05 mayo 2011

Les cuento, señoras y señores
No es que esté escribiendo menos. Al contrario. Sigo escribiendo como una chinita, pero sólo que para muchos lados. Empecé ahora a escribir sobre la vida misma en la página de Belleza de Falabella (www.bellezafalabella.cl)
Por ahora les dejo el link para este día de la mami
Acá, Retrato de mi madre:


http://www.bellezafalabella.cl/index.php?mod=noticia&categoria=36

06 febrero 2011


30

Por Pepa Valenzuela


De repente una despierta y tiene 30 años. De repente una, que todavía siente que tiene corazón de 17, esperanzas de 15, ganas de 24, sueños de 10, amanece con 30 y se sienta en la cama a pensar cómo diablos pasó todo tan rápido. Cómo es posible que el colegio quedara 12 años lejos, que la universidad esté a 7 de distancia, que el primer amor sólo sea un recuerdo en tercera persona, que algunos amigos de la infancia hayan cambiado tanto, que tus papás ahora califiquen para la tercera edad, y que una sea una mujer adulta frente al espejo.


Una mujer hecha y derecha que ya no tiene excusas para hacer tonteras de pendeja, que no pueda salirse de madre para dar algunos ejemplos, que tiene que apechugar con situaciones familiares difíciles, que ya no puede quedarse llorando meses sobre la leche derramada, que sabe que ni lo bueno ni lo malo son eternos, que perdona, pero selecciona, que ama pero agregándole cabeza a la sopa de hormonas e ilusiones, que empieza a darse cuenta de la posibilidad real de la muerte, que sale a trabajar así se esté cayendo el mundo, que dice que no cuando quiere decir que no, que algunas noches prefiere acostarse con el noticiario, que no tiene culpas frente al sexo, que prefiere beber menos, más caro, pero rico, que goza con un buen plato de comida o cocinando para sus visitas, que empieza a creer en cosas que no ve, que descubre a las personas de un solo vistazo, que tiene más conciencia de sí misma y del resto, que empieza a abrirse a otras opciones que jamás había pensado, que atesora como hueso santo a los amigos que se quedaron a pesar de todo y a los nuevos que aparecen en el camino, que entiende que hay que cuidarse el cuerpo y el alma, que empieza a hacerse cargo de los padres, que comienza a soñar con hijos, que tiene bien definido lo que quiere y lo que no de su vida y trata de no olvidarlo para conseguirlo.


Cuando una de repente despierta y tiene 30 años, mira hacia atrás y recuerda los sueños, amigos, amores, proyectos y momentos que se fueron para siempre y entiende por qué tenían que partir, por qué es mejor que no vuelvan jamás. Recuerda a quienes te hicieron feliz la infancia, dichosa la juventud, único el crecimiento, quienes son los artífices de tu memoria y de quién eres ahora. Cuando una de repente despierta y tiene 30 años, también le da vueltas a lo que le falta, a la patita coja, al amor que aún no se manifiesta, al cambio a una casa más grande, a las ingratitudes del oficio, a los niños que quisiera traer algún día al mundo, a los libros que querría publicar, a los trabajos que quisiera aportar en algo, a las cosas materiales que quiere obtener, al tiempo que quiere entregarles a quienes ama y no puede, a las ilusiones que una tenía y aún no se han cumplido. Pero también entiende que ningún sueño es tan perfecto como una cree. Que nadie está completo nunca. Incluso que lo ideal puede ser un total infierno y que lo que dicen las viejas - por algo pasan las cosas - es la pura y santa verdad. Pero sobre todo, a los 30 años una descubre que tiene más de todo lo que soñó tener alguna vez: un departamento lindo, propio y tranquilo, unos amigos de lujo, los mejores del planeta, una madre espectacular, una familia extraña, pero que una quiere, un trabajo que llena el alma, vocación de ser feliz, salud, ciertas bellezas por fuera y por dentro, sentido del humor, momentos inolvidables, capacidad para hacer casi todo lo que una quiera cuando quiera, ganas de seguir creciendo, fe en la vida y en los demás, gente que te ama sinceramente. Entonces sí, cuando de repente una despierta y tiene 30 años y se pregunta cómo diablos todo pasó tan rápido y constata que ya es una mujer hecha y derecha y recuerda lo perdido, lo que falta y lo que tiene, al final termina agradeciendo. Agradeciendo desde el corazón. Por todo lo vivido. Por todo lo aprendido. Por todo lo disfrutado y lo sufrido. Por el futuro que viene hacia adelante. Pero más que nada por este ahora. Porque a los 30 años una es así de feliz.

20 diciembre 2010




Consejos integrales de mi madre

Por Pepa Valenzuela

"Mira chinita, te voy a decir una cosa: yo estoy muy orgullosa de ti. No me importa que no tengas hijos, no que no te hayas casado y que vayas a cumplir 30. Te queda una vida por delante. Mírame a mí: te tuve a ti a los 34 así es que tienes un montón de tiempo. Yo a los 24 años estaba separada de mi primer marido y había perdido a un hijo. Pensé que no iba a rehacer mi vida. Pensaba que había cagado. Pero esperé y ¿para qué? Para que apareciera el huevón de tu papá... Bueno, te tuve a ti así es que algo bueno hizo el huevón. Y tú me has hecho inmensamente feliz. Eres trabajadora, inteligente, por eso me la jugué tanto para que entraras a la Universidad. Puchas, sinceramente si yo hubiera visto que te faltaban palos pal puente, me habría conformado con que sacaras cualquier cosa y te pusieras a trabajar. Pero tú eras una niña súper viva así es que la peleé harto porque tuvieras lo que yo no tuve. Y mira lo que ha pasado: eres una periodista a todo cachete, ganaste premios internacionales a los 25 años, publicas, eres profesora. Dime quién puede decir eso a tu edad.

Te voy a otro secreto: mi corazón de madre me dice que no te vas a quedar sola. Que algo bueno te espera en el futuro. No sé, es una tincada que tengo. Además, se lo encargué a Santa Teresita. Porque eso quiero yo: que encuentres un compañero que te cuide cuando yo no esté. Ahí puedo estirar la pata tranquila. Pero estoy segura de que así va a ser. Mi corazón de madre me lo dice. Además, tú eres una niña espectacular y no te lo repito porque yo sea tu madre, no. Tu abuelo siempre decía: "Para una madre no hay hijo feo, el que tenía, lo mató de un pedo". ¿Has oído tal cosa? No pues: no se puede matar a nadie de un pedo. Lo mismo que para una madre no hay hijo feo. Bueno, el asunto es que tú eres una mujer la raja. Ya se quisiera cualquier huevón estar con una mujer como tú. Y eso no te lo digo como tu mamá. Así es que quédate bien tranquila, chinita. Y no tengas pena ni miedo. Estás en la flor de la vida. Y tú sabes que la intuición de madre es algo muy poderoso. ¿Te gustó mi consejo? Dile a tus amigas que cobro 15 lucas la consulta".

24 noviembre 2010


Hechos de la causa
Por Pepa Valenzuela


Mi mejor amiga cumplió 30 años. Se puso unos zapatos azulinos de taco aguja y compró empanaditas de queso, jamón, champiñones y hamburguesas en miniatura para celebrar. La Carola forra su horno con alusaplast cuando pone cosas a calentar. En su casa, el único cuadro que hay es uno mío: el cuadro tiene rosas rojas de género, una Marilyn Monroe con el vestido blanco al viento y la frase: Love or leave me. El fin de semana fuimos a bailar al Ilé Habana para seguir celebrando sus 30. La Carola se puso unos tacos negros tipo Lady Gaga, unos shorts cortitos negros de raso y una polera con rosas rojas. Tomó roncola, porque eso es lo que le gusta a la Carola, el ron, y bailó hasta que el pelo se le pegó a la espalda y tuvo que tomárselo en la nuca. La Ingrid fue a la peluquería ese día y llegó con su pelo rubio, largo y liso. Diego decía que se sentía como en Cuba y miraba impresionado el porte de los negritos enormes que circulaban por el local. La Maca andaba con sueño y se veía preciosa porque le pinté los ojos ahumados y la peiné con una cola de caballo. Pelao terminó la campaña de la luca para comprarle una lavadora a un hogar de niños y la Cony me contaba cómo sin contactos políticos, una jueza, aunque tenga las mejores notas, no puede llegar a ninguna parte. Yo tomé piscola, y comí jamoncitos de una tabla y pensaba en cuánto echaba de menos al Negrito. Bailé con Ney, un amigo peruano que tiene una larga cola de caballo y modales de caballero, y con Rafael, el hermano de Marlina, mi ayudante cubana de la Universidad a quien nos encontramos por casualidad.
Marlina se tiñe el pelo rubio, aunque es morena, vive en La Florida, se quiere ir a vivir a Costa Rica y siente que no encaja con sus compañeros de la Universidad ni con Chile y en eso tiene razón. Marlina tiene más chispa que eso. Tiene ojo y olfato de periodista y escribe con las entrañas. Hace poco almorzamos juntas con mi mamá y de regalo, me trajo ocho quequitos hechos por ella de arándano y chocolate que me comí en dos días.
Estuve con mis dos papás: mi papá periodístico, Enrique, cuando cumplió 67 años. Un grupo de periodistas pioneros, entre 60 y 70 años y yo comimos salmón con papitas con parejil en su departamento museo lleno de muñecas matrioskas, caballos, cajas musicales, cuadros, principitos, gardeles y nerudas. Cantamos cumpleaños feliz, tomamos vino y Mario Gómez López recitó Las Palabras de Neruda con esa voz profunda, ronca, los ojos brillantes y vivos. Me dieron ganas de llorar cuando lo escuché. A Enrique le regalé La elegancia del erizo, un libro que habla de la amistad entre una niña y una señora con el alma abierta, así como él y yo. Después, vi a mi papá de verdad. Nos juntamos a almorzar en la caja para la tercera edad. Papá está delgado, un poco ido después del último infarto y ese tono cetrino de la antigüedad en la piel. No contestó ninguna de mis preguntas, hostigó al mozo, me dijo que me quería mucho y quiso tomar el metro conmigo. Ninguna de las vacas jóvenes que iba sentada le dio el asiento y cuando tuve que bajarme y dejarlo dentro del vagón, quedé descorazonada, aterrada de que cayera al suelo, destrozada frente a lo implacable de la vejez.
Un taxista me dijo el otro día que lo que más le gustaba hacer en la vida era leer, pero manejando ya no tenía mucho tiempo para hacerlo. Me dijo que cuando se jubilara, se iba a ir a una casa en la playa a dormir, comer y leer sentado, mirando el mar. Yo le dije que cuando yo me jubilara iba a hacer exactamente lo mismo, pero que todavía tenía muchas cosas por terminar. Todavía no sé bien cuáles.
Con mis alumnos fuimos al Mercado Central. Ellos se dedicaron a reportear mientras yo los miraba de lejos para saber cómo lo hacían. También me di unas vueltas por fuera, entré a una liquidadora de ropa deportiva y aún ahí la ropa era carísima, llegué por casualidad a la Casa Blanca y miré vestidos de novia junto a muchas señoras mayores y después compré unas rosas de género chiquititas para ponérselas a unos cuadros que pretendo pintar. Dormí una semana con Patrick Bateman, el sicópata de American Psycho de Bret Easton Ellis y una de esas noches, soñé que él me perseguía y mi celular sangraba por las teclas. Se me quedó mi teléfono una noche en la casa de la Pame, que ya ha tenido dos operaciones de columna, una manga y ahora, figura en silla de ruedas porque se partió una pierna en dos. Se cayó en el colegio donde hace clases por culpa de unas challas. La saqué a dar una vueltecita en la silla de ruedas y comimos helado centella que tiene 40 calorías. También conocí a mi sobrina Valentina que acaba de llegar al mundo y ya es una preciosura, perfecta, rucia, exquisita.

Vi a la Carlita que está con licencia médica por estrés y ahora vende ropa linda en su casa. Ese mismo día fuimos a ver la presentación de su hijo Matías en el colegio. Matías está en octavo, ya nos pasa a las dos en altura y bailó reggaetón. Cuando lo mira en actos públicos, a la Carlita le da una risa nerviosa y lo graba y Matías la mira y le sonríe porque aunque está enorme aún no le da plancha que su mamá le grite, lo besuquee, lo apachurre delante de sus compañeros. Es un lindo niño Matías.
Con la Maca vamos casi una vez a la semana a cantar a StarBar, un karaoke en Santa Isabel. Ya todos nos conocen, nos saludan de beso y las dos nos sentamos a mirar el cancionero, hablar del futuro y a cantar casi siempre las mismas melodías. Allá nos sentimos tan como en casa, que sólo nos vamos cuando el sueño es feroz y tenemos que volver a la vida real. Ahí donde hay trabajo, cuentas, días, horas, helados y empanaditas, el infaltable pisco sour, almuerzos, libros, paseos, y gente. Gente que celebra cumpleaños, matrimonios, guaguas, gente que una no se aburre de ver nunca, gente que una quiere y que hacen que estos hechos de la causa sean mucho más que hechos.

16 octubre 2010

Desde Lima, con amor

Por Pepa Valenzuela




Es la gente acostumbrada a las costumbres la que lo hace. Es la gente que no piensa en lo que quiere, sino en lo que debe ser para no quedar mal con los demás. Es la gente rebaño la que se cuela en tu cabeza desde niña y te escribe una pauta mental de lo que supuestamente debiera ser tu vida. Lo que supuestamente debieras ser como mujer. Lo que supuestamente se espera de ti. Y después, claro, lo esperan. Y siguen tu vida para ver si lo logras o fracasas de acuerdo al calendario. Por eso, cuando las cosas no salen como debieran ser de acuerdo a esa pauta del rebaño, una se frustra. Y se pregunta qué diablos tiene mal. Se deshilacha en preguntas y en tristezas. Sabe que el resto la ve coja y una se llega a sentir coja de verdad, sin estarlo. Así me sentía yo hasta hace poco. Hasta que un día miré ese protocolo y me di cuenta de que por lo menos a mí, me parecía una lata feroz. De un aburrimiento sin límites. Algo que definitivamente no quería para mí. Quizás por eso no lo había cumplido: porque jamás se había ajustado a mis expectativas, tan escondidas por las costumbres de otros. Y entonces solté. Y dejé que mi vida tuviera pauta propia. Así de repente, tenía un novio peruano conmigo, en Chile. Y así, de repente, yo estaba con él en su casa, con sus padres, hermana y amigos en Lima. Paseando por Miraflores, La Punta, Barranco, el centro histórico, siendo más feliz de lo que nunca he sido y sin la menor idea de que lo pasará más adelante. Comiendo ají de gallina, lomo saltado, chifles, chicharrones, ceviches, pisco sour casero, causa, tallarines rojos, papitas a la huancaina. Despertando contenta al lado de un hombre que me encuentra hermosa cuando estoy horrible. Abstraída de las angustias del trabajo, la competencia, el dinero y las obligaciones. Conociendo una ciudad que por ahora no tenía planificado visitar y gastando unos ahorros que ni yo sabía para qué los guardaba. Desde Lima, con amor y con mi amor.


Lima es una ciudad muy distinta a Santiago. Y los peruanos son muy distintos a los chilenos. Lima tiene un tráfico caótico, hay convys donde la gente viaja apretadita, micros viejas, como las que había previo a las amarillas aquí y taximotos, un casino de juegos en cada cuadra, comida peruana exquisita por todos lados, taxistas con los que una regatea por carrera, una costa bella, un centro histórico limpio y bien iluminado de noche que llega a ser precioso. Los peruanos son gente amable, simpática, de risa fácil. Siempre tienen tiempo para conversar con otro. Son impuntuales, desordenados, más latinos que los chilenos, todos saben bailar bien. Son apegados a la familia y se divierten con cosas sencillas. Hablan bien y no dicen tanto garabato como nosotros. Mientras estuve allá, todos veían por la tele el rescate de los mineros y se alegraban por nuestro país. Los peruanos me trataron como una reina y yo me los llevo a ellos, a Lima, a los amigos que allá hice y cómo no, a mi amor, en el alma, hasta Santiago, hasta mi casa, en mi memoria para siempre. Que viva Chile. Que viva el Perú. Que viva el amor que no tiene aduanas ni prejuicios idiotas. Y que viva la vida sin pautas ajenas.

07 agosto 2010

Secretos de periodista




Por Pepa Valenzuela




Alguna vez Don Guillermo, el guatón Hidalgo, andaba con la idea de hacer un libro firmado por mil o cien periodistas chilenos en el que contáramos ciertos backstages de nuestros reporteos, esas cosas sabrosas que pasan y que uno, por desaparecer del texto, deja afuera de la versión final. Aquellos secretos de periodista que salen a flote en reuniones entre colegas. El otro día pensaba en ellos, en mis secretos de periodista y decidí que tenía que escribirlos, al menos por aquí, para no olvidarlos más. Aquí, algunos de ellos.




- Alguna vez reporteando las historias de los animales del zoológico, fui perseguida para fines amatorios por un ñandú macho. El animal, corrió detrás de mí por toda la jaula abriendo y cerrando el pico emitiendo un ruidito escalofriante. "Detecta que usted es hembra", me explicó el cuidador.




- Alguna vez estuve una tarde entera, de 12 del día a 12 de la noche, en un bar de cortinas rojas con una ex actriz porno chilena. Yo quería almorzar, ella pidió a las 1230 del día un tequila margarita y así siguió tomando hasta anochecer. Cuando ya eran las 11 de la noche, la ex actriz se entusiasmó con una canción de Gnarls Barckley y se subió a bailar a la barra que era bien alta, en unos tacones enormes. Se sacó cresta y media. Pero rápidamente se paró y volvió a bailar. Fue uno de los días más bizarros de mi vida.




- Alguna vez entrevisté a una famosa animadora de televisión que partió toda amorochita así, melosa hasta morir y terminó simulando llanto espontáneo e insultándome y echándome del canal porque le hice una pregunta que no le gustó. Al día siguiente me llamó para pedirme disculpas, para decirme que quería abrazarme porque yo le parecía una linda persona. Le agarré pánico. Hasta el día de hoy es la única persona que no entrevistaría por nada del mundo.




- Alguna vez reporteando sobre la píldora del día después, pasé una hora escuchando como una matrona me explicaba el ciclo reproductivo. No me dio la pastilla. Yo tenía 27 años.




- Alguna vez entré a la cárcel como visita para convencer a Carlitos Joya, el líder de una banda que excavó un túnel perfecto para robar las joyas del banco Bice - he ahí el apodo - que me diera una entrevista. Las gendarmes me trataron como una vaca. en una separación de cortinas, con otras dos chicas, tuve que bajarme los calzones, levantarme los sostenes y sacarme los calcetines delante de una guardia que por mi lentitud en el proceso me dijo: "Vos rucia ¿soy huevona o te hacís?". Una de las chicas que estaba a mi lado e iba a visitar a quizás quién, le contestó: "Tss, no huevís po, si parece que es primera vez que la flaca viene pa acá, ¿cierto Flaca?". Asentí. Después de la revisión, entré al gimnasio donde los hombres del pabellón esperaban su visita. Un gendarme me ubicó a Carlitos Joya, un moreno bajito y maceteado con cara de pocos amigos que me saludó con desconfianza. Nos sentamos en el suelo y empecé a explicarle quién era y a qué había ido. Estaba en eso cuando por la puerta de visitas entró una chica hiphopera, jeans anchísimos, los calzones asomados y el pelo con miles de trencitas. Era la novia de Carlitos Joya. Cuando nos vio, se acercó a Carlos, le dio un empujón y se fue hasta el final del gimnasio, hecha una furia. Carlitos partió detrás de ella deshaciéndose en disculpas. Más tarde los vi entrar a un camaro para tener sexo. Nunca más los volví a ver.




- Alguna vez estuve de copiloto en el auto de película de un padre acusado de maltratar a su hijo en varias oportunidades en Viña del Mar. Íbamos desde su casa hasta el mall de esa ciudad para almorzar. Sentí mucho miedo: manejaba tranquilo dos cuadras y después metía el acelerador a fondo en la tercera. Así fuimos de chantada en chantada por cuadras que se me hicieron eternas.




- Alguna vez estuve acá en Chile en un verdadero castillo medieval, hecho de adobe, piedras y barro. Sin luz. Y juro por lo más sagrado que mientras conversaba con su dueño a la luz de la chimenea, vi que su cara cambiaba de un rostro a otro bajo la penumbra.






- Alguna vez volé en un avión de la fuerza aérea colombiana en la cabina del piloto de Santiago hacia Concepción. Fue después del terremoto y los militares colombianos que vinieron a prestar ayuda a Chile, me invitaron a ponerme de pie para ver cómo aterrizábamos por la ventana del piloto. Indescriptible sensación.






- Alguna vez estuve con un actor argentino, gay, maestro, imitador y portador de VIH en su casa enorme en Buenos Aires. Ese día, le habían aparecido unas ronchas rosas en sus piernas por la enfermedad. Pero esperó que terminara la entrevista, que hizo rodeado de sus perritas poodles mejor ataviadas que yo, para ir al hospital. Meses más tarde supe que había fallecido y me dio una profunda pena. Bendiciones para ti, Fernando Peña. Donde estés.






- Alguna vez conocí casi todos los moteles capitalinos haciendo la Ruta de Niditos de Amor para una revista femenina. En todos, me regalaron invitaciones y tarjetas de descuento. Le regalé una a una amiga muy querida que pronto se iba a casar. Todas se vencieron sin haberlas podido ocupar: estaba solterísima durante ese tiempo. Sin embargo, en uno de esos moteles, donde me hicieron una cata de tragos y platos, probé la mejor crema de zapallos de toda mi vida.




- Alguna vez entrevisté a unos negritos cantantes de reggaetón. Uno de ellos, al ver que me devolvería a mi casa a pata, insistió en llevarme a casa en su auto, un jeep con parlantes sorround, neumáticos enormes, pantalla plana y harto bling bling. Me llamó un par de veces para invitarme a salir. Me decía mami. Profesional que es una, no acepté sus invitaciones.




- Alguna vez puse a mi cuerpo a disposición del reggaetón cuando llegó el ritmo a Chile y al servicio del caño, cuando se masificó entre las chilenas. Todo, con muchísimo dolor articular posterior.



24 julio 2010


Boquitapato

Por Pepa Valenzuela




Lo conocí en Cuba, a las 11 de la mañana, en la barra del bar playero, pidiendo un cuba libre que en la isla se llama cubata. Me dijo hola, cómo te llamas, sabes que he venido a celebrar mi cumpleaños con puras parejas de matrimonio que sólo han peleado en el viaje y yo me quiero divertir, pasarla chévere. Era un mulato precioso, de dientes blancos, rulos desordenados, pinta de brasileño, pero por el chévere pensé que era venezolano. Resultó ser peruano y en un par de días más, cumplía dos años menos que yo. Lo miré a los ojos, llenitos de vida, transparentes, la boquita de pato y me estremecí. Porque supe ahí mismo que ése sería uno de los encuentros que me cambiaría la vida. De esas cosas que pasan porque tienen que pasar. Que estaba ante un pedacito de mi destino. Pero eso no se lo dije a nadie hasta mucho después.

A los dos días, nos despedimos en Cuba y yo que no decía mucho porque una va quedando muda, minusválida emocional después de los daños, sólo lo abracé bien fuerte. Pero sentía un vacío en el pecho, como si me estuvieran arrebatando el alma sin anestesia. Y él, que me había dicho de todo en esos tres días, sólo me pedía que lo esperara, que vendría por mí, que no lo olvidara, con su boquita de pato, los rulos revueltos, los ojos brillantes y su mano despidiéndose de mí desde arriba del bus que lo llevaría de regreso al aeropuerto para volver a Lima.

Nos empezamos a escribir. A querernos a distancia. A echarnos de menos como si hubiéramos pasado la vida entera juntos. El repetía que lo esperara. Que vendría por mí. Me pidió ser su novia por chat y yo dije que sí. El 1 de julio lo vi cruzar la salida internacional del aeropuerto con una chaqueta blanca, los rulos revueltos, la boquitapato suspirando. Nos abrazamos muy fuertemente y yo temblaba como gelatina, intentaba reconocer ese pedacito de mi destino en mi país, en mi ciudad. No tardé en hacerlo. A los pocos días, ya lo sentía tan natural en mi vida que olvidé cómo lo haría sin él. Y cuando se fue 10 días más tarde, después de que dejamos casi en shock a la gente que hacía fila en policía internacional, que nos miraba besarnos, lagrimear, él entrar y salir para darme el último beso, lloré mucho. Tenía una nostalgia horrorosa. Una nostalgia que todos los días acarreo de allá para acá. Él me falta en todo. Y desde Lima él me dice que en todo le falto yo. Tenemos planes al respecto. Porque la nostalgia es terrible, pero más terrible es no hacer nada cuando en la vida pasa algo así. Y yo espero que Dios nos cuide. Que nos eche una manito. Porque la vamos a necesitar muchísimo. Porque yo después de conocerlo, ya no puedo estar sin él.