28 julio 2009

Don Roberto, a la izquierda. Y don Guillermo a la derecha.

Adiós Don Guillermo


Fue mi primer jefe, pero nunca me lo dijo. Yo tenía 23 años y había llegado a la revista Fibra como practicante gracias a Roberto Merino, el editor, mientras él andaba fuera del país. Creo que había ido a España a entrevistar a Camilo Sesto o a Corín Tellado, de eso ya no me acuerdo. Pero el asunto es que cuando volvió, no se presentó. Y se instaló con sus buzos y sweaters destartalados al lado de mi computador para hablarme de lo humano y lo divino durante horas mientras yo lo miraba con cara de pregunta y le escudriñaba sus dedos gordos, masticados, llenos de pellejitos, hechos un desastre. Guillermo Hidalgo, el director de Fibra, uno de los fundadores de The Clinic, el magistral Titán Do Nascimento que daba consejos integrales a punta de chuchadas, lejos el mejor entrevistador que he conocido, era así: sencillo, desastroso, desordenado, medio brutanteque, ni ahí con los títulos ni los cargos, bueno para el garabato, un conversador de lujo. También un maestro de aquellos. Recuerdo que me regaló una tarde entera en su oficina para enseñarme a editar un texto. Nos sentamos a revisar un reportaje mío sobre las Torres San Borja. Guillermo se dio la lata de editarme con lápiz y papel, explicándome cada porqué, con una paciencia de santo mientras fumaba y fumaba sus Malboro Light. Lo hacía porque le importaba. Porque creía que se podía hacer mejor periodismo. Porque era tan genial, que compartía todo lo que había aprendido en años de cancha y calle, con los demás. Así son los hombres verdaderamente talentosos.
Guillermo amaba a Elvis Presley. Decía que la canción más romántica del mundo era You Were always On My Mind porque en el fondo “dice: fui un huevón culiado, maricón, te dejé botada, pero siempre estuviste en mi mente”. Le gustaban las viejas pin up y a casi todas las mujeres les encontraba a alguna gracia, aunque nunca se casó. Le daba miedo, cosa, como niño chico que era. También era un gozador: le gustaba comer gordas con papas cocidas en un restorancito frente al Forestal, tomarse sus buenos copetes y fumar como condenado mientras despotricaba en contra de quienes manejaban los medios. Se entusiasmaba tan fácilmente como caía en una pena negra que pasaba a solas en su departamento de soltero. Cuando la Telefónica acabó con la revista, saltó de las repentinas ganas de hacer proyectos nuevos, a sentir que no había espacios para él en ningún medio, en ninguna parte. Era tanta su pasión periodística que sin ella, se perdía. Hace más o menos dos meses, saliendo de la Universidad pasamos a una shopería de mala muerte a tomarnos un café. Para variar, despotricamos en contra de los medios, la crisis, ciertos editores. Ahí me dijo que había escrito a El Mercurio reclamando porque el cuerpo de Reportajes estaba “editado como las huevas” y que lo habían llamado para que lo corrigiera. Mientras se rascaba los rulos negros, me preguntó si debía aceptar o no a mí, una pendeja que podría haber sido su hija. Después nos fuimos en Metro hasta Copesa. Yo iba a Paula y él a una pauta en La Tercera. Guillermo se compró unas nueces y las masticó hablando a mil por hora dentro del vagón. Iba con un cuaderno, un lápiz bic y un libro en la mano. Nunca andaba con bolsos ni maletín. Hace dos semanas, antes de irme al norte, lo volví a ver. Junto con otros colegas estábamos preparando un proyecto en el aire, de esos que a él le gustaban tanto, y queríamos incorporarlo. Le dije que tenía algo que contarle, que estábamos maquinando algo. Guillermo estaba rodeado de alumnos como siempre, en el patio de la Universidad, fumando sus Malboro. “La raja, Pepa. Estoy listo para volver a empezar”, me dijo. Y quedamos de juntarnos a mi regreso. Pero no alcanzamos a vernos de nuevo. Porque entremedio, Guillermo se refugió en la soledad que había escogido, en su departamento de soltero y el corazón se le paró de un momento a otro y nadie estaba ahí para auxiliarlo. Y hoy, que voy a despedirlo, a comprobar lo que aún no creo, que ya no está, que ya no fumaremos ni despotricaremos juntos, que no trabajaremos en esos algos en el aire que nos gustaban tanto, que no arreglaríamos el mundo a punta de chuchadas, sólo siento que debía dejar esta crónica pequeña aquí. Por él, para dejar testimonio de un hombre maravilloso, imperfecto, que dejó una profunda huella en mi alma y al que siempre, siempre, extrañaré como este día.
Adiós don Guillermo. Hasta pronto amigo.

03 julio 2009


A pie

Por Pepa Valenzuela


José me metió en un curso de manejo. Así es que a mis veintiocho, recién estoy aprendiendo a conducir. Sólo había tomado un auto dos veces en mi vida: a los 17, cuando antes de tener que venderlo para sortear una crisis económica familiar, manejé el Fito de mi madre en los antiguos estacionamientos del Parque Arauco (no lo hice nada de mal) y un poquito antes de este curso de manejo, cuando José me prestó su auto (más conocido como LuliLov) en la playa y casi se murió de un infarto cuando partí a tropezones y le metí chala al acelerador. Así decidió que no estaba capacitado para enseñarme de a poquito y me matriculó en una escuela de conductores. Y la verdad, es que no he avanzado mucho. La parte teórica la entendí hasta que pasamos a mecánica. Y ahora, manejando, aún ando un poco torpe y medio bruta para manejar los pedales. Además, no calculo bien cuánto debo virar el manubrio cuando doblo (ni menos cuándo devolverlo a su posición inicial) y transpiro como una condenada al volante. Me pone nerviosa manejar. Y también me enfurece a ratos con los otros, que a pesar del tremendo cartel de En Práctica que llevo encima, me bocinean para que me apure. La verdad es que soy una conductora mochera. El otro día me agarré con un tipo de una camioneta que me bocineó por no arrancar como auto de carrera. Yo le saqué el dedo del medio por la ventana. Y después el tipo se acercó por el lado y me dijo: "rotita". Yo le tiré un rosario de vuelta. Y después le dije al pobre profe de manejo que llevo de copiloto, a lo más Paty Cofré: "Y eso que soy una dama".

En fin. No creo que lo haga bien manejando. No creo que llegue a ser una conductora decente. Tengo mala coordinación y mal caracho. Y además, le tengo muchísimo miedo a esa gente que no puede moverse por el mundo si no tiene un auto a la mano. Yo no quiero ser así nunca. Quizás por eso nunca quise aprender a manejar antes, aparte del hecho que no tengo qué diablos manejar y creo que no lo tendré en varios años más. Mi vida hasta ahora ha sido a pata. A pata y en el centro de esta ciudad. Y eso es algo de mi vida que me gusta muchísimo: caminar por el centro, mirando, escuchando conversaciones ajenas, perdiendo mi tiempo adrede, metiéndome en tiendas y conversando con desconocidos. En el centro, puedo llamar a la Cata y decirle que baje de su oficina para fumarme un cigarro con ella. Conozco a todos los artistas ambulantes del sector y adoro comer sola un dominó mientras sapeo a quienes pasan por la calle. En el centro he visto una de las imágenes más bellas que he presenciado: una niñita boliviana llevando su muñeca en su espalda amarrada con un pañuelo. He comido en la mayoría de los restaurantes y fuentes de soda y no dejo de sorprenderme con las caras del resto. Una de las cosas más fantásticas de este mundo es que ninguna cara se repite con otra. Dios hizo el álbum con la mayor cantidad de laminitas posibles.

El otro día también conocí La Moneda por dentro. Fui a una entrevista de pega para la cual no quería calificar y menos mal, no califiqué. Pero conocí La Moneda por dentro y eso valió la pena: comprobé que no tiene la majestuosidad que creía, que los muebles son viejitos y bien feos la verdad, que la Presidenta no tiene asesor de decoración de interiores, que el personal no se emperifolla a la altura de trabajar en el palacio de gobierno, que los carabineros de ahí son muy simpáticos y de pasadita, que no sirvo para la institucionalidad. Que nunca serviré. El dolor que tenía en la guata cuando pensaba que quizás clasificaría y que tendría que quedarme a hacerle las relaciones públicas a un ministerio, que tendría que vender pomadas y convertirme en una negociante de ideas, me lo dijo. A quién estaba intentando engañar, si en el fondo siento, y perdón que lo sienta, que las relaciones públicas son una traición a nuestro oficio. Es pasarse al lado oscuro de la fuerza por cierta estabilidad y platitas seguras. Es dentro de mi cabeza quijotesca, un acto de cobardía feroz. Nadie mejor que nosotros, los periodistas, sabemos que los que menos necesitan o debieran tener relaciones públicas son quienes más dinero tienen para pagarlas. Que nos toca estar con los otros, los que pesan menos que una pluma y nos necesitan para saber lo que de verdad importa, (y que no es precisamente la autofanfarrea o las cortinas de humo de empresarios, políticos, gerentes, dueños del país). A quién intento engañar: tengo esa ingenua, apasionada y ciega vocación de periodista, convicción de chilena promedio, una ñoña voluntad de justiciera del pueblo. Y por eso inevitablemente siempre seré una persona de a pie.

26 mayo 2009

Habilidades no rentables
Lista de habilidades y competencias. Ante la pregunta ¿qué diablos puede hacer de su vida?, mejor enumerar con qué herramientas una cuenta para esos efectos. Vamos viendo:
1. Sé buscar y escribir historias de no ficción. Realidad pura, en general de gente anónima, desvalida, que pesa menos que un candy en los ámbitos de poder. Por eso me atraen: por su mezcla de vulnerabilidad y autonomìa que deben tener para salir de los hoyos en los que caen.
2. Sé encontrar buenos títulos. Títulos divertidos, con juegos de palabras. Siempre he pensado que La Cuarta debiera contratarme para ello.
3. Sé hacer la manicure a la perfección - excepto la manicure francesa que es un parto. Pero sé hacer bien las manos, sé limar y pintar las uñas y hacer que el esmalte dure varios días. Y tengo un super plus: sé pintar a pulso, florcitas de colores en ellas. Flores pequeñísimas de cinco pétalos.
4. Sé cocinar pollo al vino gracias al marido de mi amiga y sé hacer pebre, guacamole, longanizas con papas cocidas y mi especialidad, salsa de atún para los tallarines. Tambien hago arroz rico. Y no se me pega.
5. Puedo memorizar al callo momentos, escenas y rostros de personas y jamás los olvido.
6. Sé rastrear gente mejor que cualquier detective privado
7.Sé maquillar a la gente y sacarle partido. Y por Dios que me entretiene.
8. Sé bailar danza polinésica y algo de salsa y merengue.
9. Sé escuchar a las personas y fotografiarles el alma de sopetón a quienes recién estoy conociendo
10. Sé patinar rapidísimo en roller y en patines de cuatro ruedas gracias a una infancia de chica roller de la que no conservo ninguna fotografía (nunca le dije a nadie que andaba saltando en rampas. Menos a mamá, la única que tenía una cámara a mano para fotografiarme en esos trotes)
11. Sé pintar en acrílico y hago cuadros con distintas técnicas. Lo único malo es que tengo nadita de tiempo para dedicarme más a eso.
12. Y por último sé que todas estas habilidades mías son no rentables, es decir, que es poco probable que me den una vida a cuerpo de rey o me dejen una vejez digna. Le dije eso a mi novio el otro día. Y él me dijo que le daba igual. Que lo importante era que nos queríamos mucho. Si no me lo hubiera dicho por teléfono, me lo habría comido a besos.

19 mayo 2009

Gente:
Mi vida en Facebook en revista Ya. La primera se llama Un Pequeño Dios
Acá la encuentra y puede postearla.
Hay misterios aquí. Pero deberán resolverlos por ustedes mismos
os quiero

http://blogs.elmercurio.com/ya

22 abril 2009

Cosas de casa
Por Pepa Valenzuela

Recibí su ramo de novia vestida completamente de verde en la fiesta de matrimonio más linda en la que he estado. El ramo cayó justo sobre mis pies y mientras un montón de chicas se peleaban a manotazos por encontrarlo, yo sólo tuve que agacharme, sacarlo del suelo y flamearlo en el aire. La Andrea, la novia más espléndida que he visto, corrió a abrazarme y me dijo al oído que me quería mucho. Nos pusimos para la foto y se coló mi mamá, sonriente y jubilosa de tener al menos una evidencia de que no me quedaría vistiendo santos hasta la eternidad. Ahora Andrea y su marido Pablo, el nuevo hermano que gané con todo esto, planean comprarse una enorme casa en Chicureo. Y a mí por un lado me da una alegría inmensa que cumplan sus sueños en grande. Y por otro, me da pena que sea tan lejos de lo que es y será mi mundo. Pero así es: la gente se casa para elaborar futuros donde al principio sólo caben dos.

La Cata volvió hace poco a República Dominicana, pero esta vez sin mí. Regresó bronceada, descansada y contenta. Pero ahora sigue en la oficina sin ventanas ni luz natural en el centro de Santiago, calculando cosas que yo ni en tres reencarnaciones podré entender. A pesar de que yo haya olvidado por completo las tablas de multiplicar y ella lea nada más que los letreros de señalización del tránsito, creo que es la persona más parecida a mí que he conocido. No por fuera ni por resultados. Tan sólo por las ganas que a ambas nos mueven.

Me invitó a probar comida tailandesa en Providencia y a pesar de que no nos habíamos visto hace más de un año, fue como estar en familia. Nicolás tiene seis años menos que yo, pero unas ganas y una sabiduría que ya se la quisieran los treintones ciegos con quienes a veces me toca relacionarme. También, cree que se va a comer el mundo de dos mordiscos y que es sólo cuestión de tiempo para que le toque. A los quince años, cuando lo conocí, era igual. Y su confianza optimista, me resulta una paradoja. Porque por un lado se me sale la madre, protectora, desesperanzada que hay en mí para prevenirlo por si eso no sucede y por otro, la loca idealista que le dice que sí, sí, nos comeremos el mundo en dos mordiscos, Nicolás. Y todo el resto del mundo, está dopado.

Hace un mes que regresó de Pucón y no para de transmitir con el tema. Que las termas de no sé cuántos, que su amiga Isi tiene seis pinzas distintas para sacarse los pelos, que hay una señora que hace flores de madera, que volvió a las playas donde había acampado de niña con su papá. A sus 62 años, por primera vez mi madre viajó sola con amigas. Esperó toda una vida para entender que aparte del resto, debía hacerse feliz a sí misma también. Y yo, a pesar de la tardanza, me recogijo de verla así, tan independiente y llena de ideas. Porque esa es la madre que yo tuve desde que nací. Una mujer de armas tomar.

Me dice "hombre" y cuando ya es demasiado el amor, "princesa". Me dice por las noches que sueñe con los angelitos y también que pregunto demasiado, como si lo tuviera permanentemente en un interrogatorio. Lo pierdo completamente cuando dan el bloque deportivo en las noticias. También, cuando habla por teléfono con sus sobrinos o sus padres. Y me pide la opinión en todo: si me gusta el sofá nuevo que va a comprar, qué refrigerador le recomiendo para cambiar el viejo, cómo podría rejuvenecer su departamento y qué poleras creo que le quedan mejor. Me pide que le corte las uñas y que le saque cualquier imperfección que tenga en la cara. Y es el único hombre en este mundo al que le hago caso. Claro, sólo en algunas cosas. El resto, sabe que es batalla perdida y creo que a José, de cierta manera, le gusta mi oposición en casi todo. Porque mientras él es privado, dulce, callado, prudente, desprejuiciado, creyente y a ratos tímido, yo me vuelvo más hacia afuera, firme, habladora, imprudente, prejuiciosa, descreída y caradura. Por eso, me preguntaba a veces qué diablos era lo que le gustaba de mí. Y él, muy convencido un día, me contestó: "Todo". Le pedí al menos una excepción y me dio dos: muy enojona y muy garabatera-ordinaria. Qué le puedo hacer. Le di un beso mientras iba manejando y él se limpió de un manotón el brillo labial que le dejo pegado en la mejilla. Así es mi amor con José.

21 diciembre 2008


Foto: Con José, arriba de la moto en Isla de Pascua, recuperando la felicidad.

Cuenta regresiva 2
Por Pepa Valenzuela

Al 2008 llegué gateando. Hecha trizas, con demasiadas horas de sueño perdidas, con una pena que me carcomía las tripas, con mucha rabia acumulada, ojeras que pateaba cada mañana que despertaba aún en el departamento donde vivía con mamá y con una enfermedad silenciosa que me avanzaba por lo más sagrado que tiene mi cuerpo. La historia con los mendigos en las torres y la eterna construcción del Hospital de la Católica me habían devastado hasta físicamente. Y yo, en enero seguía sin saberlo. Dentro de mi cansancio e impotencia, sólo pensaba que los primeros días de febrero, al fin podría descansar en donde había soñado desde chica: mi departamento propio. Así fue: después de varios tiras y aflojas, el 7 de febrero – el mismo día que paradójicamente pusieron la reja por la que tanto peleé - y arriba de una camioneta donde me vine con el pelo al viento sujetando mis cosas, me cambié a mi lindo espacio nuevo que hasta ahora, cuido con obsesión. Con las poquitas energías que me quedaban, lo adorné, le puse fotos, lo decoré a mi gusto. Pinté un cuadro enorme con flores fucsias para mi nueva pieza. Armé un estante donde guardo mis revistas y fui poniéndole cositas de a poco. Y dormí. Dormí como nunca lo había hecho. Dormí doce, trece horas por noche. Dormí para seguir durmiendo a veces una siesta. Dormí por todos los años que los gritos callejeros y los taladros nocturnos me lo impidieron. Dormí y cuando pude despertar al menos un poco, empecé a salir de mi letargo lentamente. También, empecé de nuevo a abrir un corazón que había clausurado hacía dos años desde la partida de Camboya. Fue cuando empecé a sonreír de nuevo y me caí con el primero. Había perdido práctica en esas lides y volví a llorar como china, hecha un ovillo en mi cama, apretándome las entrañas. Me había olvidado que algunos hombres son muy buenos para mentir. Pero volví a sonreír y esta vez más rápido: una vez que una descubre que nadie muere por un miserable, la cosa se vuelve más fácil. Entonces vino un espejismo que tenía buena cara, pero me generaba sospechas. Y un hombre bueno a quien en un principio no pude ver bien. Una bruja que me dejó una gran pregunta sobre quién sería este hombre en mi futuro. Y luego, el mejor descubrimiento que tuve este año: mi José. El 2008 me enamoré a la inversa que otras veces. Me enamoré de José despacio, de adentro hacia fuera, como una semillita de la que brotan pétalos cada día. El 2008 me dejé abrazar y me llevé una gran sorpresa. El 2008 descubrí cómo ama un hombre generoso y cuánta falta me había hecho conocer algo así. El 2008 viajé con él hacia el sueño de la Isla de Pascua y recordé ahí cómo se sentía la felicidad arriba de una moto abrazada a su cintura, cantando con mucho aire entrándome por la boca y oliéndole el cuello. El 2008 José me dio el mejor regalo que alguien me pudo hacer: una noche oscura y llena de estrellas a la orilla del mar isleño congelada en la memoria en caso de necesitar un oasis instantáneo donde viajar. Y la certeza de que el amor sanito y puro, tal y como lo quería, no era una utopía exclusiva de los cuentos de hadas que me leía mamá.
También el 2008 entendí que las penas se alojaban en el cuerpo. Y que ese año de pesadilla me había dejado una secuela tan dolorosa que por mucho tiempo no pude hablar de ella sin largarme a llorar. El 2008 entré a pabellón para que me salvaran un tesoro que antes jamás había valorado. Y así fue como este año, aprendí después de litros y litros de lágrimas, de noches en vela, frente al pánico del abismo de la muerte, cuánto quiero ser mamá. Cuánto he esperado a una Antonia y a un Emilio pequeñitos que un día me hagan reírme de ese lapso en el hospital. El 2008 estuve dos semanas en cama sin moverme para cumplir ese sueño. Y en esos días de inmovilidad aprendí a ver mi cuerpo lleno de flores de colores en mi mente y escribí. Escribí tanto que terminé la que será mi primera novela: El resort de los mendigos que saldrá publicada este 2009 si El Jefe quiere. También pensé en mi futuro. Y cuando apenas daba los primeros pasos, creo que el de arriba me mandó una buena señal: desde Francia me decían que volvía a ganar el Premio Lorenzo Natali para periodistas que defienden la democracia y los derechos humanos. Recién dada de alta, el 2008 volé a Paris donde conocí a otros periodistas del mundo arrojados, valientes, profesionales. Hice dos amigos entrañables que extraño día a día y espero algún día ver en Marruecos y en Sudáfrica. Y cuando volví con mi segunda estrellita en la mano, también supe, mirando hacia atrás, que incluso en el infierno había habido milagros. El 2008 conocí bicicleteando arduamente en el gimnasio a una amiga dulce, admirable y cariñosa que este año se tuvo que rearmar de sus cenizas, solita, para volver a caminar. Por ella y por su hijo, que es un campeón de casi todo lo que le pongan por delante. El 2008, la Andrea nos anunció en un almuerzo de día laboral a mí y a la Caro que se casaba con Pablo y que quería que fuéramos sus madrinas. La abrazamos llorando y pedimos tres pisco sours para celebrar.
El 2008 mientras estaba en cama, mi mejor amigo también anunció matrimonio con su linda novia. El 2008 a pesar de todo, empecé a trabajar en La Nación Domingo con una periodista talentosa que al tiempo se reveló como una mujer espectacular. Espero seguir trabajando ahí y con ella por mucho tiempo más. El 2008 llevé junto con José y sus sobrinos a mi Pablito al Mampato y tuvimos una tarde tan bonita que todo el cansancio posterior se volvió un pelito de la cola. A fines del año, también tuve a veinticinco alumnos que me llenaron el alma de alegría y que en la última clase se despidieron de mí con un abrazo y casi me hicieron llorar. Profesional, me aguanté las ganas. El 2008 mamá empezó a rearmar su panorama diario y ahora cuenta con amigos que todos los días la llaman para saber como está y la invitan a salir. El 2008 tuve un mail raro, pero bonito que jamás pensé que recibiría y la oportunidad de hablar con una especie de clon invisible a través de su correo. Pero sobre todo, el 2008 me volví a poner en pie y me fui sanando lentamente de mis heridas de guerra gracias a la pomadita gratuita, perseverante y revitalizadora que me regaló José, a quien este 2009 espero devolverle la mano con el mismo amor, el mismo cuidado y la misma constancia con la que él me sostuvo durante ese largo naufragio.


Una cosa importante: ahora tengo blog en La Tercera donde espero seguir escribiendo historias. Quizás no las mías, pero sí las de otros. Todo, eso sí, con mis manos.
Así es que visite y postee en tiempos de crisis en: http://blog.latercera.com/blog/mpcuevas/

14 agosto 2008








Aislada de la isla


Hace tres semanas, fui a la isla de Pascua. Fui con José, mi pololo, el último de las últimas líneas que escribí aquí. José es un tipo bueno y grande con corazón de abuelita. Le cuesta decir que no y va al rescate de quien se lo pida. De José, me gustan muchas cosas, pero lo que más me gusta de él es su alma blanquita. Eso es lo mejor y lo más bonito que tiene mi José.

Isla de Pascua además, es un sueño. Hacía años que venía soñando con ese lugar y era tal y como se me aparecía en la cabeza. Muy tranquilo, muy cerca del cielo y muy lejos de todo. Justo lo que andaba buscando. Sé que a la isla, regresaré.

He estado escribiendo mucho. Por eso he dejado de pasar por estos lados. También, estoy haciendo clases y mis alumnos me quitan tiempo, aunque me suman mucho más que esa resta. Estar con ellos, leerlos y dejarles un chip de entusiasmo por esta aventura loca que es el periodismo, es un privilegio.

Pero he prometido cosas, que no he cumplido. Dije que iba dejar una entrevista que le hice a Florcita Motuda y que daría links otras columnas. Ahora lo puedo hacer, antes de partir a la playa, de nuevo con mi José.

Quiero también, renovar pronto esta paginita, amononarla y modernizarla, aunque yo soy un lío con la tecnología. Cualquier ayuda al respecto, es bienvenida.

Les dejo entonces algunas columnas de Paula.cl
http://www.paula.cl/blog/columnas/2008/08/13/el-desgarro/

http://www.paula.cl/blog/columnas/2008/08/04/la-unica-nana-del-mundo/

http://www.paula.cl/blog/dia-del-padre/2008/06/13/todo-sobre-mi-padre/

Y lo de Florcita:

Los preparativos funerarios de Florcita Motuda
Por Pepa Valenzuela, fotografía: Álvaro de la Fuente















Raúl Alarcón, alias Florcita Motuda, uno de los músicos más extravagantes y emblemáticos de nuestro país, sale a comprar tomates, pollo y pancito una tarde de sábado. Pero su cabeza está en otra parte. Florcita Motuda está concentradísimo en el más grande y quizás último de sus proyectos: preparar su propia muerte. Esta es la alegre y fúnebre historia de su travesía hacia el Más Allá.

En una retirada cabaña de madera en El Arrayán, un hombre de baja estatura, con zapatillas blancas con terraplén y rodeado de tres perros, asoma la nariz y los bigotes negros por un hoyo de la reja de su casa. Y con la boca hacia el exterior, habla: “Mis perros van a salir a olerlos. Son amigables, pero inquietos. Agarren una rama, una rama larga. Entonces cuando se les acerquen, ustedes dicen “¡FUER!” y en fa menor, ¿ya? Ahora, voy a abrir”. Entonces la reja se abre de par en par y los tres perros salen raudos. “Así: ¡FUER! en fa menor. Así, así”, dice de nuevo el hombre que ahora está fuera de su destartalada cabaña con los rulos revueltos. La instrucción resulta y los perros vuelven a entrar a la casa. Pero su amo, el hombre de 62 años llamado Raúl Alarcón, no tiene intenciones de regresar. “No tengo nada para comer. Así es que vamos a comprar al mercado”. Entonces mira la calle hacia arriba, la mira hacia abajo, guía al chofer aleteando una mano en el aire y se sube al auto para emprender la bajada a la civilización. Adentro del auto, ya no es más Raúl, sino Florcita Motuda. El autor de canciones de títulos interminables, el creador de El Vals del No en plena dictadura, el hombre que encarnó al Buzón Parlanchín de la tía Patricia en la tevé infantil ochentera, el militante del Partido Humanista, el hombre tímido que al final se terminó matrimoniando con tres mujeres con quienes duró casado siete años justos respectivamente, el genio que regresó a Rojo Vip el 2006, el niño que se aburrió como ostra en su Curicó de infancia, el padre que prefiere ser amigo de sus hijos en vez de criarlos como un paco, el joven que un buen día se autodenominó Florcita cuando se dio cuenta de que estaba germinando como artista, el hombre de 62 años que hoy día está obsesionado con un solo gran tema: su muerte. Florcita Motuda está ensayando una despedida a su manera. Florcita Motuda se prepara para marchitarse en gloria y majestad. “Si a los 62 años no cachas que te vai a morir de verdad, eres un ahuevonado. Por eso me estoy preparando”, explica sentado en el asiento de atrás del auto mientras va guiando al chofer: “¡Izquierda!”.
- ¿Y qué tienes planeado?
- Los músicos siempre hemos ensayado para las grandes oportunidades y tengo la sospecha de que voy a ensayar mi muerte. Va a ser un ensayo con invitados y rechazados, huevones que no quiero que vayan. ¡Sí, po! Si te morís, no tenís arte ni parte y puede llegar cualquier huevón a tu velorio y hay algunos que no quiero que estén. Y quiero una ceremonia distinta a la católica por supuesto, y tampoco quiero velas, quizás una de esas fuentes fen shui que tiran humo.
- ¿Con algo de música?
- No, no, no. Lo que pasa es que sé de qué se trata la muerte: hay procesos que uno tiene que realizar cuando todavía está enchufado al cuerpo - ¡Derecho! – le dice al chofer - . Porque cuando se desconecta el cuerpo, tenís que entrar a wi fi si no, cagaste. Originalmente uno es inalámbrico: lo que pasa es que cuando te enchufan al cuerpo, te confundes y crees que eres tu cuerpo. Craso error: uno es inalámbrico. Por eso, mientras yo esté en ese proceso, ¿van a haber huevones metiendo bulla al lado? Ándate a la chucha. O sea, yo voy a estar ocupado.
- ¿Y adónde vas a ir a parar cuando te desenchufes?
- Primero pasa tu vida como si fuera una película y tienes que ser el juez, con tus parámetros. Ahí quedai con un saldo emocional que aumenta tu integración psicológica o te desintegra. Con eso pasas al segundo paso que es el túnel adonde tú decides si pasas o no. Entras al túnel y aparece una tremenda luz que nunca has visto en tu vida. La primera tendencia es a apretar raja, si nunca viste algo así, po. Craso error: de lo que no me tengo que olvidar es de tirarme encima de la luz porque ahí me convertiré en un ser de luz, o sea, en Wi Fi. Y ahí, entramos a navegar en la mejor de las internet, gratis, sin virus. ¿Entonces que estén en fiesta cuando uno está en esas? Noooo, po.
- ¿Todos tienen que estar piola entonces?
- Piola, piola. Voy a dejar música encargada, ciertas ceremonias diseñadas para que la gente las haga y un pasaje para todos que diga: “Destino a” para que los huevones vean que voy en viaje. Por eso, en lo posible, quiero que mi ceremonia de muerte sea en Pudahuel.

El auto se estaciona en un supermercado de Las Condes. Hay poca gente en la calle. Es sábado y Florcita Motuda se queda dentro del vehículo. Quiere hablar de la muerte un poquito más: “Bueno, pero antes de morirme, tengo tareas que resolver. Por ejemplo, tengo que dejar un manual de guerrilla no violenta con respecto de lo social y con respecto de lo personal. Las tácticas de no violencia históricas, están demodé. Si vos te sentai a hacer una huelga de hambre, todos se cagan de la risa. ¿Y tú creís que el jefe de la fábrica mira eso? No. El huevón está en otra. Así es que hay que inventar tácticas de no violencia creativas, diferentes. Si el jefe de la fábrica me está cagando, llego igual, pero con un traje a rayas que diga: “Soy humano y tengo sueños”. Lo que pasa es que está todo esquematizado como respuesta. Los pacos saben que si pasa esto, hacen esto otro. Cuando fui a la Moneda a llevar El vals del No en plena dictadura, caché que no iban a tener respuestas porque fui disfrazado con una banda presidencial y rodeado de periodistas. Y los pacos no tenían respuestas tipo: “si llega un huevón disfrazado, va a haber aquí un disfraz de payaso y el soldado tanto se lo pone rápidamente, va, le aforra la patá en la raja”. Listo, cagó la táctica de no violencia porque ya había respuesta del otro lado. Pero por ahora la no violencia es un sitio eriazo de la creatividad y quiero dejar iniciado ese proceso. Y hacer de mi muerte una clase magistral.

- ¿Por qué tantas vueltas a la muerte, Flor?
- Es que soy responsable, tengo que saber prepararme convenientemente para no hacer el ridículo. Uno se muere una sola vez.

Vejez de infancia
Florcita empuja el carro de supermercado hasta la panadería. Lleva tomates, pollo trozado y muchas marraquetas que encuentra caras, carísimas. De la verdulería, agarra un durazno y le da un mordisco. “Cada vez que entro al supermercado se escucha por altoparlantes: “Se ruega a los señores no consumir productos dentro del supermercado. Porque cada vez que llego, pesco una fruta y me la como. Pero no estoy ni ahí, no la pago. Yo soy de campo”. Eso es cierto: Florcita Motuda se crió en la Huerta de Mataquito de Curicó con un papá carabinero, una mamá, tías y abuelos cantores y tres hermanas que le sacaban “la cresta” al único hermano que tenían. Creció aburrido. Tanto, que se puso inventor. “Cuando chico me aburrí todo. ¡Curicó que era tan fome! Había mucho compartimiento social, racial y religioso y eso yo lo experimentaba como asfixia que se traducía en aburrimiento. Además, registraba una tremenda inmovilidad que era percibida por mí como vejez. A mis 10 años era lo más viejo que jamás voy a ser. Por eso inventaba cosas: hacía una carretilla, le ponía un clavito, un elástico, lo soltaba y era un motor. Con alambritos - mi mamá arreglaba paraguas - hacía bases espaciales. Escuchaba mucho la radio de onda corta en la que se oía todo el mundo. ¡Era una cantidad de ruidos!”. Florcita se vino a Santiago donde estudió en el Conservatorio de Música y con su banda los Stereos, se convirtió en parte de la orquesta de Sábado Gigantes. Tiempo después, decidió crear a su alterego, Florcita Motuda, el hombre que ahora empuja el carro hacia la caja mientras come durazno y de pasada, bota un frasco de vidrio con mermelada al piso. ¡Crash! “Cómo estás. ¿Te pagan bien aquí?”, le pregunta a la cajera que sólo atina a levantar una ceja y hacer una mueca obvia. “¿Acumula puntos?”, le pregunta ella. “Yo no acumulo ninguna huevada”.
Florcita deja las marraquetas fuera de la caja. Y a la salida, dirige al chofer hacia otro supermercado cercano donde las hallullas están baratitas. Entramos al supermercado y vamos derecho a la panadería donde una chica con la piel mate le pesa el pan. “¿Tú eres peruana o boliviana?”, le pregunta Florcita.
- Peruana.
- Ustedes hablan muy bien. Y son un aporte para este país, no hagas caso a los envidiosos que te dicen otras cosas.
- Sí, me han dicho muchas cosas – reconoce ella.
- No es algo personal contra ti, es gente enferma. Gracias, Edith.
Florcita pide unas cocadas y la chica peruana le da a probar torta en un vasito plástico diminuto. Le da otra de yapa. Florcita sale del supermercado y la gente se acerca a saludarlo como si lo conocieran de toda la vida. El se deja querer. Se vuelve a subir al auto a dar instrucciones para regresar a su cabaña de El Arrayán. “¡Izquierda, izquierda! La pista izquierda, tírate nomás”.
- ¿Por qué te tiñes las canas, Florcita?
- Porque si me quedara con las canas me parecería a Clotario Blest, po.
- ¿No es un rollo con la vejez?
- Yo no soy viejo y no voy a hacer viejo jamás. Uno se pone viejo si quiere. Además, nunca voy a ser tan viejo como lo fui en la infancia. Ahora me siento con mucha movilidad interna y externa.
- Y si te sientes joven, ¿qué tienen que ver las canas?
- Lo de las canas es pura estética. Ellas destacan los tonos cetrinos de tu cara, los tonos cadavéricos. No tengo rollo con la muerte, pero sí con los cadáveres. Quién quiere ver eso. Aunque lo de la señora que donó su cuerpo para la exposición de cuerpos, es interesante porque el funeral le va a salir casi gratis.
- ¿Tú ya has planificado eso también?
- Mi entierro no lo van a pagar mis hijos, po. Pero ese es un tema por resolver aún – dice mientras el auto sube por los bosques de El Arrayán.


Bonus Track en la Quinta
La casa de Florcita Motuda es como una casa en el árbol de niños. Dentro de la cabaña hay un camarote tipo azotea donde Florcita duerme sobre un colchón azul, abajo un escritorio con un computador donde Florcita navega por internet perfectamente, un sofá cama sobre patas de madera con varios cojines, cuadros donde aparece con pintas de extrarrestre, un tremendo televisor que separa la cocina del living. Todo en un pequeño espacio de madera. Florcita registra entre sus cachivaches y saca tres artilugios: una bola de cristal, una capa mágica blanca con estrellas negras y dos sombreros brillantes y con cachos. “Vamos a la Quinta Vergara”, anuncia. Entonces sale de su cabañita, sube los peldaños de piedra que están por un costado de su casa y se dirige hacia el patio trasero que está literalmente en la punta del cerro. Orejo, Mayo y Maya, sus tres perros, lo siguen. La Quinta de Vergara de Florcita es su propio anfiteatro al aire libre: una superficie de cemento rodeada de graderías de piedra, árboles frutales y pinos. Ahí Florcita a veces canta, otras veces celebra con sus hijos cumpleaños y eventos, otras veces se sienta a conversar. Quizás también, a pensar en el ensayo de su muerte ahora que siente que está en los descuentos. “Yo siento que hice mi aporte: algunos en dictadura y en hacer canciones que entregan energía. Mis canciones no te dejan desvitalizado. He vivido lo correspondiente a dos vidas, estoy en el Bonus Track. Si me muero el año pasado o este año, no importa. La joda frente a la muerte es ésa: quise hacer algo y no lo hice. Yo no la tengo: me las he vivido todas”.
- ¿Entonces ya no te quedan proyectos?
- Sí tengo, pero dentro del bonus track. Trabajo en la integración de mis hijos y algunos de sus amigos al grupo musical Familia Motuda. Si se muere el cantante, le ponemos otro, como Los Jaivas. Ahí subimos a un escalón que hacen que la banda siga para adelante.
- ¿Quién es Florcita Motuda?
- Un libertario y un genio. Pasé mucho tiempo en el que me decían loco o genio y yo decía: “qué loco, qué genio”. Y me vi obligado a definir la palabra genio: genio es aquel cuya producción artística impacta su forma de vida y le hace tener una mayor calidad de vida. Por lo tanto, Van Gogh es un talentoso, pero no es genio. La práctica de su arte no le dio calidad de vida. Por eso, yo soy genio.
- ¿Y qué es lo mejor que le podría pasar a este genio?
- Conectarme con lo trascendente y no cagarme de miedo.
- Ahhh, ahí estaba la firme: le tienes miedo a la muerte.
- Sí. Ahí está la clave. Me pregunto cómo puedo conectarme con la otra dimensión si se me cae un vaso y me cago de espanto. De niño fui muy temeroso, le tenía miedo a los muertos, a los zombies, veía películas de vampiros y me moría de susto. Huí del miedo de mil formas. Pero cacho que el miedo es una ventanita a la cual hay que acercarse. Pero no acercarse de una, sino acercarse por rodeos, de a poco, como lo estoy haciendo yo.
Florcita Motuda se pone su capa mágica y su sombrero con cachos negros y telas rojas brillantes. Toma la bola de cristal en una de sus manos y mira hacia el horizonte, en la mitad de su cerro, de su anfiteatro, de su propia Quinta. Cierra los ojos, sobajea su bola del futuro, la levanta en el aire, como un brujo que tiene todas las respuestas. Y un abrir y cerrar de ojos, se saca la capa, el sombrero, la polera, los pantalones y los calzoncillos y tira todo debajo del pino antiguo que crece hacia el cielo. Sólo con sus calcetines rayados puestos, vuelve a enfundarse su capa. Y así, como Dios lo trajo al mundo, empieza a saltar como un duende libre por el cerro de El Arrayán. Ahí donde desde hace un tiempo, está haciendo todos los preparativos para emprender el rumbo hacia el Wi Fi.