16 octubre 2010

Desde Lima, con amor

Por Pepa Valenzuela




Es la gente acostumbrada a las costumbres la que lo hace. Es la gente que no piensa en lo que quiere, sino en lo que debe ser para no quedar mal con los demás. Es la gente rebaño la que se cuela en tu cabeza desde niña y te escribe una pauta mental de lo que supuestamente debiera ser tu vida. Lo que supuestamente debieras ser como mujer. Lo que supuestamente se espera de ti. Y después, claro, lo esperan. Y siguen tu vida para ver si lo logras o fracasas de acuerdo al calendario. Por eso, cuando las cosas no salen como debieran ser de acuerdo a esa pauta del rebaño, una se frustra. Y se pregunta qué diablos tiene mal. Se deshilacha en preguntas y en tristezas. Sabe que el resto la ve coja y una se llega a sentir coja de verdad, sin estarlo. Así me sentía yo hasta hace poco. Hasta que un día miré ese protocolo y me di cuenta de que por lo menos a mí, me parecía una lata feroz. De un aburrimiento sin límites. Algo que definitivamente no quería para mí. Quizás por eso no lo había cumplido: porque jamás se había ajustado a mis expectativas, tan escondidas por las costumbres de otros. Y entonces solté. Y dejé que mi vida tuviera pauta propia. Así de repente, tenía un novio peruano conmigo, en Chile. Y así, de repente, yo estaba con él en su casa, con sus padres, hermana y amigos en Lima. Paseando por Miraflores, La Punta, Barranco, el centro histórico, siendo más feliz de lo que nunca he sido y sin la menor idea de que lo pasará más adelante. Comiendo ají de gallina, lomo saltado, chifles, chicharrones, ceviches, pisco sour casero, causa, tallarines rojos, papitas a la huancaina. Despertando contenta al lado de un hombre que me encuentra hermosa cuando estoy horrible. Abstraída de las angustias del trabajo, la competencia, el dinero y las obligaciones. Conociendo una ciudad que por ahora no tenía planificado visitar y gastando unos ahorros que ni yo sabía para qué los guardaba. Desde Lima, con amor y con mi amor.


Lima es una ciudad muy distinta a Santiago. Y los peruanos son muy distintos a los chilenos. Lima tiene un tráfico caótico, hay convys donde la gente viaja apretadita, micros viejas, como las que había previo a las amarillas aquí y taximotos, un casino de juegos en cada cuadra, comida peruana exquisita por todos lados, taxistas con los que una regatea por carrera, una costa bella, un centro histórico limpio y bien iluminado de noche que llega a ser precioso. Los peruanos son gente amable, simpática, de risa fácil. Siempre tienen tiempo para conversar con otro. Son impuntuales, desordenados, más latinos que los chilenos, todos saben bailar bien. Son apegados a la familia y se divierten con cosas sencillas. Hablan bien y no dicen tanto garabato como nosotros. Mientras estuve allá, todos veían por la tele el rescate de los mineros y se alegraban por nuestro país. Los peruanos me trataron como una reina y yo me los llevo a ellos, a Lima, a los amigos que allá hice y cómo no, a mi amor, en el alma, hasta Santiago, hasta mi casa, en mi memoria para siempre. Que viva Chile. Que viva el Perú. Que viva el amor que no tiene aduanas ni prejuicios idiotas. Y que viva la vida sin pautas ajenas.

07 agosto 2010

Secretos de periodista




Por Pepa Valenzuela




Alguna vez Don Guillermo, el guatón Hidalgo, andaba con la idea de hacer un libro firmado por mil o cien periodistas chilenos en el que contáramos ciertos backstages de nuestros reporteos, esas cosas sabrosas que pasan y que uno, por desaparecer del texto, deja afuera de la versión final. Aquellos secretos de periodista que salen a flote en reuniones entre colegas. El otro día pensaba en ellos, en mis secretos de periodista y decidí que tenía que escribirlos, al menos por aquí, para no olvidarlos más. Aquí, algunos de ellos.




- Alguna vez reporteando las historias de los animales del zoológico, fui perseguida para fines amatorios por un ñandú macho. El animal, corrió detrás de mí por toda la jaula abriendo y cerrando el pico emitiendo un ruidito escalofriante. "Detecta que usted es hembra", me explicó el cuidador.




- Alguna vez estuve una tarde entera, de 12 del día a 12 de la noche, en un bar de cortinas rojas con una ex actriz porno chilena. Yo quería almorzar, ella pidió a las 1230 del día un tequila margarita y así siguió tomando hasta anochecer. Cuando ya eran las 11 de la noche, la ex actriz se entusiasmó con una canción de Gnarls Barckley y se subió a bailar a la barra que era bien alta, en unos tacones enormes. Se sacó cresta y media. Pero rápidamente se paró y volvió a bailar. Fue uno de los días más bizarros de mi vida.




- Alguna vez entrevisté a una famosa animadora de televisión que partió toda amorochita así, melosa hasta morir y terminó simulando llanto espontáneo e insultándome y echándome del canal porque le hice una pregunta que no le gustó. Al día siguiente me llamó para pedirme disculpas, para decirme que quería abrazarme porque yo le parecía una linda persona. Le agarré pánico. Hasta el día de hoy es la única persona que no entrevistaría por nada del mundo.




- Alguna vez reporteando sobre la píldora del día después, pasé una hora escuchando como una matrona me explicaba el ciclo reproductivo. No me dio la pastilla. Yo tenía 27 años.




- Alguna vez entré a la cárcel como visita para convencer a Carlitos Joya, el líder de una banda que excavó un túnel perfecto para robar las joyas del banco Bice - he ahí el apodo - que me diera una entrevista. Las gendarmes me trataron como una vaca. en una separación de cortinas, con otras dos chicas, tuve que bajarme los calzones, levantarme los sostenes y sacarme los calcetines delante de una guardia que por mi lentitud en el proceso me dijo: "Vos rucia ¿soy huevona o te hacís?". Una de las chicas que estaba a mi lado e iba a visitar a quizás quién, le contestó: "Tss, no huevís po, si parece que es primera vez que la flaca viene pa acá, ¿cierto Flaca?". Asentí. Después de la revisión, entré al gimnasio donde los hombres del pabellón esperaban su visita. Un gendarme me ubicó a Carlitos Joya, un moreno bajito y maceteado con cara de pocos amigos que me saludó con desconfianza. Nos sentamos en el suelo y empecé a explicarle quién era y a qué había ido. Estaba en eso cuando por la puerta de visitas entró una chica hiphopera, jeans anchísimos, los calzones asomados y el pelo con miles de trencitas. Era la novia de Carlitos Joya. Cuando nos vio, se acercó a Carlos, le dio un empujón y se fue hasta el final del gimnasio, hecha una furia. Carlitos partió detrás de ella deshaciéndose en disculpas. Más tarde los vi entrar a un camaro para tener sexo. Nunca más los volví a ver.




- Alguna vez estuve de copiloto en el auto de película de un padre acusado de maltratar a su hijo en varias oportunidades en Viña del Mar. Íbamos desde su casa hasta el mall de esa ciudad para almorzar. Sentí mucho miedo: manejaba tranquilo dos cuadras y después metía el acelerador a fondo en la tercera. Así fuimos de chantada en chantada por cuadras que se me hicieron eternas.




- Alguna vez estuve acá en Chile en un verdadero castillo medieval, hecho de adobe, piedras y barro. Sin luz. Y juro por lo más sagrado que mientras conversaba con su dueño a la luz de la chimenea, vi que su cara cambiaba de un rostro a otro bajo la penumbra.






- Alguna vez volé en un avión de la fuerza aérea colombiana en la cabina del piloto de Santiago hacia Concepción. Fue después del terremoto y los militares colombianos que vinieron a prestar ayuda a Chile, me invitaron a ponerme de pie para ver cómo aterrizábamos por la ventana del piloto. Indescriptible sensación.






- Alguna vez estuve con un actor argentino, gay, maestro, imitador y portador de VIH en su casa enorme en Buenos Aires. Ese día, le habían aparecido unas ronchas rosas en sus piernas por la enfermedad. Pero esperó que terminara la entrevista, que hizo rodeado de sus perritas poodles mejor ataviadas que yo, para ir al hospital. Meses más tarde supe que había fallecido y me dio una profunda pena. Bendiciones para ti, Fernando Peña. Donde estés.






- Alguna vez conocí casi todos los moteles capitalinos haciendo la Ruta de Niditos de Amor para una revista femenina. En todos, me regalaron invitaciones y tarjetas de descuento. Le regalé una a una amiga muy querida que pronto se iba a casar. Todas se vencieron sin haberlas podido ocupar: estaba solterísima durante ese tiempo. Sin embargo, en uno de esos moteles, donde me hicieron una cata de tragos y platos, probé la mejor crema de zapallos de toda mi vida.




- Alguna vez entrevisté a unos negritos cantantes de reggaetón. Uno de ellos, al ver que me devolvería a mi casa a pata, insistió en llevarme a casa en su auto, un jeep con parlantes sorround, neumáticos enormes, pantalla plana y harto bling bling. Me llamó un par de veces para invitarme a salir. Me decía mami. Profesional que es una, no acepté sus invitaciones.




- Alguna vez puse a mi cuerpo a disposición del reggaetón cuando llegó el ritmo a Chile y al servicio del caño, cuando se masificó entre las chilenas. Todo, con muchísimo dolor articular posterior.



24 julio 2010


Boquitapato

Por Pepa Valenzuela




Lo conocí en Cuba, a las 11 de la mañana, en la barra del bar playero, pidiendo un cuba libre que en la isla se llama cubata. Me dijo hola, cómo te llamas, sabes que he venido a celebrar mi cumpleaños con puras parejas de matrimonio que sólo han peleado en el viaje y yo me quiero divertir, pasarla chévere. Era un mulato precioso, de dientes blancos, rulos desordenados, pinta de brasileño, pero por el chévere pensé que era venezolano. Resultó ser peruano y en un par de días más, cumplía dos años menos que yo. Lo miré a los ojos, llenitos de vida, transparentes, la boquita de pato y me estremecí. Porque supe ahí mismo que ése sería uno de los encuentros que me cambiaría la vida. De esas cosas que pasan porque tienen que pasar. Que estaba ante un pedacito de mi destino. Pero eso no se lo dije a nadie hasta mucho después.

A los dos días, nos despedimos en Cuba y yo que no decía mucho porque una va quedando muda, minusválida emocional después de los daños, sólo lo abracé bien fuerte. Pero sentía un vacío en el pecho, como si me estuvieran arrebatando el alma sin anestesia. Y él, que me había dicho de todo en esos tres días, sólo me pedía que lo esperara, que vendría por mí, que no lo olvidara, con su boquita de pato, los rulos revueltos, los ojos brillantes y su mano despidiéndose de mí desde arriba del bus que lo llevaría de regreso al aeropuerto para volver a Lima.

Nos empezamos a escribir. A querernos a distancia. A echarnos de menos como si hubiéramos pasado la vida entera juntos. El repetía que lo esperara. Que vendría por mí. Me pidió ser su novia por chat y yo dije que sí. El 1 de julio lo vi cruzar la salida internacional del aeropuerto con una chaqueta blanca, los rulos revueltos, la boquitapato suspirando. Nos abrazamos muy fuertemente y yo temblaba como gelatina, intentaba reconocer ese pedacito de mi destino en mi país, en mi ciudad. No tardé en hacerlo. A los pocos días, ya lo sentía tan natural en mi vida que olvidé cómo lo haría sin él. Y cuando se fue 10 días más tarde, después de que dejamos casi en shock a la gente que hacía fila en policía internacional, que nos miraba besarnos, lagrimear, él entrar y salir para darme el último beso, lloré mucho. Tenía una nostalgia horrorosa. Una nostalgia que todos los días acarreo de allá para acá. Él me falta en todo. Y desde Lima él me dice que en todo le falto yo. Tenemos planes al respecto. Porque la nostalgia es terrible, pero más terrible es no hacer nada cuando en la vida pasa algo así. Y yo espero que Dios nos cuide. Que nos eche una manito. Porque la vamos a necesitar muchísimo. Porque yo después de conocerlo, ya no puedo estar sin él.

15 junio 2010

Lecciones de Cuba
Por Pepa Valenzuela






Volví hace tres semanas de Cuba. Fue un viaje inolvidable. De esos que te voltean el corazón como si fuera reversible. De esos que te modifican para siempre una tuerquita del alma. Algo ahí adentro, se acomodó en su espacio y me cambió para siempre. Y me regresó a este pedacito de tierra, distinta, más madura y plena, entendiendo lo que aquí jamás podría haber entendido. En resumen, feliz como hacía años no lo estaba. Estas son las lecciones que la isla me dejó. Estas son las cosas que en la isla nos pasaron, porque sí, nos tenían que pasar.



N1. Hay cosas que una no entiende para qué pasan. Hay gente que una conoce y no entiende para qué tuvo que conocerlas. Hay veces en que una no halla cómo explicarse el daño y la decepción cuando son feroces, cuando aniquilan hasta el mejor de los recuerdos. Eso me pasó con mi ex. Pasaron muchos meses sin entender para qué lo había conocido una vez que descubrí todas las verdades que me escondió. No entendía para qué había pasado por mi vida. No entendía qué había venido a decirme. Yo ya había aprendido las lecciones de la decepción. Un rato después, éntendí a medias que sí, que había llegado en un momento de mi vida en que necesitaba un arrullo. Y más tarde, cuando Ingrid me lo dijo, que una no perdía ni le quitaban las cosas que quería, sino que el destino te los sacaba del camino rápidamente para que una no se desviara de la meta. Pero recién ahora, en este viaje a Cuba entendí para qué lo conocí: para conocer a la Maca. Él sólo fue el intermediario que dejó en mi vida a una mujer espectacular. A una nueva amiga a la que después de este viaje, quiero entrañablemente. Ya sabrás Maquita entonces para qué habrán pasado las cosas que nos pasaron: alguna vez, teníamos que conocernos en plena libertad. Tal y como somos. Sin censuras de hombres que sí, Maca, no nos llegaban ni a los talones.





N2. También creo que estaba escrito que fuera a Cuba ahora. No antes, como quería. En diciembre fueron la Caro y su amiga ídem. Y yo quise unirme al viaje, pero finalmente no pude embarcarme para operarme la vista. Una cosa por la otra. Pero fui ahora porque ahora tendría una misión: darle una mano a una valiente escritora cubana que se ha pasado varios años denunciando las violaciones a los derechos humanos que ocurren en la isla. Yoani Sánchez, la bloguera que ha sido hostigada, secuestrada, amenazada por el régimen, sigue escribiendo con una firmeza conmovedora, sorteando los miles de obstáculos que le ha impuesto el gobierno cubano. No podía hacer menos que llevarle un ejemplar de Cuba Libre, su propio libro, que había sido publicado hacía dos meses en Chile y a ella le habían prohibido tener. No la dejaron salir para su lanzamiento y le retuvieron un par de ejemplares que le enviaron desde el exterior, en la aduana del aeropuerto de La Habana. Ella me lo pidió por teléfono. Y no pude hacer menos que comprarlo, forrarlo en doble papel de regalo y meterlo escondido en la maleta. Ver su emoción, sus ojos brillantes cuando lo tuvo entre sus manos, fue impagable. Fuerza, Yoani. Fuerza y bendiciones desde Chile. Un honor haber estado contigo y haber podido dejar en tus manos, de regreso, tus palabras.







N3. Tuve que atravesar volando casi la mitad del globo terráqueo para encontrar un tesoro que había perdido hacía años aquí en Chile. No sé cómo diablos llegó tan lejos ni cómo aterrizó en la isla. Pero en Cuba encontré de nuevo mi autoconfianza como mujer. Sí, tenía la seguridad profesional y personal. Sí, me sentía una periodista aperrada y empeñosa y una buena cabra. Pero la seguridad femenina, se me había arrancado de las manos hacía rato. Más bien me la habían arrebatado la presión social, pastelazos masculinos, reventadas de burbuja y el abandono al que una se ve expuesta acá en Chile. Sí, chilenos. Ustedes nos han abandonado a las mujeres. No a todas, pero a demasiadas. Pero eso es algo que les explicaré más adelante, en mi próximo punto. El asunto, es que en Cuba, recuperé mi autoconfianza como mujer. Me volví a sentir bonita, protegida, mimada, atendida, pero sobre todo visible. Porque allá me vieron. Y vieron a Maca y a Caro. Hombres de diversas las edades, nacionalidades e intenciones. Porque no sólo nos vieron como si fuéramos un pedazo de bistec. Nos vieron y nos trataron todos esos hombres, como mujeres. Nos galantearon, independientemente de si querían algo más con alguna o no. Nos cuidaron. Nos dijeron cuando nos veíamos lindas. Nos atendieron como si fuésemos flores. Nos hicieron sentir interesantes en la conversación, entretenidas en las fiestas, un privilegio como compañía. Cubanos, peruanos, ingleses, dominicanos, belgas y canadienses de todas las edades. Como nuestros entrañables amigos de Canadá: los chicos tenían entre 21 y 29 años. Y todos, hasta el menor de ellos, nos trataron como verdaderas reinas. Es decir, como hombres, como caballeros con todas sus letras. Gracias G, Mike, Jordan, Andrew y Brian. Gracias a todos los estupendos hombres que encontramos en la isla. Gracias a ustedes, las tres florecimos. Nos volvimos a sentir visibles, vivas, mujeres. Experimentarlo y ser testigo de ese proceso de Maca y Caro, fue un privilegio que no tengo cómo pagarles.



N4. A medida que fui floreciendo en Cuba, gracias a la distancia, la perspectiva y la evidencia, se me fueron despejando las dudas que tenía en Chile. Hasta que un día vi todo claro y me dio una rabia sorda. La rabia que da cuando una descubre que ha creído en una mentira por demasiado tiempo. La rabia de constatar que no, que no era problema mío, ni de mis amigas, ni de cierto tipo de mujeres, quizás demasiado avasalladoras, demasiado intimidantes, demasiado independientes, sino que era problema de ellos. Tuve que llegar a Cuba para que la película de la masculinidad en Chile - una película triste y con mal final - me quedara clara. Y cuando lo entendí, me dio rabia. Más rabia que pena, aunque pena igual me dio. Allá entendí lo que era obvio, pero de tan inmersa en nuestra realidad, no lograba ver: que los hombres chilenos - no todos, pero sí una inmensa mayoría - nos han abandonado. Nos abandonan cuando no se nos acercan a conversar. Nos abandonan cuando nos dejan bailando entre amigas mientras ellos conversan pelotudeces, haciendo como si fuéramos invisibles. Nos abandonan cuando no dicen lo que sienten o lo que ya no sienten por nosotras. Nos abandonan cuando mienten parra conseguir favores. Nos abandonan cuando nos dan excusas baratas, de niños de pecho, para no amarnos. Nos abandonan cuando quieren perpetuarse en la adolescencia y seguir chupando, fumando, atracando con todas las que puedan, incluso cuando han pasado los 30 años y ya se ven patéticos haciendo ese numerito. Nos abandonan cuando esgrimen miedos y bloqueos emocionales, olvidando que todos, incluidas nosotras, también tenemos miedos, pero los enfrentamos y no nos andamos divulgando como escudo de inmunidad. Nos abandonan cuando no nos dicen si estamos lindas, ricas, sexies, por hacerse los cool, los indiferentes, los difíciles, los inalcanzables. Nos abandonan cuando de puro cobardes, de puro flojos invirtieron los papeles y dejaron que nosotras hiciéramos solas la pega de la conquista. Nos abandonan cuando literalmente nos abandonan y desaparecen sin dar excusas, sin pedir una disculpa, sin hablar con cojones sobre lo que ha sucedido. Nos abandonan cuando prefieren juntarse con amigotes antes incluso de tener sexo en la casa. Nos abandonan cuando creen que su trabajo es lo más importante del Universo y del Más Allá. Nos abandonan de todas esas formas a nuestra propia suerte. A un terreno baldío y tan siniestro, que trastorna las cosas y una se empieza a volver loca y de chica completamente normal, cuerda, linda, trabajadora pasa una a preguntarse qué pasa, cuál es el problema, parece que soy invisible, algo malo tengo yo, quizás estoy muy fea, o quisquillosa, o guatona, quizás parezco travesti, mientras el resto pone lo suyo diciendo ah, es que ustedes son mañosas, exigentes, se les va a pasar el tren y sí, así muchas mujeres terminamos creyendo lo peor: que la culpa es propia. Ciegas, palpando en esa oscuridad a la que nos ha arrojado el mutismo y el abandono masculino, acabamos creyendo seriamente que algo malo tenemos. Y que casi nos merecemos tanta indiferencia, incertidumbre y porquería. Pero no. En Cuba vi clarito que no es así. Que ésa es una tara de ellos, no de nosotras. Y por lo tanto, me boté ese peso de encima y decidí no hacerme cargo de rollos, fallas, trancas y peros que no me pertenecían. Que no nos pertenecen a ninguna de nosotras. Sus razones para abandonarnos son sus razones. Quizás a la mayoría de los hombres ya no les gustan las mujeres nomás. Quién sabe. Si me preguntan a mí, el abandono eso sí me parece de una falta de hombría feroz. Porque siempre entendí que tanto una mujer como un hombre, se construyen en función del otro. Y por lo tanto, un hombre se hace hombre de verdad cuando decide amar a una mujer y construir un futuro con ella. No antes. Menos arrancando en sentido contrario, abandonando a las mujeres a su suerte y a su incertidumbre. Eso, a todas luces y al menos para mí, es de una mariconería feroz.




N5. Soné rabiosa en mi punto anterior. Pero sí, lo pienso y me da una ira tremenda. Pero lo cierto es que este viaje me dejó más feliz de lo que he estado en años. Tremendamente dichosa, plena, con el corazón abierto de par en par. Me botaron mis pequeños mis muros de defensa y después de siglos sin hacerlo, volví a escuchar que me querían, así, mucho, con el alma y yo, temerosa, que lo había olvidado casi, porque acá está tan prohibido, porque acá a cualquier pelagato le da un infarto como si fuera algo malo, porque es algo que no se dice para no meter las patas, para que no arranquen como cuete, yo, sí, yo, la mujer que casi lo había olvidado, volví a decir te quiero. Te quiero y mucho.

12 mayo 2010

Esto apareció hace unas semanas en revista Mia de Lun.
Una columnita llamando a la solidaridad gremial.


Las conspiradoras
Por Pepa Valenzuela

Cada vez que hablábamos de pololos, proyectos de pololos, peores son nada y ex varios, una amiga terminaba diciendo con voz de tráiler hollywoodense: “Y mañana no se pierda un nuevo capítulo de la teleserie del momento: Gil de Cuna”. Entonces nosotras nos reíamos a carcajadas, aunque fuera un chiste cruel. Sí, era harto cruel. Porque como nos habíamos dado cuenta hacía poco tiempo las protagonistas de la teleserie del momento, Gil de Cuna, éramos nosotras mismas. No importando cuán vivas nos creyéramos, a todas alguna vez nos habían hecho huevo de pato. Es decir, nos habían mentido, dejado sin explicaciones, utilizado para fines insospechados o vendido la pomada. Todas, llegando casi a los treinta años, acumulábamos una mochilita no menores de esas experiencias. Y claro, cuando empezamos a hablar de ellas, nos causó gracia. Pero después, nos dimos cuenta de que no era nada divertido. Más aún, que gran parte de la culpa de que nos hubiesen pasado todas esas leseras era de nosotras mismas. Era una culpa gremial. Una culpa de género. Analizando cada gol que nos habían pasado, llegamos a la alarmante conclusión de que la mayoría se podría haber evitado si alguna de nosotras hubiera abierto su boquita y nos hubiera advertido del peligro. Que nos habríamos ahorrado tremendos porrazos si hubiéramos tenido mejor comunicación y mayor lealtad de género. Peor conclusión aún: las mujeres éramos muy poco solidarias entre nosotras. No porque no nos quisiéramos, sino todo lo contrario. Si no éramos más solidarias era porque queríamos mucho. Principalmente a nuestras piernas peludas. Por lo tanto nuestra primera lealtad estaba con ellos. Por eso, nos callábamos cosas que sabíamos a través de ellos y además, les contábamos todo. Todo, todito, como loros, algo que ellos nunca hacen. Lección para aprender de ellos: los hombres nunca delatan a sus compañeros con nadie.
Cuando descubrimos eso, las protagonistas de Gil de Cuna nos quedamos pensando. Y poco a poco fuimos cambiando algunas cositas. De partida, empezamos a juntarnos más entre puras mujeres para conversar más. Y al tiempo, sin preparaciones ni conscientemente, empezamos a conspirar. No como mafiosas, que se entienda bien. Tampoco la idea era convertirnos en lo mismo que despreciábamos. Empezamos a conspirar para fines positivos. Para alegrarnos la vida haciendo alguna cosa entretenida cuando alguna de nosotras estaba bajoneada. A planear cómo podíamos sacar adelante a otra que de repente se venía abajo cuando de la noche a la mañana quedaba sin trabajo o soltera sin mayores explicaciones. Propusimos métodos de acción para saber verdades que nos intrigaban para no quedarnos con esas dudas que matan. Las comprometidas empezaron a ayudar a las solteras presentando algunos especímenes disponibles. Las solteras les enseñamos a las comprometidas a darse tiempo para ellas mismas y les subimos autoestimas que después de años de convivencia, habían desaparecido. Acordamos tácticas comunicacionales para no ser nosotras las intrigadas, sino que ellos vía Facebook, twitter y otros. Ayudamos a algunas chiquillas a liberarse de pestes que las tenían ciegas e incluso funamos, claro que con muchísima elegancia, a vacunas que habían causado desastres espantosos entre alguna de nosotras. Sin planearlo demasiado, establecimos nuestro propio código de honor. Nuestro equipo de simuladoras para protegernos y ayudarnos a ser felices. Algo que sin llegar a la desconfianza extrema ni a la maldad gratuita, cualquier grupo de chicas debiera establecer como medida urgente para no andar tan de gil de cuna – léase desprevenida y por lo tanto más susceptible a ser embarrada – por la vida. Algo que se logra con un poquito más de solidaridad gremial y conspiración entre amigas de las buenas.

08 abril 2010

Abre los ojos
Por Pepa Valenzuela

Me voy a Cuba. Me voy porque hace dos años que no tengo vacaciones como la gente. Me voy y con dos amigas entrañables que el año pasado vivieron desastres parecidos al mío. Desde que me fui a Isla de Pascua el 2008 no descanso ni duermo como debiera. Y después de eso, han pasado muchas cosas. Lo que decía antes: todo ha sido como la canción que cantaba cuando era niña, ésa de mi lindo globito, pum! reventó. En este tiempo descubrí muchas cosas que hubiera pagado por no descubrir, aunque después me repito, no, no, si está bien que una abra los ojos. Pero es como dijo la Carolina, sentada al lado mío en la mesa de un matrimonio, mirando a su alrededor: Yo pagaría por ser más tonta. Yo pagaría por no saber. Yo a veces pienso lo mismo. Hubiera pagado por no saber todo lo que desde septiembre hasta este año supe. Qué fue: básicamente supe que el hombre que tenía al lado no era lo que aparentaba, sino que era todo lo contrario. Descubrí que la gente miente más de lo que esperaba. Supe de la boca de dos hombres a quienes encontraba relativamente respetables, que ellos también eran capaces de mentir. Que en el fondo, odiaban a las mujeres. Yo estaba leyendo ese libro: Los hombres que no aman a las mujeres. Justo estaba leyendo eso cuando esos dos hombres que yo respetaba mucho se delataron solos como mentirosos orgullosos de serlo. Yo, me quedé con sus mentiras para callado. Y me sentí mal. Porque sé que con ellos, hay dos chicas que más temprano que tarde van a sufrir como chinas, tal y como yo sufrí y yo no podía hacer nada al respecto. Supe que los amores, la mayoría de las veces, era disfraces sociales. Que los ritos, las ceremonias, los juramentos, se iban por la alcantarilla como si fuera pelusas. Que la gente promete sin comprometerse de verdad. Tengo casi treinta años y es increíble quizás que a estas alturas me sorprenda. Pero sí, me sorprende. También me duele mucho. Y me da un miedo terrible de volver a apostar. Lo curioso es que creo que todavía me quedaba corazón para hacerlo.
Aposté. A mi modo herido. Con lo poquito y nada que podía entregar, hecha un cucurucho de miedos, silencios y dudas. Pero así y todo, creo que aposté. Aposté bastante para lo que me había sucedido. Creo que desde los 20 años no tenía ese desinterés en el alma. Me gustó saber que esa capacidad de querer, aún estaba dentro de mí. Lo comprobé y me retiré. No porque quisiera. Me retiré porque el miedo es un enemigo feroz que no abandona así de fácil. Me retiré porque es distinto acurrucar a alguien que se deja a acurrucar a alguien que pega sus rasguños cada tanto. Una que está cicatrizando, no puede exponerse a más magulladuras. También necesita alguien que venga y la acurruque sin esperar nada más que tu bienestar a cambio. Alguien tiene esas pretensiones y me he arrancado como una fugitiva. La Carlita y la Carola dicen que no me arranque más. Que me deje al menos hacer un cariño. Que diga una sola vez que sí. Que sea amiga. Que parezco cabra chica.
Y la verdad, yo no sé aún qué hacer.
Sin embargo, hay algo que es más sorprendente que todo lo que he descubierto de mí hasta ahora: que tengo fe. Más fe que antes, inexplicablemente. Son mis sueños que me dicen cosas buenas, cosas milagrosas. Es una paz que me nació desde el centro de la guata y me tiene tranquila, como si supiera que algo monumental va a suceder. No es broma. No es canutismo. Es una sensación tan real que podría convertirla en un mueble de mi casa. Y ahí está, instaladísima dentro de mí, haciéndome reír todas las santas mañanas cuando abro los ojos.

04 abril 2010

Ausencia
He estado muy ausente últimamente por estos lados.
Pero tengo mucho que contar.
Muchas cosas que escribir.
Quizás aún no las proceso ni las pongo en orden.
Pero ya tengo una pista: desde septiembre del año pasado hasta ahora, me he despertado de varios sueños en los que creía. Como haberse acostado en medio de un cuento y despertar en la Matrix. Como decía la canción que más me gustaba de niña: Mi lindo globito, pum, reventó. Ya les contaré un poco de eso. Pero antes, quería dejarles las últimas cuatro cosas que he escrito y que me han gustado más que otras.
Feliz Pascua de resurrección.

http://www.paula.cl/blog/reportaje/2009/10/05/heidi-y-gretel/

http://www.mer.cl/modulos/catalogo/print_noticia.asp?idnoticia=C24328620091208&seccion=YA&fecha=2009-12-08

http://diario.elmercurio.cl/detalle/index.asp?id={a04e3246-81d8-4dee-b901-61d8bd46dfd8}

http://diario.elmercurio.cl/detalle/index.asp?id={698f38f6-33f1-4b78-b763-82a380381c84}