25 agosto 2009

Vecina Furiosa (I Parte)



1. El otro día, intentando rebajar los altos costos de mi vida, me di cuenta de que mi cuenta VTR era demasiado alta. Llamé para saber por qué. Y en exactamente hora y media de llamadas y traspasos a operadores completamente inútiles, comprobé que tanto VTR como Entel me habían fregado: VTR me vendió una línea telefónica sucia. Es decir, un número de teléfono que antes perteneció a un Jorge algo quien contrató servicios extra que la compañía no se dio la lata de eliminar cuando me cedió el número a mí, a pesar de que era su obligación legal. El servicio extra que llevaban un año y medio cobrándome sin haberlo contratado, era un carrier de Entel. Y Entel también estaba fregándome todo ese tiempo, a pesar de que quien contrató el servicio de 4 lucas extra no fui yo. Despotriqué en contra de ambas compañías, dejé los reclamos correspondientes e iré a la Subtel para que los multen. Malditos aprovechadores.

2. El vecino del departamento de arriba, mete más boche que cumpleaños de monos. Parece que caminara por su casa pateando muebles y dejando caer pianos a su paso. Y esos remezones retumban en mi techo y me asustan. Un día le toqué el timbre para pedirle más silencio. Se hizo el gil y por ahora lo sigo escuchando y maldiciéndolo cada vez que anda con la indiada. Lo que digo es lo siguiente: si quieres meter ruido, ándate a vivir a un cerro, donde no molestes a nadie. Cuando vives en un condominio, tienes que ser consciente del vecino de al lado, el de arriba y el de abajo.

3. Después de haber reprobado el examen práctico de manejo una vez, haber insultado al profesor y haber llorado como cabra chica picada una tarde entera, al fin pasé la prueba y saqué mi licencia de conducir. Junten miedo, conductores de Santiago. El asunto es que hoy fui a retirar mi carné de conducción y esperé DOS horas en la Municipalidad de Santiago para que me lo dieran. Los funcionarios, operados de los nervios, ni se inmutaron con el cúmulo de usuarios choreados que tenían en frente. Pero yo, terminé con el colon en la mano. Tenía demasiadas cosas qué hacer como para perder dos horas mirándoles las caras. Cero respeto por el tiempo de los demás.

4. Al teléfono de mi casa me han llamado desde que vivo aquí:

- Sebastián Piñera para pedirme que me inscriba. (Sr Piñera, ya estoy inscrita y mi voto, evidentemente no es para usted. Y no me vuelva a llamar a mi casa porque yo no lo ando llamando a la suya para pedirle préstamos o que se retire de la carrera presidencial o lo que yo estimo mejor para este país)

- Katherine Salosny para pedirme plata para una Fundación. (Kathy: Fundación Pepa Valenzuela también requiere urgentemente fondos para su miserable socia fundadora quien moriría de vergüenza antes de pedirle plata a alguien. Creo que tú estás en mejor pie para ayudar que yo)

- Joaquín Lavín. No alcancé a saber para qué. Al escuchar su nombre, corté inmediatamente de puro espanto.

- Leíto Caprile. (Perdóneme don Leíto, pero tuve que cortarle rápidamente: estaba trabajando como negra para ganar una veinteava parte de lo que ganan ustedes en la tele)

- Banco Falabella en innumerables oportunidades para ofrecerme créditos millonarios (Si necesito plata, yo iré a la institución que me parezca conveniente. Hasta ahora Banca Mamá es la más considerada del mercado)

- Entel y Telefónica hasta el hartazgo. (Señores: cuiden sus rascacielos. No subestimen la capacidad incendiaria de una vecina hasta la coronilla con sus insistentes ofertas que de ofertas tienen poco y nada)

- Y esto no sé si fue o si no, porque caí en una especie de trance. Pero al menos, un día creí escuchar: "Hola, te habla Felipe Camiroaga". Escuché toda la grabación en éxtasis y no pude emitir ni un miserable pío. Por eso ahora respondo. (Felipito, disculpa mi mutismo al otro lado de la línea. Pero tú sí puedes llamarme cada vez que quieras, a la hora que quieras, para lo que quieras. Incluso a mi celular, Felipito mío)

5. En dos semanas he escuchado al menos seis veces la siguiente odiosa frase: "Se cayó el sistema", con su variable, "No me aparece en el sistema". Conclusión: si algún día descubro quién fue el tarado que diseñó el concepto "sistema", irá a parar derechito a Sonrisa de Inoperante. Lo juro.

21 agosto 2009

Temporada de huracanes
Por Pepa Valenzuela

Las cosas han estado revueltas allá afuera. Se fue Guillermo, antes de que alcanzáramos a decirle que lo queríamos de regreso. Su despedida estuvo repleta de periodistas, editores, directores y dueños de medios que al final de sus días no fueron capaces de remediar su desazón: lo único que quería Guillermo era volver a empezar. Escribir las grandes crónicas de las que era capaz, recuperar el espacio que le correspondía, hacer periodismo del bueno, ése que por estos días está muriendo a manos de gerentes desesperados por las cifras rojas y directores que agachan el moño sin chistar a cambio de mantener la peguita. (Muchos apóstoles del buen periodismo, Guille, le dieron vuelta la espalda. Al buen periodismo, Guille, le quedan pocos abogados que lo defiendan). La noche de su funeral, soñé con él. Lo veía con una de sus poleras medio apretadas, a lo Titán Do Nascimento, y me abrazaba como un oso. Supuse que eso era una especie de delegación misteriosa y no me equivoqué: a los pocos días tenía a tres alumnos en mi casa que iban a hacer su tesis con Guillermo y que ahora yo guiaré. Espero no defraudarlo.


Hace unos meses, perdí a otra amiga. Una amiga con la que estuve en sus peores momentos, una amiga por la que recé para que siguiera con los pies en esta Tierra y que de un momento a otro, descubrí que estaba más lejos de lo que jamás esperé. Cuando las formas son parecidas, cuesta entender que los fondos sean completamente opuestos.


Otro huracán me tuvo dando vueltas en el aire, revolviéndome las ideas y el alma, durante muchas semanas. Cuando pasó y me recuperé del mareo, tomé una decisión: partir de la revista. Irme del territorio conocido donde acampaba hacía años y sin despedirme de nadie. Ahora ando en busca de nuevos espacios donde pueda quedarme con la conciencia tranquila, haciendo lo que sé hacer, pero sobre todo, un lugarcito donde me quieran y me respeten. Y si no lo encuentro, me lo voy a fabricar. Por eso mismo, he estado reclutando compañeros de viaje, socios en esta reconstrucción de las cenizas. El problema es que muchos de ellos, están cansados de tanto vagabundear y han perdido la fe de encontrar alguna vez el paraíso. Yo sigo convencida de su existencia. Yo soy una de las pocas abogadas defensoras que van quedando.


En los últimos días también vi a mi hermano llorar. Lloraba con una pena con la que no lo había visto nunca. Mi hermano es un gordo optimista, lleno de proyectos visionarios que nunca lleva a cabo, un papá que se desdobla por sus cinco hijos con una sonrisa de oreja a oreja aunque eso signifique practicamente no dormir. Por eso verlo llorar de pena, me partió en dos.


Con mamá iremos a ver a Paul Anka. Le regalé unas entradas que me dejaron literalmente en bancarrota, pero vale la pena estar en esta miseria: mamá lleva 28 años hablándome de cómo bailaba chick to chick al son de Paul Anka cuando era joven. Y nunca ha ido a un concierto. Creo que va a ser una noche que jamás podrá olvidar.


Con José peleamos poco, pero siempre por el mismo tema. No puedo dar más pistas: José adora su anonimato y yo se lo respeto, aunque me cuesta un mundo. Pero aunque peleamos, y cuando no peleamos pareciera que estuviéramos peleando (él me dice que calladita me veo más bonita y yo, le canto solteros sin compromiso en son de amenaza de una supuesta plr), seguimos juntos. Nos acompañamos en todo. Y sinceramente no puedo imaginarme sin él. Repito: más pistas, no puedo dar. Sólo puedo decir que la temporada de huracanes pasa más rápido y sin miedo con José a mi lado.










28 julio 2009

Don Roberto, a la izquierda. Y don Guillermo a la derecha.

Adiós Don Guillermo


Fue mi primer jefe, pero nunca me lo dijo. Yo tenía 23 años y había llegado a la revista Fibra como practicante gracias a Roberto Merino, el editor, mientras él andaba fuera del país. Creo que había ido a España a entrevistar a Camilo Sesto o a Corín Tellado, de eso ya no me acuerdo. Pero el asunto es que cuando volvió, no se presentó. Y se instaló con sus buzos y sweaters destartalados al lado de mi computador para hablarme de lo humano y lo divino durante horas mientras yo lo miraba con cara de pregunta y le escudriñaba sus dedos gordos, masticados, llenos de pellejitos, hechos un desastre. Guillermo Hidalgo, el director de Fibra, uno de los fundadores de The Clinic, el magistral Titán Do Nascimento que daba consejos integrales a punta de chuchadas, lejos el mejor entrevistador que he conocido, era así: sencillo, desastroso, desordenado, medio brutanteque, ni ahí con los títulos ni los cargos, bueno para el garabato, un conversador de lujo. También un maestro de aquellos. Recuerdo que me regaló una tarde entera en su oficina para enseñarme a editar un texto. Nos sentamos a revisar un reportaje mío sobre las Torres San Borja. Guillermo se dio la lata de editarme con lápiz y papel, explicándome cada porqué, con una paciencia de santo mientras fumaba y fumaba sus Malboro Light. Lo hacía porque le importaba. Porque creía que se podía hacer mejor periodismo. Porque era tan genial, que compartía todo lo que había aprendido en años de cancha y calle, con los demás. Así son los hombres verdaderamente talentosos.
Guillermo amaba a Elvis Presley. Decía que la canción más romántica del mundo era You Were always On My Mind porque en el fondo “dice: fui un huevón culiado, maricón, te dejé botada, pero siempre estuviste en mi mente”. Le gustaban las viejas pin up y a casi todas las mujeres les encontraba a alguna gracia, aunque nunca se casó. Le daba miedo, cosa, como niño chico que era. También era un gozador: le gustaba comer gordas con papas cocidas en un restorancito frente al Forestal, tomarse sus buenos copetes y fumar como condenado mientras despotricaba en contra de quienes manejaban los medios. Se entusiasmaba tan fácilmente como caía en una pena negra que pasaba a solas en su departamento de soltero. Cuando la Telefónica acabó con la revista, saltó de las repentinas ganas de hacer proyectos nuevos, a sentir que no había espacios para él en ningún medio, en ninguna parte. Era tanta su pasión periodística que sin ella, se perdía. Hace más o menos dos meses, saliendo de la Universidad pasamos a una shopería de mala muerte a tomarnos un café. Para variar, despotricamos en contra de los medios, la crisis, ciertos editores. Ahí me dijo que había escrito a El Mercurio reclamando porque el cuerpo de Reportajes estaba “editado como las huevas” y que lo habían llamado para que lo corrigiera. Mientras se rascaba los rulos negros, me preguntó si debía aceptar o no a mí, una pendeja que podría haber sido su hija. Después nos fuimos en Metro hasta Copesa. Yo iba a Paula y él a una pauta en La Tercera. Guillermo se compró unas nueces y las masticó hablando a mil por hora dentro del vagón. Iba con un cuaderno, un lápiz bic y un libro en la mano. Nunca andaba con bolsos ni maletín. Hace dos semanas, antes de irme al norte, lo volví a ver. Junto con otros colegas estábamos preparando un proyecto en el aire, de esos que a él le gustaban tanto, y queríamos incorporarlo. Le dije que tenía algo que contarle, que estábamos maquinando algo. Guillermo estaba rodeado de alumnos como siempre, en el patio de la Universidad, fumando sus Malboro. “La raja, Pepa. Estoy listo para volver a empezar”, me dijo. Y quedamos de juntarnos a mi regreso. Pero no alcanzamos a vernos de nuevo. Porque entremedio, Guillermo se refugió en la soledad que había escogido, en su departamento de soltero y el corazón se le paró de un momento a otro y nadie estaba ahí para auxiliarlo. Y hoy, que voy a despedirlo, a comprobar lo que aún no creo, que ya no está, que ya no fumaremos ni despotricaremos juntos, que no trabajaremos en esos algos en el aire que nos gustaban tanto, que no arreglaríamos el mundo a punta de chuchadas, sólo siento que debía dejar esta crónica pequeña aquí. Por él, para dejar testimonio de un hombre maravilloso, imperfecto, que dejó una profunda huella en mi alma y al que siempre, siempre, extrañaré como este día.
Adiós don Guillermo. Hasta pronto amigo.

03 julio 2009


A pie

Por Pepa Valenzuela


José me metió en un curso de manejo. Así es que a mis veintiocho, recién estoy aprendiendo a conducir. Sólo había tomado un auto dos veces en mi vida: a los 17, cuando antes de tener que venderlo para sortear una crisis económica familiar, manejé el Fito de mi madre en los antiguos estacionamientos del Parque Arauco (no lo hice nada de mal) y un poquito antes de este curso de manejo, cuando José me prestó su auto (más conocido como LuliLov) en la playa y casi se murió de un infarto cuando partí a tropezones y le metí chala al acelerador. Así decidió que no estaba capacitado para enseñarme de a poquito y me matriculó en una escuela de conductores. Y la verdad, es que no he avanzado mucho. La parte teórica la entendí hasta que pasamos a mecánica. Y ahora, manejando, aún ando un poco torpe y medio bruta para manejar los pedales. Además, no calculo bien cuánto debo virar el manubrio cuando doblo (ni menos cuándo devolverlo a su posición inicial) y transpiro como una condenada al volante. Me pone nerviosa manejar. Y también me enfurece a ratos con los otros, que a pesar del tremendo cartel de En Práctica que llevo encima, me bocinean para que me apure. La verdad es que soy una conductora mochera. El otro día me agarré con un tipo de una camioneta que me bocineó por no arrancar como auto de carrera. Yo le saqué el dedo del medio por la ventana. Y después el tipo se acercó por el lado y me dijo: "rotita". Yo le tiré un rosario de vuelta. Y después le dije al pobre profe de manejo que llevo de copiloto, a lo más Paty Cofré: "Y eso que soy una dama".

En fin. No creo que lo haga bien manejando. No creo que llegue a ser una conductora decente. Tengo mala coordinación y mal caracho. Y además, le tengo muchísimo miedo a esa gente que no puede moverse por el mundo si no tiene un auto a la mano. Yo no quiero ser así nunca. Quizás por eso nunca quise aprender a manejar antes, aparte del hecho que no tengo qué diablos manejar y creo que no lo tendré en varios años más. Mi vida hasta ahora ha sido a pata. A pata y en el centro de esta ciudad. Y eso es algo de mi vida que me gusta muchísimo: caminar por el centro, mirando, escuchando conversaciones ajenas, perdiendo mi tiempo adrede, metiéndome en tiendas y conversando con desconocidos. En el centro, puedo llamar a la Cata y decirle que baje de su oficina para fumarme un cigarro con ella. Conozco a todos los artistas ambulantes del sector y adoro comer sola un dominó mientras sapeo a quienes pasan por la calle. En el centro he visto una de las imágenes más bellas que he presenciado: una niñita boliviana llevando su muñeca en su espalda amarrada con un pañuelo. He comido en la mayoría de los restaurantes y fuentes de soda y no dejo de sorprenderme con las caras del resto. Una de las cosas más fantásticas de este mundo es que ninguna cara se repite con otra. Dios hizo el álbum con la mayor cantidad de laminitas posibles.

El otro día también conocí La Moneda por dentro. Fui a una entrevista de pega para la cual no quería calificar y menos mal, no califiqué. Pero conocí La Moneda por dentro y eso valió la pena: comprobé que no tiene la majestuosidad que creía, que los muebles son viejitos y bien feos la verdad, que la Presidenta no tiene asesor de decoración de interiores, que el personal no se emperifolla a la altura de trabajar en el palacio de gobierno, que los carabineros de ahí son muy simpáticos y de pasadita, que no sirvo para la institucionalidad. Que nunca serviré. El dolor que tenía en la guata cuando pensaba que quizás clasificaría y que tendría que quedarme a hacerle las relaciones públicas a un ministerio, que tendría que vender pomadas y convertirme en una negociante de ideas, me lo dijo. A quién estaba intentando engañar, si en el fondo siento, y perdón que lo sienta, que las relaciones públicas son una traición a nuestro oficio. Es pasarse al lado oscuro de la fuerza por cierta estabilidad y platitas seguras. Es dentro de mi cabeza quijotesca, un acto de cobardía feroz. Nadie mejor que nosotros, los periodistas, sabemos que los que menos necesitan o debieran tener relaciones públicas son quienes más dinero tienen para pagarlas. Que nos toca estar con los otros, los que pesan menos que una pluma y nos necesitan para saber lo que de verdad importa, (y que no es precisamente la autofanfarrea o las cortinas de humo de empresarios, políticos, gerentes, dueños del país). A quién intento engañar: tengo esa ingenua, apasionada y ciega vocación de periodista, convicción de chilena promedio, una ñoña voluntad de justiciera del pueblo. Y por eso inevitablemente siempre seré una persona de a pie.

26 mayo 2009

Habilidades no rentables
Lista de habilidades y competencias. Ante la pregunta ¿qué diablos puede hacer de su vida?, mejor enumerar con qué herramientas una cuenta para esos efectos. Vamos viendo:
1. Sé buscar y escribir historias de no ficción. Realidad pura, en general de gente anónima, desvalida, que pesa menos que un candy en los ámbitos de poder. Por eso me atraen: por su mezcla de vulnerabilidad y autonomìa que deben tener para salir de los hoyos en los que caen.
2. Sé encontrar buenos títulos. Títulos divertidos, con juegos de palabras. Siempre he pensado que La Cuarta debiera contratarme para ello.
3. Sé hacer la manicure a la perfección - excepto la manicure francesa que es un parto. Pero sé hacer bien las manos, sé limar y pintar las uñas y hacer que el esmalte dure varios días. Y tengo un super plus: sé pintar a pulso, florcitas de colores en ellas. Flores pequeñísimas de cinco pétalos.
4. Sé cocinar pollo al vino gracias al marido de mi amiga y sé hacer pebre, guacamole, longanizas con papas cocidas y mi especialidad, salsa de atún para los tallarines. Tambien hago arroz rico. Y no se me pega.
5. Puedo memorizar al callo momentos, escenas y rostros de personas y jamás los olvido.
6. Sé rastrear gente mejor que cualquier detective privado
7.Sé maquillar a la gente y sacarle partido. Y por Dios que me entretiene.
8. Sé bailar danza polinésica y algo de salsa y merengue.
9. Sé escuchar a las personas y fotografiarles el alma de sopetón a quienes recién estoy conociendo
10. Sé patinar rapidísimo en roller y en patines de cuatro ruedas gracias a una infancia de chica roller de la que no conservo ninguna fotografía (nunca le dije a nadie que andaba saltando en rampas. Menos a mamá, la única que tenía una cámara a mano para fotografiarme en esos trotes)
11. Sé pintar en acrílico y hago cuadros con distintas técnicas. Lo único malo es que tengo nadita de tiempo para dedicarme más a eso.
12. Y por último sé que todas estas habilidades mías son no rentables, es decir, que es poco probable que me den una vida a cuerpo de rey o me dejen una vejez digna. Le dije eso a mi novio el otro día. Y él me dijo que le daba igual. Que lo importante era que nos queríamos mucho. Si no me lo hubiera dicho por teléfono, me lo habría comido a besos.

19 mayo 2009

Gente:
Mi vida en Facebook en revista Ya. La primera se llama Un Pequeño Dios
Acá la encuentra y puede postearla.
Hay misterios aquí. Pero deberán resolverlos por ustedes mismos
os quiero

http://blogs.elmercurio.com/ya

22 abril 2009

Cosas de casa
Por Pepa Valenzuela

Recibí su ramo de novia vestida completamente de verde en la fiesta de matrimonio más linda en la que he estado. El ramo cayó justo sobre mis pies y mientras un montón de chicas se peleaban a manotazos por encontrarlo, yo sólo tuve que agacharme, sacarlo del suelo y flamearlo en el aire. La Andrea, la novia más espléndida que he visto, corrió a abrazarme y me dijo al oído que me quería mucho. Nos pusimos para la foto y se coló mi mamá, sonriente y jubilosa de tener al menos una evidencia de que no me quedaría vistiendo santos hasta la eternidad. Ahora Andrea y su marido Pablo, el nuevo hermano que gané con todo esto, planean comprarse una enorme casa en Chicureo. Y a mí por un lado me da una alegría inmensa que cumplan sus sueños en grande. Y por otro, me da pena que sea tan lejos de lo que es y será mi mundo. Pero así es: la gente se casa para elaborar futuros donde al principio sólo caben dos.

La Cata volvió hace poco a República Dominicana, pero esta vez sin mí. Regresó bronceada, descansada y contenta. Pero ahora sigue en la oficina sin ventanas ni luz natural en el centro de Santiago, calculando cosas que yo ni en tres reencarnaciones podré entender. A pesar de que yo haya olvidado por completo las tablas de multiplicar y ella lea nada más que los letreros de señalización del tránsito, creo que es la persona más parecida a mí que he conocido. No por fuera ni por resultados. Tan sólo por las ganas que a ambas nos mueven.

Me invitó a probar comida tailandesa en Providencia y a pesar de que no nos habíamos visto hace más de un año, fue como estar en familia. Nicolás tiene seis años menos que yo, pero unas ganas y una sabiduría que ya se la quisieran los treintones ciegos con quienes a veces me toca relacionarme. También, cree que se va a comer el mundo de dos mordiscos y que es sólo cuestión de tiempo para que le toque. A los quince años, cuando lo conocí, era igual. Y su confianza optimista, me resulta una paradoja. Porque por un lado se me sale la madre, protectora, desesperanzada que hay en mí para prevenirlo por si eso no sucede y por otro, la loca idealista que le dice que sí, sí, nos comeremos el mundo en dos mordiscos, Nicolás. Y todo el resto del mundo, está dopado.

Hace un mes que regresó de Pucón y no para de transmitir con el tema. Que las termas de no sé cuántos, que su amiga Isi tiene seis pinzas distintas para sacarse los pelos, que hay una señora que hace flores de madera, que volvió a las playas donde había acampado de niña con su papá. A sus 62 años, por primera vez mi madre viajó sola con amigas. Esperó toda una vida para entender que aparte del resto, debía hacerse feliz a sí misma también. Y yo, a pesar de la tardanza, me recogijo de verla así, tan independiente y llena de ideas. Porque esa es la madre que yo tuve desde que nací. Una mujer de armas tomar.

Me dice "hombre" y cuando ya es demasiado el amor, "princesa". Me dice por las noches que sueñe con los angelitos y también que pregunto demasiado, como si lo tuviera permanentemente en un interrogatorio. Lo pierdo completamente cuando dan el bloque deportivo en las noticias. También, cuando habla por teléfono con sus sobrinos o sus padres. Y me pide la opinión en todo: si me gusta el sofá nuevo que va a comprar, qué refrigerador le recomiendo para cambiar el viejo, cómo podría rejuvenecer su departamento y qué poleras creo que le quedan mejor. Me pide que le corte las uñas y que le saque cualquier imperfección que tenga en la cara. Y es el único hombre en este mundo al que le hago caso. Claro, sólo en algunas cosas. El resto, sabe que es batalla perdida y creo que a José, de cierta manera, le gusta mi oposición en casi todo. Porque mientras él es privado, dulce, callado, prudente, desprejuiciado, creyente y a ratos tímido, yo me vuelvo más hacia afuera, firme, habladora, imprudente, prejuiciosa, descreída y caradura. Por eso, me preguntaba a veces qué diablos era lo que le gustaba de mí. Y él, muy convencido un día, me contestó: "Todo". Le pedí al menos una excepción y me dio dos: muy enojona y muy garabatera-ordinaria. Qué le puedo hacer. Le di un beso mientras iba manejando y él se limpió de un manotón el brillo labial que le dejo pegado en la mejilla. Así es mi amor con José.