06 noviembre 2006

PEGA, MONO, PEGA
Por Pepa Valenzuela

De la pobla, el Mono era el menos camorrero. El que paraba las peleas en los carretes de sus amigos de pantalones anchos y pañuelos en la cabeza, con sólo ponerse de pie. El que guapeaba con una sola mirada a los lanzas que vivían en la casa del frente y a los garreros vecinos que de vez en cuando se agarraban a peñascazo limpio en avenida Grecia. En su barrio, todos sabían que el Mono era un profesional del combo. Que un solo puñete suyo, era capaz de mandar a cualquier cristiano para el otro mundo, y por eso le tenían respeto. El Mono era un boxeador profesional y hasta el más choro de la población lo tenía claro.
Eso decía mi nana, la flamante madre del cabro que a los cinco años, cuando un par de lumpen le robó su bicicleta, juró transformar su rabia en algo útil y se dedicó a boxear. El Mono entrenó durante toda su infancia a duras penas. Partía todos los días con sus marraquetas para el almuerzo a estadios municipales y al Centro de Alto Rendimiento a pelear contra un destino que de a poco aplastaba a sus vecinos, amigos y primos a punta de sueldos indignos y guaguas no deseadas. Pero en el ring de su esfuerzo constante, el Mono veía cómo su contrincante se iba haciendo cada día más pequeño. Comenzó a ganar medallas, campeonatos sudamericanos, galvanos y cientos de diplomas. Mientras cocinaba un charquicán en la cocina de mi casa, mi nana contaba con orgullo que jamás le habían volado un diente y que algún día su chiquillo iba a ser un campeón nacional, de esos que salen en la tele y saludan desde un balcón de la Moneda al lado del Presidente de turno. Pero pronto el enemigo fue creciendo y se transformó en un monstruo con guantes de plomo. Los buzos, el equipo y las giras eran mucho más caras de lo que al Mono le pagaban por carpintear y de lo que a mi nana le pagábamos por mantener nuestra casa en orden. Los entrenadores, cansados de hacer malabarismos por conseguir recursos del Estado, empezaron a tirar la esponja. Y el Mono, convertido en un chico recién salido del liceo, se dio cuenta de que las horas de entrenamiento no llevaban tallarines ni la fruta fresca que vendían en la feria a su mesa. Aunque era una promesa del boxeo nacional, nunca había billete para llevarlo al estrellato deportivo. Ni siquiera, para que pudiera prepararse sin tener que trabajar construyendo edificios en barrios pirulos de lunes a sábado.
Hace un par de años que no veo al Mono ni a mi nana. Una de las últimas veces que hablé con ella, me confesó que a veces le daban ganas de ser dealer. Que había muchas viejas en su barrio que vendían cosas para la mente, como decía ella, y se hacían la América. Y que así su chiquillo seguiría boxeando en vez de estar marcando el paso. Ahora sé que el Mono trabaja cuando se le da la gana, que ocasionalmente se cae al frasco y que cuando está así, arriba de la pelota, tira combos al aire y tensa los músculos del cuello, como si aún estuviera en un ring. Mientras en la pantalla de mi televisor, una rubia de chaqueta de cuero muestra unos papeles tratando de mostrar su probidad y luego, desfilan diputados y señores bien terneados que juran de guata no tener un peso destinado a los deportistas nacionales. Hablan de contratos raros, de cifras con las que yo podría vivir la mitad de mi vida echada para atrás y de un lío que al final nadie entiende. Con aspecto circunspecto y cara de compungidos intentan salvar sus trabajos y reputaciones del barro que les cayó encima dando explicaciones que en realidad, me importan un pepino. Porque mientras los veo aletear y hacerse los ofendidos por las preguntas de los periodistas agujas, pienso en el Mono. En que quizás el 1% de la plata que se pelaron los honorables, lo hubieran ayudado a esquivar el golpe que lo mandó de un paraguazo, de regreso a patear piedras en las calles de su población. Pero esa plata ya está gastada. Alguna empresa ya creció, alguien ya cambió el auto o enchuló su casa con futuros ajenos. Y al Mono nadie va a ir a darle explicaciones del porqué le arrebataron su posibilidad de triunfo con la mentira del bajo presupuesto. Bien lo sabía él: cuando el puñetazo logra noquearte, es imposible levantarse para volver a dar la pelea.



03 noviembre 2006

MARTÍN
Aunque seas un oso verde y muy sucio, te adoro Martín.

26 octubre 2006










ANIMAL PLANET
Nota: Este es un reportaje regalón que escribí para Paula sobre historias de los animales del zoológico. Acá dos: la del chimpancé Toto y la jirafa Almendra. Pronto, las demás.

Por PepaValenzuela

Toto tres
Los chimpancés Yuri y Toto viven juntos, pero no revueltos. Son pareja, pero netamente espiritual. Llegaron en 1982 desde un zoológico de Holanda: Yuri con tres años y medio y Toto de tres. Desde entonces conviven en la misma jaula, pero son un amor que se mantiene unido por compañía, pero no por instinto. Porque Toto jamás le ha puesto una garra encima a Yuri. Nunca en estos 24 años, a pesar de que se ha hecho de todo para que Toto se ponga las pilas. En 1990 Víctor Riveros, uno de los veterinarios del zoológico, le dio un tratamiento al mono para incentivar el cruce con la hembra. Eran unas pastillas con testosterona y vitamina A que convertirían a Toto en un chimpancé muy libidinoso y potente. Pero Toto permaneció inmutable. Las pastillas no le hicieron ni cosquillas. No así la pelota de fútbol que le regalaron en 1992. Por esa época, un sacerdote amante de los animales visitaba frecuentemente el zoológico y les llevaba algún engañito de maní y frutas a sus habitantes. Fue ese curita, cuyo nombre nadie recuerda, quien un día le regaló a Toto una pelota de fútbol de cuero. Fue amor a primera vista. Toto reventó jugando a su nueva amiga y le hizo un hoyo. A los diez años y con un balón, Toto tuvo su primera vez. Varios meses vivió y durmió abrazado a su redonda amante. Hasta que en un descuido, Raúl Galindo, quien cuida a los chimpancés desde que llegaron, se la sacó de la jaula. Demasiada gente se había quejado en la administración del zoológico por las obscenidades que el mono hacía con el balón.
Como no había caso con Toto, ese mismo año los directores del zoológico trajeron un chimpancé desde Portugal, para que Yuri se hiciera hembra de una vez por todas. Pero Eusebio era un espécimen malas pulgas que, cuando entró a la jaula de la pareja, dejó la grande: mordió en los brazos a Toto y luego, quiso ir directo al grano con Yuri, pero a la fuerza. Fiel a su compañero, Yuri gritó y pegó aletazos. Raúl Galindo los separó, pero después de ese episodio de violencia primate, Eusebio quedó separado de la pareja hasta que en 1997 se fue a un zoológico de Zambia. Por supuesto, Toto siguió tan indiferente a Yuri como siempre. Teorías hay varias. “Es medio raro”, dice Galindo. “No le gusta la mona nomás”, explica Jaime Gracia, otro cuidador que lleva más de cuarenta años en el zoológico. “Quizás son hermanos sanguíneos”, especula el veterinario Mauricio Fabry. Alto. ¿Hermanos? “Como llegaron juntos, puede ser. Podríamos hacerles un ADN, pero ahora no estamos interesados en tener crías”, explica. El doctor Riveros tampoco descarta esa opción, pero su principal explicación es otra: “Los dos chimpancés se criaron en cautiverio. Cuando no crecen con la manada, pierden hábitos de reproducción porque los adquieren por imitación al resto”, dice. ¿Y la pelota? “Es que la pelota tenía movimientos copulatorios, como si estuviera con la hembra”, afirma el doctor Riveros. Lo cierto es que en la jaula de los chimpancés no hay mucha acción que digamos. Y aunque Yuri aún es una chimpancé virgen que ya no está en edad de merecer, es obstinada. Y acaricia a Toto, lo desparasita y le da besos. Cuando entra en celo, se pone en posiciones eróticas delante de su chimpancé indiferente. Pero él sigue sin pescarla. A estas alturas, bien difícil que lo haga.

Una jirafa deprimida
Hasta hace un par de meses, la jirafa Almendra seguía triste. Casi no dormía de tanto pasearse de un lado a otro en su casa de madera extrañando a Estrellita, la hija que en agosto del 2005 se fue un zoológico peruano. Almendra no se dio cuenta cuando sacaron a su cría de un año y dos meses para llevársela para siempre. Y estuvo tres meses desesperada. Siguiendo al cuidador Raúl Galindo cada vez que pasaba por el otro lado de la reja, como pidiéndole explicaciones. Apilando la paja por los rincones de su pesebrera con sus ansiosas caminatas nocturnas, mientras la jirafa Josefina y su hija Janita dormían plácidamente recostadas en la habitación contigua. Como si estuviera en su hábitat natural, atenta a los depredadores, Almendra pasaba la noche de pie. Angustiada, nostálgica y sin anestesia. El doctor Víctor Riveros explica que no se pudo paliar su dolor con medicamentos. A pesar de las evidencias de la preocupación de Almendra, no existen estudios que demuestren que los animales salvajes pueden sufrir de estrés. “No hay estudios psicológicos al respecto, pero sí nos hemos fijado que en animales sometidos a tensión, cuando son sacados de su ambiente, por ejemplo, dejan de comer, se aislan o se ponen más agresivos. En algunas especies domésticas hay depresión: por ejemplo, los loros, como son monógamos, cuando se les muere la hembra, se sacan las plumas y se automutilan. En esos casos usamos prozac”, explica el doctor.
La pena de Almendra sólo fue una marca más en la historia trágica de las jirafas del zoológico. Almendra, Josefina y Nachito, el padre de Estrellita, llegaron el 96´ precisamente a llenar el vacío que dejaron las cuatro jirafas anteriores que murieron en un incendio el 24 de junio de 1995. Esa noche de sábado, se cortó la luz en el cerro San Cristóbal. El personal puso transformadores externos para obtener energía. Pero la solución parche provocó un recalentamiento de cables que a las 22: 50 hizo cortocircuito en las casas de las jirafas, que duermen bajo techo. Los cuatro cuerpos chamuscados demostraron que una de las hembras había muerto protegiendo a su cría. El luto duró un año en el zoo. Hasta que llegaron las tres jirafas nuevas que viajaron 23 días en barco desde Sudáfrica y luego en un avión Hércules de la Fach desde Uruguay. Nachito cruzó a las dos hembras y fue padre de varias crías, entre ellas Janita y Estrellita. Pero el 25 de junio de 2004, por culpa de una infección gastrointestinal, Nachito falleció dejando dos viudas. Otra marca en el registro negro de estos mamíferos de cuello largo.
Por lo menos ahora Almendra está más tranquila. Desde noviembre del año pasado empezó a hacer buenas migas con Josefina y Janita, y recuperó el sueño. Al parecer, su depre está superada. Sólo falta que llegue el macho estadounidense que vendrá intentar dejar las penas de las jirafas solas en el olvido.




13 octubre 2006

FOTOS REVELADAS
Ellos y yo a solas, durante más de una hora, conversando. Finalmente les he robado un pedacito del alma a: Valentín Trujillo, Tomás Cox, Eva Gómez, Karen Paola, Fernando Goitía, Fernando Peña, Nicolás Copano, Fabrizio Copano, Jorge Castro de la Barra, Rocío Marengo, Guillermo Machuca, Marcelo Mellado, Virginia Reginato, Noelia Arias (dígale Licenciada), Fernando Lasalvia, Andrés Rillón, Paulina Nin, Vivi Kreuztberger, Nicole, Antonio Vodanovic, Cristián de la Fuente, Francisco Vidal, Pablo Zamora, Kurt Carrera, Pamela Díaz, Pamela Jiles, Patricia Maldonado, Raquel Argandoña, Roberto Dueñas, Francisco Melo, Francisca Imboden, Ana María Gazmuri, Nelly Meruane, Coco Legrand, Gracia Barros, Liliana Ross, Clara Budnik, Delfina Guzmán, Jaime Celedón, Rafael Gumucio, Antonella Ríos, Carola Varleta, Felipe Bianchi, Claudia Aldana, Carola Sotomayor, Eduardo Cruz Johnson, Leo Caprile, Javiera Contador, Rafael Araneda, María José Prieto, Pablo Simonetti, Sergio Bitar, Rony Dance, Felipe Avello.
Para tener 25, no está nada mal.

29 septiembre 2006

ESTATUA DE SAL
Por Pepa Valenzuela
Comenzó hace un par de años. Los dedos tullidos, la cadera que guateaba y la pierna que dolía con tanto jaleo empezaron a colarse en casa. Era como una cuenta de vulnerabilidad que arrojaban cada vez más seguido por debajo de la puerta del departamento. Yo me hacía la lesa, para poder conciliar el sueño los domingos. Pero mamá no. Estoica, recogía el saldo de su eternidad tipiándole a viejos tiranos, ignorantes y califas, de siglos acarreando mercadería a casa y de una infancia de cabra mañosa que no tomaba leche, y compraba. Cremas para sus desgarros, menjunjes para la cadera, guateros eléctricos para la pata de palo. Mamá se estaba convirtiendo en una estatua. Sus huesos se endurecían, se tullían sin su permiso y ella, sólo soltaba de repente un mierda bien fuerte cuando quedaba a medio camino para recoger un tenedor que se le había caído. No era nada tan grave, pero había días de inmovilidad. Otros de cojeo. Algunos de dolor muscular. Y algunos de total desesperación mía. Pero aterrizamos en Buenos Aires y mamá se convirtió en una acróbata. Caminaba por las calles de Palermo, corría detrás de un mono de esponja llamado Camilo en San Telmo y daba pequeños saltos cuando él la miraba fijo y le abría la boca, sorprendido. Mamá era una saltibamqui por Santa Fé, una mujer araña de las vitrinas de Florida, una atleta recorriendo la 9 de Julio. No había que parar. No podíamos parar. Un semáforo y nos aplastaban las pesadillas. Pero además mamá era ágil : flotaba por la ciudad más amable del mundo como si nunca hubiera sufrido un sólo desgarro Entonces, mientras la miraba dar vueltas una y otra vez por la feria de Recoleta, probándose aros, pulseritas y sombreros, supe que su inmovilidad era sólo una bandera blanca. Una rendición a la vida plana, al departamento céntrico, a la soltería eterna, a su soledad. Mamá se estaba entregando de a poco a sus tristezas. Esas que un día llegaron y se fueron quedando pegadas en el mismo lugar donde cayeron por primera vez.
Pero ahora era otra persona. Un conejo Duracell, saltando por Buenos Aires, suspirando porque alguien le había cambiado el guión de su vida. Porque las circunstancias la habían traído a un viaje que jamás pensó tener. Una noche, acostadas en el hotel, mirando Matrimonio con Hijos versión argentina (puro terrorismo televisivo) me lo dijo: "Pensaba que nunca más volvería a volar en avión, mijita. Pensé que me moría sin volver a esta ciudad". Después se eso se quedó dormida con las manos sobre su pancita redonda y empezó a roncar. Yo le saqué los lentes de la punta de la nariz y apagué la luz. Esa noche soñé que mamá flotaba en el aire. Y tiraba hacia la tierra muchas medialunas, como una cabra chica que hace una maldad.

11 septiembre 2006

Nos vamos porque nos gusta estar juntas. Nos vamos porque ninguna sabe qué siente la otra, pero al menos intentamos adivinarlo. Nos vamos porque no queremos ver cómo se pasean nuestros recuerdos por la ventana sin hacernos chao sin tener un futuro encachado que nos defienda de ellos. Nos vamos porque hemos estado aquí demasiado tiempo y ya es hora de resucitarnos. Mamá, nos vamos al otro lado de la cordillera a remojarnos el corazón.




Pd: Vuelvo pronto. Les contaré de éste, nuestro primer viaje de amigas, con mamá.

04 septiembre 2006

ENSALADA A LA CHILENA
Track 107: El juego verdadero, Tiro de Gracia
Por Pepa Valenzuela
Hace una semana crucé el infierno. Lo atravesé con los ojos bien abiertos, sin lágrimas ni miedos. Iba invisible y transparente observando cómo era ese lugar con el que la Miss Silvia, en cuarto básico, nos metía miedo en sus clases de religión y dibujaba sus Jesucristos de brazos abiertos y mechas largas en la pizarra de tiza. Abrí bien los ojos para ver los fuegos, las lenguas rojizas y escupirle al terror en la cara. Pero ahí, a miles de pies de altura, no había nada de lo que la Miss Silvia nos había contado. En el infierno sólo había nubes blancas, un cielo celeste, un avión gigantesco donde todos hablaban en voz alta y una colorina lanzándole besos al aire. El infierno era eso y una llamada inesperada de larga distancia.
Fue mamá la que avisó. Con Begoña nos habíamos ido de tapas y recién habíamos llegado al departamento. Mi colorina amiga figuraba a pata pelada tomándose un vaso de agua al seco. Yo, desenredando los cordones de las chalas verdes de mis tobillos. Pero el teléfono sonó fuerte, seco, demoledor. Y cuando lo levanté, la puntada en el pecho, me avisó que un pedacito de mí se iría en esas palabras. Mamá habló bajo. Dijo que me amaba y que me sentara, por favor. Le hice caso sin más preguntas y escuché el disparo que venía desde Chile: papá se había ido. Cerré los ojos y no vi nada. Cuando los abrí tampoco pude verme. Sólo escupí que partía a Chile altiro, que estuvieran tranquilos, que me esperaran por el amor de Dios. Sin saber la noticia, Begoña ya me estaba abrazando, dándome agua, regalándome lo que más le costaba: su silencio. Horas después, nos bajábamos del mismo escarabajo que me había metido en esta ciudad en el aeropuerto de Madrid. El resto fue el infierno alternativo al de la Miss Silvia. El shock y el viaje eterno. La ensalada a la chilena que tenía en la cabeza y la horca en el corazón. La verdad colándose en mis orejas: Cuando el juego se hace verdadero, bienvenido al laberinto eterno de fuego. El abrazo de mamá colada en policía internacional y el largo camino de regreso a casa.
Sé que papá se fue con el terno mexicano del 72 que le gustaba tanto. Sé que alguien le puso mis palabras en letra 16 para que pudiera revisarlas sin sus lentes de lectura. Sé que estuve muy compuesta y que dije algunas cosas que no puedo recordar en medio del gentío. También que mamá me preparó mi antigua cama en su departamento y que mandó a ponerla al lado de la suya para que pudiéramos conversar cuando el sueño no llegara nunca. Quizás para contarme la historia de los conejos ladrones de zanahorias, el único remedio a mi insomnio infantil. Pero eso es todo. No sé mucho más. Sólo que figuro acostada al lado de mamá en su depto setentero del centro de Santiago. Que estoy de regreso hace varios días en mi país. Y que nunca nunca volveré a Madrid.