadros, los floreros, todo. Pero estoy bien”. Ahí empecé a tiritar. En las torres jamás se caía ni un chiche de estantería. La cosa había sido fuerte. Mi estómago se apretó al instante. Empecé a sentir dolor de guata. El dolor fue creciendo a medida que vimos la segunda, tercera y cuarta pasarela peatonal quebrada arriba de las vías. Ya nos aproximábamos a Lampa cuando vimos un cuadro apocalíptico, igual a la película Tornado: una chimenea de humo negro que a lo lejos, cubría todo el cielo. Al poco rato, entramos en la niebla. En un pedazo espacial negro, frío, con un olor tóxico. Una de las fábricas, que después supimos cuál era, se estaba incendiando. A lo lejos, se veían más focos del fuego. Por la misma pista en la que íbamos, los autos se devolvían en 180 grados. Tuvimos que darnos vuelta para entrar a la caletera. Ahí una fila interminable de autos, camiones, gente que había huido desde la costa al igual que nosotras, avanzábamos increíblemente despacio. Pasamos por Colina y Quilicura hasta que al fin entramos a la ruta camino al centro de Santiago. Miré el reloj: nos demoramos cuatro horas en llegar hasta la capital. Cuando me bajé, subí casi corriendo las escaleras con un bolso y el saco de dormir a cuestas hasta el sexto piso. Mamá salió sin pintura, con la ropa que se puso arriba del pijama. Nos abrazamos largo rato en la puerta. Nos abrazamos porque estábamos vivas y juntas. Nos abrazamos porque la torre, con escombros superficiales menos, aún estaba en pie y nosotras también.

28 febrero 2010

Por favor, Ema Venegas, Gerardo Saavedra Venegas, Camila Saavedra Venegas. Todos de Chiguayante. Necesito saber de ellos: 09.9392397.

25 febrero 2010

In and out
Por Pepa Valenzuela

Por fuera: Me operé los ojos y ya no ocupo anteojos. Hay gente que recién ha descubierto que tengo los ojos verdes. No azulitos, ni esmeraldas, sino verde musgo, como los de mi papá. Cumplí 29 años y mis amigas me regalaron un alisado japonés que me dejó el pelo lisito, como planchado, las 24 horas del día. Volví a ser un poco más rubia en la pelu de la Juanita adonde vi el cambio de mando con las señoras del barrio entre puros alaridos de miedo. Creo que bajé de peso, aunque no es seguro porque nunca me subo arriba de una balanza. Encuentro que está de más torturarse por números. Con mi cuenta corriente me basta y me sobra. Volví a ponerme pareo, bikini y flor en el pelo para el cumpleaños hawaiano de mi amiga Carlita y le bailé un tamuré y un sau sau con la mejor de mis sonrisas y hundiendo la guata. También grabé un video para una despedida de soltera con una pintita con la que mamá me habría dado una buena patada en el traste. Bueno, ya no creo. "Ya estás vieja y peluda para saber lo que haces", me dijo ella. Ojo que lo de peluda, es completamente falso.
Por dentro: me embalé y me desinflé amorosamente en un tris. Descubrí que mi familia es más grande de lo que creía y que va más allá de la sangre: tenemos un clan. El Círculo de Hierro, que le pusimos. Ingrid, Diego, Andrea, Pablo, la Carlita y la cómo no, mi Carola. Con ellos estuve para mi cumpleaños. Con la Caro, para el cumple de mi madre. Entonces yo, que me creía tan sola, me di cuenta de que esta gente no me deja en paz y me gusta que me invadan mi soledad. También escudriñé en la nostalgia. Fui hasta el fondo de ella, reviví recuerdos bloqueados y volví a salir de la superficie llena de paz, sin odios ni rencores. Nunca he tenido mucho de eso. La diferencia es que antes, olvidaba. Bloqueaba, más bien. Ahora aprendí a convivir con mis daños con más entendimiento y sin que me dañaran más. También constaté que soy mucho más frágil de lo que me muestro y que allá afuera, la trampa es mucho más común de lo que creía. Por lo tanto, entendí que yo no sé jugar. Y por eso oscilo entre la fe - y asomo mi nariz al mundo - y el miedo, cuando vuelvo a encerrarme en mi privadísima caparazón que sí, aún cerca de mis treinta años, es rosada, con blondas, pajaritos y mariposas. Tonta lesa yo. Porque lo más divertido de todo, es que sigo creyendo que así se puede vivir. Que derechamente es la única manera válida de ser feliz. A pesar de que en todos estos años, la evidencia me ha demostrado precisamente todo lo contrario.

30 diciembre 2009


Balance 2009



Vieja lo aprendí: los número pesan más que las palabras. Así es que a la hora de los conteos, hago un resumen estadístico del año que se está yendo, a modo de registro estimativo para programar las metas del 2010.

Recuento profesional:

1. Trabajos perdidos: 3

Me fui de Paula por varios motivos. Fue un parto doloroso y lloré una semana. También tomé demasiado pisco sour mientras meditaba mi decisión. Pero finalmente emigré, básicamente por razones de principios. Porque ya no estaba siendo feliz. Porque a la hora de los quiubos, entre plata y felicidad, opto siempre por lo segundo y hasta ahora, creo que es una de las mejoras lógicas que tengo. Las otras dos pegas perdidas son de entrevistadora de Magazine en La Nación Domingo. Cambiaron los mandos y también las órdenes. Olí a autocensura y me pidieron que me "metiera una chiva" a un entrevistado que no querían desde la gerencia del diario en sus páginas. Ahí me retiré. Pobre, pero digna. Tercera pega perdida: una entrevista medio lesa en una revista de una constructora. Querían a personajes top para hacerle preguntas indiscretas acerca de cómo habitaba los espacios de su hogar. El pudor fue más fuerte.

2. Trabajos ganados: 1 De Paula me fui a la revista Ya de El Mercurio a colaborar. Y fue uno de los grandes aciertos de este 2009. A pesar de que físicamente no voy mucho para el diario (es un pique más o menos desde donde vivo) estoy gratamente sorprendida con la gente de la revista. Toman en cuenta mis ideas, confían en mi capacidad y siempre están al agüaite para ayudarla a una en caso de incendios. Mi editora nueva, además, es un sol, aunque suene chupamedias.

3. Trabajos estables: 2

Persistí en dos frentes este año (y espero que también en el próximo): como columnista en LUN - he incursionado también como modelo senior en algunas fotos de la columna con gran éxito entre el público masculino, modestia aparte - y como profesora de Medios y Técnicas Narrativas en la Portales, algo que adoro hacer. No se me nota en clases, pero soy una profesora mamona. Y en el fondo, aunque los lesee y les exija, quiero mucho a mis alumnos. Y ando pecho paloma cuando veo que están avanzando.

4. Ingresos extra: 0

Gracias a Dios soy una mujer previsora.

5. Gastos extra: 1

Compré un nuevo notebook. El viejo tarro es muy pesado, aunque ahora lo limpiaré y se lo daré a mamá para que escriba sus historias. (Le pega, la señora)
6. Oficio nuevo: 1
Cantante aficionada de karaoke. El público me ha alentado a seguir. Os quiero, os amo, os adoro.
7. Premios obtenidos: 1
Un premio de periodismo de la PNUD y la agencia de noticias SIP. Chochera total.


Recuento en salud:

1. Recaídas patológicas: 1

Pensé que estaba curada pero no. A fines de este año, empecé de nuevo a levantarme semi dormida para comer galletas de noche. Una casi tuvo trágicas consecuencias: me resbalé en la cocina con un poco de jugo que había caido al suelo y por afirmarme en la mesa, quedé con una horrible cicatriz en el brazo. No importa: si me hubiera caido sin más, perezco sola en mi departamento. Sin pena ni gloria y en un pijama bastante poco hot.

2. Mejoras: 1

La más importante de todas. Durante el 2009, todos mis exámenes de mi calvario, salieron espectaculares. El doctor me dio el alta. Y yo me apoyo con vitaminas para el futuro.

3. Kilos de más: 5

Voy a demandar a ese gimnasio. Sigo yendo a clases de spinning. Transpiro como una yegua. Y así y todo, subí de peso. El colmo. Sospecho que el pisco sour tiene harto que ver con esto.


Recuento afectivo amoroso personal

1. Pololo con doble personalidad perdido: 1

Sin comentarios. Sólo que estoy muy agradecida de haber visto las cosas a tiempo.

2. Reencuentros del tercer tipo con el pasado: 2

3. Arrepentimientos por reencuentros del tercer tipo con el pasado: 1000

4. Ahijadas ganadas: 2

Tienen 12 y 11 años y viven en un hogar de niñas en Buin. Vinieron a pasar la navidad conmigo y me dieron los días más intensos y emocionantes de este año por lejos. Me dijeron mamá, pero seré su madrina. (A todo esto, las extraño como china)

5. Episodio de violencia intrapololear: 1

6. Cuñado misógino de nombre insólito perdido: 1

Gracias al señor y a todos los santos.

7. Jotes en su camino: varios

8. Pretendientes serios: quién sabe. No pongo las manos al fuego por nadie.

9. Citas: 2

Una, muy decepcionante. La otra, la mejor que he tenido hasta ahora. Lo pasé flor. Y lo más importante de todo: acepté salir. Porque esa es la otra: siempre ando a la defensiva y digo que no. Y esa vez, dije sí. Un avance de mi parte. Estrellita para mí. Y una suertaza del caballero en cuestión, que me pilló sin las barreras de costumbre.

10. Amigas perdidas: 2.

11. Amigas ganadas: varias. Todas gracias a la colaboración de Carlita, más conocida como semilla de maldad. Las quiero chiquillas del Harepoki. Te quiero, Ceci de Carlita.

12. Ramos de novia agarrados: 1


Saque ud sus propias conclusiones.

Adiós 2009. Bienvenido 2010.