
06 febrero 2011

20 diciembre 2010
24 noviembre 2010
Por Pepa Valenzuela
Mi mejor amiga cumplió 30 años. Se puso unos zapatos azulinos de taco aguja y compró empanaditas de queso, jamón, champiñones y hamburguesas en miniatura para celebrar. La Carola forra su horno con alusaplast cuando pone cosas a calentar. En su casa, el único cuadro que hay es uno mío: el cuadro tiene rosas rojas de género, una Marilyn Monroe con el vestido blanco al viento y la frase: Love or leave me. El fin de semana fuimos a bailar al Ilé Habana para seguir celebrando sus 30. La Carola se puso unos tacos negros tipo Lady Gaga, unos shorts cortitos negros de raso y una polera con rosas rojas. Tomó roncola, porque eso es lo que le gusta a la Carola, el ron, y bailó hasta que el pelo se le pegó a la espalda y tuvo que tomárselo en la nuca. La Ingrid fue a la peluquería ese día y llegó con su pelo rubio, largo y liso. Diego decía que se sentía como en Cuba y miraba impresionado el porte de los negritos enormes que circulaban por el local. La Maca andaba con sueño y se veía preciosa porque le pinté los ojos ahumados y la peiné con una cola de caballo. Pelao terminó la campaña de la luca para comprarle una lavadora a un hogar de niños y la Cony me contaba cómo sin contactos políticos, una jueza, aunque tenga las mejores notas, no puede llegar a ninguna parte. Yo tomé piscola, y comí jamoncitos de una tabla y pensaba en cuánto echaba de menos al Negrito. Bailé con Ney, un amigo peruano que tiene una larga cola de caballo y modales de caballero, y con Rafael, el hermano de Marlina, mi ayudante cubana de la Universidad a quien nos encontramos por casualidad.
Marlina se tiñe el pelo rubio, aunque es morena, vive en La Florida, se quiere ir a vivir a Costa Rica y siente que no encaja con sus compañeros de la Universidad ni con Chile y en eso tiene razón. Marlina tiene más chispa que eso. Tiene ojo y olfato de periodista y escribe con las entrañas. Hace poco almorzamos juntas con mi mamá y de regalo, me trajo ocho quequitos hechos por ella de arándano y chocolate que me comí en dos días.
Estuve con mis dos papás: mi papá periodístico, Enrique, cuando cumplió 67 años. Un grupo de periodistas pioneros, entre 60 y 70 años y yo comimos salmón con papitas con parejil en su departamento museo lleno de muñecas matrioskas, caballos, cajas musicales, cuadros, principitos, gardeles y nerudas. Cantamos cumpleaños feliz, tomamos vino y Mario Gómez López recitó Las Palabras de Neruda con esa voz profunda, ronca, los ojos brillantes y vivos. Me dieron ganas de llorar cuando lo escuché. A Enrique le regalé La elegancia del erizo, un libro que habla de la amistad entre una niña y una señora con el alma abierta, así como él y yo. Después, vi a mi papá de verdad. Nos juntamos a almorzar en la caja para la tercera edad. Papá está delgado, un poco ido después del último infarto y ese tono cetrino de la antigüedad en la piel. No contestó ninguna de mis preguntas, hostigó al mozo, me dijo que me quería mucho y quiso tomar el metro conmigo. Ninguna de las vacas jóvenes que iba sentada le dio el asiento y cuando tuve que bajarme y dejarlo dentro del vagón, quedé descorazonada, aterrada de que cayera al suelo, destrozada frente a lo implacable de la vejez.
Un taxista me dijo el otro día que lo que más le gustaba hacer en la vida era leer, pero manejando ya no tenía mucho tiempo para hacerlo. Me dijo que cuando se jubilara, se iba a ir a una casa en la playa a dormir, comer y leer sentado, mirando el mar. Yo le dije que cuando yo me jubilara iba a hacer exactamente lo mismo, pero que todavía tenía muchas cosas por terminar. Todavía no sé bien cuáles.
Con mis alumnos fuimos al Mercado Central. Ellos se dedicaron a reportear mientras yo los miraba de lejos para saber cómo lo hacían. También me di unas vueltas por fuera, entré a una liquidadora de ropa deportiva y aún ahí la ropa era carísima, llegué por casualidad a la Casa Blanca y miré vestidos de novia junto a muchas señoras mayores y después compré unas rosas de género chiquititas para ponérselas a unos cuadros que pretendo pintar. Dormí una semana con Patrick Bateman, el sicópata de American Psycho de Bret Easton Ellis y una de esas noches, soñé que él me perseguía y mi celular sangraba por las teclas. Se me quedó mi teléfono una noche en la casa de la Pame, que ya ha tenido dos operaciones de columna, una manga y ahora, figura en silla de ruedas porque se partió una pierna en dos. Se cayó en el colegio donde hace clases por culpa de unas challas. La saqué a dar una vueltecita en la silla de ruedas y comimos helado centella que tiene 40 calorías. También conocí a mi sobrina Valentina que acaba de llegar al mundo y ya es una preciosura, perfecta, rucia, exquisita.
Con la Maca vamos casi una vez a la semana a cantar a StarBar, un karaoke en Santa Isabel. Ya todos nos conocen, nos saludan de beso y las dos nos sentamos a mirar el cancionero, hablar del futuro y a cantar casi siempre las mismas melodías. Allá nos sentimos tan como en casa, que sólo nos vamos cuando el sueño es feroz y tenemos que volver a la vida real. Ahí donde hay trabajo, cuentas, días, horas, helados y empanaditas, el infaltable pisco sour, almuerzos, libros, paseos, y gente. Gente que celebra cumpleaños, matrimonios, guaguas, gente que una no se aburre de ver nunca, gente que una quiere y que hacen que estos hechos de la causa sean mucho más que hechos.
16 octubre 2010
07 agosto 2010

24 julio 2010

Lo conocí en Cuba, a las 11 de la mañana, en la barra del bar playero, pidiendo un cuba libre que en la isla se llama cubata. Me dijo hola, cómo te llamas, sabes que he venido a celebrar mi cumpleaños con puras parejas de matrimonio que sólo han peleado en el viaje y yo me quiero divertir, pasarla chévere. Era un mulato precioso, de dientes blancos, rulos desordenados, pinta de brasileño, pero por el chévere pensé que era venezolano. Resultó ser peruano y en un par de días más, cumplía dos años menos que yo. Lo miré a los ojos, llenitos de vida, transparentes, la boquita de pato y me estremecí. Porque supe ahí mismo que ése sería uno de los encuentros que me cambiaría la vida. De esas cosas que pasan porque tienen que pasar. Que estaba ante un pedacito de mi destino. Pero eso no se lo dije a nadie hasta mucho después.
A los dos días, nos despedimos en Cuba y yo que no decía mucho porque una va quedando muda, minusválida emocional después de los daños, sólo lo abracé bien fuerte. Pero sentía un vacío en el pecho, como si me estuvieran arrebatando el alma sin anestesia. Y él, que me había dicho de todo en esos tres días, sólo me pedía que lo esperara, que vendría por mí, que no lo olvidara, con su boquita de pato, los rulos revueltos, los ojos brillantes y su mano despidiéndose de mí desde arriba del bus que lo llevaría de regreso al aeropuerto para volver a Lima.
Nos empezamos a escribir. A querernos a distancia. A echarnos de menos como si hubiéramos pasado la vida entera juntos. El repetía que lo esperara. Que vendría por mí. Me pidió ser su novia por chat y yo dije que sí. El 1 de julio lo vi cruzar la salida internacional del aeropuerto con una chaqueta blanca, los rulos revueltos, la boquitapato suspirando. Nos abrazamos muy fuertemente y yo temblaba como gelatina, intentaba reconocer ese pedacito de mi destino en mi país, en mi ciudad. No tardé en hacerlo. A los pocos días, ya lo sentía tan natural en mi vida que olvidé cómo lo haría sin él. Y cuando se fue 10 días más tarde, después de que dejamos casi en shock a la gente que hacía fila en policía internacional, que nos miraba besarnos, lagrimear, él entrar y salir para darme el último beso, lloré mucho. Tenía una nostalgia horrorosa. Una nostalgia que todos los días acarreo de allá para acá. Él me falta en todo. Y desde Lima él me dice que en todo le falto yo. Tenemos planes al respecto. Porque la nostalgia es terrible, pero más terrible es no hacer nada cuando en la vida pasa algo así. Y yo espero que Dios nos cuide. Que nos eche una manito. Porque la vamos a necesitar muchísimo. Porque yo después de conocerlo, ya no puedo estar sin él.
15 junio 2010
Por Pepa Valenzuela
Volví hace tres semanas de Cuba. Fue un viaje inolvidable. De esos que te voltean el corazón como si fuera reversible. De esos que te modifican para siempre una tuerquita del alma. Algo ahí adentro, se acomodó en su espacio y me cambió para siempre. Y me regresó a este pedacito de tierra, distinta, más madura y plena, entendiendo lo que aquí jamás podría haber entendido. En resumen, feliz como hacía años no lo estaba. Estas son las lecciones que la isla me dejó. Estas son las cosas que en la isla nos pasaron, porque sí, nos tenían que pasar.
N1. Hay cosas que una no entiende para qué pasan. Hay gente que una conoce y no entiende para qué tuvo que conocerlas. Hay veces en que una no halla cómo explicarse el daño y la decepción cuando son feroces, cuando aniquilan hasta el mejor de los recuerdos. Eso me pasó con mi ex. Pasaron muchos meses sin entender para qué lo había conocido una vez que descubrí todas las verdades que me escondió. No entendía para qué había pasado por mi vida. No entendía qué había venido a decirme. Yo ya había aprendido las lecciones de la decepción. Un rato después, éntendí a medias que sí, que había llegado en un momento de mi vida en que necesitaba un arrullo. Y más tarde, cuando Ingrid me lo dijo, que una no perdía ni le quitaban las cosas que quería, sino que el destino te los sacaba del camino rápidamente para que una no se desviara de la meta. Pero recién ahora, en este viaje a Cuba entendí para qué lo conocí: para conocer a la Maca. Él sólo fue el intermediario que dejó en mi vida a una mujer espectacular. A una nueva amiga a la que después de este viaje, quiero entrañablemente. Ya sabrás Maquita entonces para qué habrán pasado las cosas que nos pasaron: alguna vez, teníamos que conocernos en plena libertad. Tal y como somos. Sin censuras de hombres que sí, Maca, no nos llegaban ni a los talones.
N2. También creo que estaba escrito que fuera a Cuba ahora. No antes, como quería. En diciembre fueron la Caro y su amiga ídem. Y yo quise unirme al viaje, pero finalmente no pude embarcarme para operarme la vista. Una cosa por la otra. Pero fui ahora porque ahora tendría una misión: darle una mano a una valiente escritora cubana que se ha pasado varios años denunciando las violaciones a los derechos humanos que ocurren en la isla. Yoani Sánchez, la bloguera que ha sido hostigada, secuestrada, amenazada por el régimen, sigue escribiendo con una firmeza conmovedora, sorteando los miles de obstáculos que le ha impuesto el gobierno cubano. No podía hacer menos que llevarle un ejemplar de Cuba Libre, su propio libro, que había sido publicado hacía dos meses en Chile y a ella le habían prohibido tener. No la dejaron salir para su lanzamiento y le retuvieron un par de ejemplares que le enviaron desde el exterior, en la aduana del aeropuerto de La Habana. Ella me lo pidió por teléfono. Y no pude hacer menos que comprarlo, forrarlo en doble papel de regalo y meterlo escondido en la maleta. Ver su emoción, sus ojos brillantes cuando lo tuvo entre sus manos, fue impagable. Fuerza, Yoani. Fuerza y bendiciones desde Chile. Un honor haber estado contigo y haber podido dejar en tus manos, de regreso, tus palabras.
N3. Tuve que atravesar volando casi la mitad del globo terráqueo para encontrar un tesoro que había perdido hacía años aquí en Chile. No sé cómo diablos llegó tan lejos ni cómo aterrizó en la isla. Pero en Cuba encontré de nuevo mi autoconfianza como mujer. Sí, tenía la seguridad profesional y personal. Sí, me sentía una periodista aperrada y empeñosa y una buena cabra. Pero la seguridad femenina, se me había arrancado de las manos hacía rato. Más bien me la habían arrebatado la presión social, pastelazos masculinos, reventadas de burbuja y el abandono al que una se ve expuesta acá en Chile. Sí, chilenos. Ustedes nos han abandonado a las mujeres. No a todas, pero a demasiadas. Pero eso es algo que les explicaré más adelante, en mi próximo punto. El asunto, es que en Cuba, recuperé mi autoconfianza como mujer. Me volví a sentir bonita, protegida, mimada, atendida, pero sobre todo visible. Porque allá me vieron. Y vieron a Maca y a Caro. Hombres de diversas las edades, nacionalidades e intenciones. Porque no sólo nos vieron como si fuéramos un pedazo de bistec. Nos vieron y nos trataron todos esos hombres, como mujeres. Nos galantearon, independientemente de si querían algo más con alguna o no. Nos cuidaron. Nos dijeron cuando nos veíamos lindas. Nos atendieron como si fuésemos flores. Nos hicieron sentir interesantes en la conversación, entretenidas en las fiestas, un privilegio como compañía. Cubanos, peruanos, ingleses, dominicanos, belgas y canadienses de todas las edades. Como nuestros entrañables amigos de Canadá: los chicos tenían entre 21 y 29 años. Y todos, hasta el menor de ellos, nos trataron como verdaderas reinas. Es decir, como hombres, como caballeros con todas sus letras. Gracias G, Mike, Jordan, Andrew y Brian. Gracias a todos los estupendos hombres que encontramos en la isla. Gracias a ustedes, las tres florecimos. Nos volvimos a sentir visibles, vivas, mujeres. Experimentarlo y ser testigo de ese proceso de Maca y Caro, fue un privilegio que no tengo cómo pagarles.
N4. A medida que fui floreciendo en Cuba, gracias a la distancia, la perspectiva y la evidencia, se me fueron despejando las dudas que tenía en Chile. Hasta que un día vi todo claro y me dio una rabia sorda. La rabia que da cuando una descubre que ha creído en una mentira por demasiado tiempo. La rabia de constatar que no, que no era problema mío, ni de mis amigas, ni de cierto tipo de mujeres, quizás demasiado avasalladoras, demasiado intimidantes, demasiado independientes, sino que era problema de ellos. Tuve que llegar a Cuba para que la película de la masculinidad en Chile - una película triste y con mal final - me quedara clara. Y cuando lo entendí, me dio rabia. Más rabia que pena, aunque pena igual me dio. Allá entendí lo que era obvio, pero de tan inmersa en nuestra realidad, no lograba ver: que los hombres chilenos - no todos, pero sí una inmensa mayoría - nos han abandonado. Nos abandonan cuando no se nos acercan a conversar. Nos abandonan cuando nos dejan bailando entre amigas mientras ellos conversan pelotudeces, haciendo como si fuéramos invisibles. Nos abandonan cuando no dicen lo que sienten o lo que ya no sienten por nosotras. Nos abandonan cuando mienten parra conseguir favores. Nos abandonan cuando nos dan excusas baratas, de niños de pecho, para no amarnos. Nos abandonan cuando quieren perpetuarse en la adolescencia y seguir chupando, fumando, atracando con todas las que puedan, incluso cuando han pasado los 30 años y ya se ven patéticos haciendo ese numerito. Nos abandonan cuando esgrimen miedos y bloqueos emocionales, olvidando que todos, incluidas nosotras, también tenemos miedos, pero los enfrentamos y no nos andamos divulgando como escudo de inmunidad. Nos abandonan cuando no nos dicen si estamos lindas, ricas, sexies, por hacerse los cool, los indiferentes, los difíciles, los inalcanzables. Nos abandonan cuando de puro cobardes, de puro flojos invirtieron los papeles y dejaron que nosotras hiciéramos solas la pega de la conquista. Nos abandonan cuando literalmente nos abandonan y desaparecen sin dar excusas, sin pedir una disculpa, sin hablar con cojones sobre lo que ha sucedido. Nos abandonan cuando prefieren juntarse con amigotes antes incluso de tener sexo en la casa. Nos abandonan cuando creen que su trabajo es lo más importante del Universo y del Más Allá. Nos abandonan de todas esas formas a nuestra propia suerte. A un terreno baldío y tan siniestro, que trastorna las cosas y una se empieza a volver loca y de chica completamente normal, cuerda, linda, trabajadora pasa una a preguntarse qué pasa, cuál es el problema, parece que soy invisible, algo malo tengo yo, quizás estoy muy fea, o quisquillosa, o guatona, quizás parezco travesti, mientras el resto pone lo suyo diciendo ah, es que ustedes son mañosas, exigentes, se les va a pasar el tren y sí, así muchas mujeres terminamos creyendo lo peor: que la culpa es propia. Ciegas, palpando en esa oscuridad a la que nos ha arrojado el mutismo y el abandono masculino, acabamos creyendo seriamente que algo malo tenemos. Y que casi nos merecemos tanta indiferencia, incertidumbre y porquería. Pero no. En Cuba vi clarito que no es así. Que ésa es una tara de ellos, no de nosotras. Y por lo tanto, me boté ese peso de encima y decidí no hacerme cargo de rollos, fallas, trancas y peros que no me pertenecían. Que no nos pertenecen a ninguna de nosotras. Sus razones para abandonarnos son sus razones. Quizás a la mayoría de los hombres ya no les gustan las mujeres nomás. Quién sabe. Si me preguntan a mí, el abandono eso sí me parece de una falta de hombría feroz. Porque siempre entendí que tanto una mujer como un hombre, se construyen en función del otro. Y por lo tanto, un hombre se hace hombre de verdad cuando decide amar a una mujer y construir un futuro con ella. No antes. Menos arrancando en sentido contrario, abandonando a las mujeres a su suerte y a su incertidumbre. Eso, a todas luces y al menos para mí, es de una mariconería feroz.